• Caracas (Venezuela)

Zakarías Zafra

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El país de una maravilla

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Alicia no es activista ni dirigente política. Tampoco es promotora social ni misionera religiosa. Solo es una mujer que tiene otras noticias del pasado. Ella vio este país cuando era distinto. Ella sabe que puede haber –ya lo hubo– algo mejor. No lo hace por obligación (nadie se lo está pidiendo) ni por compromiso (nadie se dará cuenta si lo deja), sino por esa urgencia íntima de hacer algo, ese coletazo que nos pega a todos en algún momento del día.

 

“María Moñitos me convidó” en tres tiempos.

Al menos diez personas comen diariamente en casa de Alicia. Ella vive con dos hermanos en su casa de siempre. No tiene hijos y está dedicada a cuidar a su mamá, postrada desde hace meses en una silla de ruedas. Como es normal en estos tiempos, sus amigos le reprochan que no hay dinero, que no se puede andar dándole comida a tanta gente. Pero ella no escucha. Ella sigue firme en su generosidad.

A Emilio, que no consigue trabajo y ofrece todas las mañanas barrerle el frente de la casa a cambio de una arepa, un pedazo de queso, de pan, de lo que haya, Alicia le guarda el desayuno. Emilio tiene 46 años y una mujer enferma. Hace 18, probablemente, también tuvo hambre. Pero no se parecía a esta. Él, que sabe de asperezas y de calle, ya no pide plata porque sabe que no sirve de nada. Sabe, como nosotros, que cualquier cosa se parece a una limosna.

A Génesis, que no conocía el hambre ni el país hace 18 años, le prepara un avío diario para que lo comparta con sus hermanas. Ya no hay comedor en el liceo, tampoco consigue trabajo y a su mamá le revenden la bolsa de comida a un precio impagable. Génesis visita a Alicia todos los días. A veces se queda ayudándola en las tareas domésticas para poder comer ella y llevar el sobrante del almuerzo a la suya. Y Alicia le da lo que tiene.

Y a Eduardito, que tiene 8 años, una mamá presa en Uribana y una memoria admirable, lo despierta todas las mañanas para ir al colegio, le da las tres comidas y lo ayuda con las tareas. Su abuela es la señora que trabaja en la casa de enfrente, pero ella ya está sobreviviendo a la fuerza. A ella también se le vino el país encima. Eduardito es ahora el nieto de Alicia. Y trae a sus tías, a sus primitas y a su abuela a comer todos los días a la casa. Y Alicia hace lo que puede.

 

Un examen, mientras corremos.

No es descabellado acusar de absurda la generosidad en estos tiempos en que se instituyó el sálvese quien pueda como valor público. En Venezuela hay hambre, saqueos, violencia, abuso, intranquilidad: todo en un presente expandido que ocupa y reduce el ejercicio de la ciudadanía a una carrera de supervivencia. Todos fuimos lanzados a una corriente que nos tropezó contra las piedras. A todos se nos mostró la cara del hundimiento: se nos hizo aprender bien el significado de una pérdida. ¿Qué digo para contrastar ese desorden? ¿Cómo me salgo del juego? ¿Qué hago para no secundar este desmadre?

 

*

 

A Alicia la conoce poca gente. Ni siquiera en su cuadra hace ruido. Nadie sabe que ahí, en su casa, sin alharaca ni facturación política, se le está poniendo un dique al derrame. Algo se está haciendo en lo mínimo, ahí en lo insignificante de una mesa, para que el país no termine de desbaratarse. Ayuda humanitaria, refugio solidario, comedor informal: ya no urgen las etiquetas. Ahí, en esa casa, hay un país que quiere despertar de la sombra. Un país que sentimos muy lejos, pero que resiste.

Y ahí hay más testimonios. Y ahí también hacemos falta.