• Caracas (Venezuela)

Zakarías Zafra

Al instante

Tres metros de pared

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Señor de al lado:

Veo con asombro su intención de subir otra vez la pared. Pareciera que sus carros oscuros, los pipotes en la puerta, las patrullas que le hacen reverencia cada quince minutos, no le sirven ni a su parcela (no sé si sabe que ayer robaron mi casa, la que colinda con la suya). Pero está bien. Usted se resuelve su peo, como le enseñaron. Usted toma la seguridad en sus propias manos porque tiene callos –y poder– de sobra. Sin embargo, antes de que traiga otro vigilante y otro perro, antes de que tape las ventanas y me quite la última vista a la trinitaria de mi abuela, he querido decirle algunas cosas.

Nadie nos advirtió de esta pérdida, vecino. Nadie nos dijo que el país era un derrame, que a uno lo limpiaban tan fácil, sin dejar más historia que una mancha. ¿A usted se lo dijeron? Capaz sí, pero es mejor no saberlo. Nos avisaron que venía la tormenta y con ella las huidas y las mudanzas, pero eso a nosotros nos pareció excesivo. Preferimos esperar el desangre para no ser maleducados, para no hacer escándalos sin razón aparente. Y fíjese, vecino, ahora andamos buscando un resto de país en la hemorragia.

Todos estamos aquí perdiendo algo. Ahora hay más humo, más ojeras, más sudor del malo, más pánico, más incontinencia. El país se parece tanto a su televisor, vecino, a la bicicleta que desapareció la semana pasada, a mis papeles, a mi computadora, a mi piano. Se parece tanto a los tres metros de pared que subió usted encima de la mía, a su cerco eléctrico, a su rottweiler con cara de comisario. El monstruo, su monstruo –llámele calvario, infierno, provocación, como guste–, se nos metió en la casa y nos apagó la luz. El monstruo, su monstruo, que entró tocando el timbre y haciendo ruido, vive ahora con usted y conmigo, y nos acobarda, nos desorienta, nos friega la paciencia con licor y óxido.

Ay, vecino, no se engañe. Aquí desconfiamos de la sombra, del café servido, del papel en blanco, del diente flojo y del abrazo. No sabemos por dónde salir, no nos dicen si hay que gritar o respirar primero. Ninguno cree, nadie camina. No distinguimos verdugos de padecimientos. Aquí todos insisten en saquearse el porvenir. Aquí no se escuchan sino pisadas inquietas, vidrios rotos y alarmas (las suyas, por cierto, que viven sonado). Aquí todos nos miramos sin respuestas. Aquí aprendimos a esperar, a decir adiós por conveniencia, a ser más dóciles, más tristes, más ligeros. Aquí aprendimos a andar entre el polvo y el derrumbe, entre sangre, encías peladas y alambres de púa. Hoy somos más astutos, es verdad, tenemos más olfato, conocemos nuevas trampas, sabemos fingir mejor las cojeras. Hoy somos un cuerpo que resiste tiros, puñales, besos, himnos, banderas. Vencimos, vecino. Vencimos.

¿No le parece? Bueno, entonces la cosa es más simple. Usted podrá irse en las noches, podrá poner casetas flotantes de vigilancia, apostar a la guardia en su cocina, levantar barricadas en la puerta de su cuarto, y al final le pasará lo mismo: seguirá ligando a la esperanza para mantenerse respirando. Taumaturgia, compadre, bendición obsesiva, coagulación, lo que sea. Yo, al igual que usted, vivo en un país espanto, un país ladrón, un país ventana rota, un país miedo, un país hemorragia, un país irse, un país mentira que no cesa, que arrastra, tensa y dispara. En este país hay mucho frío, mucho deterioro arropado con periódico, muchos poros rellenos de pólvora. En este país hay mucha estatua, mucho porvenir paralizado, mucho destino con cara de accidente.

La casa es suya, eso está claro. La pared también, aunque la comparta con la mía. Pero no olvide que tres metros más no van a hacer milagros, vecino.  Aquí todo es dilema, cagazón, penuria.