• Caracas (Venezuela)

Yoli Caballero

Al instante

¿Quién podrá defendernos?

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¿Quién podrá defendernos? Esta es la pregunta que nos hacemos los venezolanos racionales a diario luego de seguir viendo la basura en el mismo lugar tras varios días de reclamos. Luego de ver que después de una semana, la envoltura de galleta sigue en el piso sin intención alguna de ser recogida. Luego de ver a los dirigentes opositores "manguareando", sin tener aún un plan de acción concreto, factible y eficaz.

La eficacia en este país parece ser sacada de un cuento de terror, ya que el concepto de tal palabra –para el venezolano– significa "tarde, jamás y nunca" y, si bien el costumbrismo nos arropa más y más a cada salida del sol, no es de sorprender que pese al famoso “voto castigo” sigamos viviendo en la misma miseria.

Ese pensamiento hostil y retrógrado que tienen muchos ignorantes en la actualidad, el cual dicta "cómo les vamos a pedir tanto en tan poco tiempo" o "cómo van a arreglar 17 años de daños en unos meses", es exactamente hostil y retrógrado porque nos encontramos en un país tercermundista, en cuyo sistema –y como ya se dijo– no se conoce la palabra eficacia, una entre tantas otras que ni siquiera sueñan con existir en el léxico gubernamental nacional... O, ¿será que nosotros somos los tercermundistas?

Siguiendo el mismo hilo, aquello de "país del tercer mundo" se asemeja a esa incertidumbre eterna de qué fue primero, si el huevo o la gallina; es decir, aquí no sabemos con certeza qué fue primero, si el país que ya vino así, defectuoso del tercer mundo o, si fuimos nosotros los defectuosos que lo echamos a perder. Es realmente un misterio, pero sea como sea el caso, parece inhumano que por el simple hecho de girar en torno al número tres, debamos aguantarnos avalanchas de incompetencia.

En este sentido, debo decir que estamos tan mal, que hace unos días envié un simple correo a un ente público colombiano haciendo unas preguntas, respuesta que asumí me darían en unos días al menos. Pues para mi sorpresa la respuesta fue inmediata, hecho que me hizo cuestionar entonces, ¿de quién es la famosa culpa? Ya que todos los días se habla de un "responsable" diferente (o al menos así nos lo hace creer Maduro), pregunto: ¿por qué en Venezuela no se puede aplicar la misma inmediatez? ¿Debemos esperar otros 17 años o más para dejar de ver la basura en el mismo lugar todos los días? ¿Soy demasiado exigente al pedir más eficacia y menos incompetencia? Cinco meses y nada.

Lo cierto es que estamos atados a una ilusión que unos cuantos oradores, precisamente por nuestra ingenuidad, nos venden como modelo de seguridad y confianza, cuando en la realidad del juego tenemos que correr y escondernos para protegernos de la inseguridad, resguardarnos apenas se oculta el sol, pelearnos –literalmente– a mano alzada para poder alimentarnos y, por sobre todas las cosas, TRATAR de sobrevivir con un mísero sueldo mínimo en un punto clímax inflacionario que sobrepasa la realidad.

No hace mucho un amigo me dijo que quien gana sueldo mínimo en Venezuela es un miserable que no se rebusca… Es aquí donde se colea la interrogante de las 50.000 lochas: ¿de qué clase de miserable estamos hablando? Claro está, no todos tenemos ínfulas de “bachaqueros”, revendedores ni de hacer negocios millonarios de calidad turbia, por lo que la respuesta de uno jamás tendrá compatibilidad con la del otro. En ese caso, sí soy una miserable por ganar sueldo mínimo y no rebuscarme y, supongo que el aspirar más de mi país y de quienes vociferan aquel fulano cambio, me hace más miserable aún.

Todo se trata de un efecto dominó. Efecto en el que hay más afecto por las agresiones a dirigentes políticos –suceso que ocasionó el apagón inmediato de la sensación euforia– que a los mismos ciudadanos golpeados, amedrentados y gravemente afectados por las acciones súbitas de los verdes sobornados. Sería demasiada ingenuidad seguir creyendo en la fulana mesa de tablas rotas y tornillos flojos en la que tanto juegan cartas, por lo que entonces me pregunto: “¿Quién podrá defendernos?”. Eficacia versus incompetencia.