• Caracas (Venezuela)

Yasmín Núñez

Al instante

Venezuela requiere una profunda reconciliación

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Algunas veces me vienen a la mente aquellos tiempos cuando disfrutaba de las contiendas electorales, y nuestros vecinos discutían por ver quién era el mejor candidato, los frentes de las casas se llenaban de afiches y banderas de los partidos tradicionales, y a veces surgían acaloradas discusiones, se hacían apuestas, se caldeaban los ánimos, pero una vez pasadas las elecciones, los vencedores salían en caravana a celebrar, y ya en un par de días todo volvía a la normalidad, los vecinos retomaban el trato cordial de siempre, y guardaban sus diferencias políticas hasta la siguiente contienda electoral. La gente no se dejaba de hablar, no se veían como enemigos irreconciliables, éramos un solo país, no se propagaba el odio ni la división desde las altas esferas, como política de Estado.

Un presidente, así sea elegido por una mayoría o por un poco margen de votos, se convierte en el gobernante de todo el país. Utilizar los poderes públicos para amenazar, para oprimir a quienes no son sus simpatizantes, no es propio de un líder, y para ser presidente se requiere de liderazgo, pues en sus hombros recae la responsabilidad y los destinos de la nación.

Meses antes de llegar Hugo Chávez al poder, muchos percibimos con justificada preocupación el ascenso de un candidato cuyo discurso se percibía cargado de violencia verbal, de vendettas. Pero ese fue el presidente que eligió la mayoría de los venezolanos, aunque luego más de uno, con pesar, demostró su arrepentimiento, pues la esperanza por acabar con lo viejo hizo olvidar que el odio no es la mejor de las herramientas para desmantelar las viejas y corrompidas estructuras del poder. Hoy estamos pagando las consecuencias de aquel discurso. No solo no se demolió lo que ya no funcionaba, sino que sobre sus ruinas se montó la que seguramente será la mayor concentración de poder que se haya visto en nuestro país desde su fundación, y la mayor de las riquezas provenientes del petróleo. Lo que pudo ser una gran oportunidad de desarrollo y bienestar para el país más privilegiado de Latinoamérica, se convirtió en la mayor de sus desgracias.

Desde aquella elección hasta el presente es mucho lo que hemos perdido, como si hubiésemos sufrido una gran guerra. Lo que más se añora es la unión entre familias, entre vecinos. Los venezolanos somos gente por naturaleza abierta, no tenemos barreras de comunicación, hablamos en un banco, en una cola, en un autobús, con cualquier persona. Sin embargo, desde que nos dividieron artificialmente entre los partidarios de un bando o del otro, esa cordialidad propia de los venezolanos se perdió. Ya no se puede tocar el tema político en la calle sin que aparezca la hostilidad y los insultos.

Justo en estos momentos difíciles y convulsivos que vivimos es cuando se precisa lograr la reconciliación nacional. Es tiempo de llamar a la cordialidad, a la paz, a la unión de todos los venezolanos. Eso no significa que tengamos que exonerar a los responsables de la quiebra económica y moral de Venezuela. La justicia, más temprano que tarde, exigirá cuentas a los que mal administraron los recursos de todos los venezolanos. Pero para llegar a ser un país donde funcione y se respete el Estado de Derecho necesitamos superar esas divisiones artificiales que se establecieron para justificar la persecución de una gran parte de venezolanos. Urge recuperar la convivencia pacífica, donde los ciudadanos tengan derecho de votar por partidos con ideologías diferentes y a la vez respetarse mutuamente y donde los elegidos tengan el deber de gobernar sin humillar a los perdedores, porque gobernar no es ganar una guerra, sino cumplir y hacer cumplir la ley.

Solo desde el respeto podremos alcanzar la paz, y solo desde la paz, llegaremos a ser la Venezuela que todos queremos. Es algo que se nos hace difícil de entender, porque al fragor de la polarización que vivimos, cada quien asume una posición hostil, y esa hostilidad, en mayor o menor medida la reflejamos en la vida cotidiana y en las redes sociales. Nos va a llevar tiempo aprender a respetar la “verdad” de los demás.

No podemos seguir girando en la rueda de los insultos, del culto al odio. Debemos ayudar a restablecer las libertades democráticas y asumir la tarea más importante desde el tiempo de nuestra independencia: reconstruir a Venezuela y hacerla digna de vivir en ella.