• Caracas (Venezuela)

Yasmín Núñez

Al instante

¿Por qué en Venezuela los políticos no asumen sus fracasos?

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Si el objetivo del chavismo era destruir a Venezuela para adueñarse de nuestras riquezas con el propósito de convertirse en una nueva élite de multimillonarios, habrá que reconocer que lo lograron sin que eso signifique que nos resignemos, pues ya llegará el día en que los venezolanos podamos cobrar esa destrucción, no por la vía de la venganza, sino por la senda de la justicia que, aunque llegue tarde para algunos, igual llegará.

Si la misión de la oposición era evitar que el chavismo alcanzara su objetivo de arruinar al país, tendremos que reconocer que fracasó sin que importen las causas: ignorancia, impericia, intencionalidad, complicidad o la suma de todos estos factores a la vez.

Todo fracaso exige una renuncia, pero lejos de renunciar la oposición siempre tiene activada una batería de excusas. Si se pierde una elección “crucial”, la culpa es de la gente que no salió a votar; si se abre la opción de demostrar el fraude o de poner al régimen contra las cuerdas, entonces no hacen nada porque hay que evitar a toda costa un “baño de sangre”. Aquí no entran las matanzas en el arco minero, las recientes masacres de Cariaco y Barlovento, ni las ciento de miles de vidas de venezolanos y extranjeros que se han perdido en manos del hampa generalizada en todo el país.

En honor a la verdad, esta oposición no nos ha engañado del todo, porque siempre nos ha dicho que su única propuesta es la vía electoral, aunque resulta contradictorio que habiendo apostado por esta única opción, hayan dejado morir el canal más expedito para lograr un cambio pacífico y sin baño de sangre: el referéndum revocatorio.

Si la agenda de esta mesa de diálogo hubiera tenido como punto obligatorio la celebración del RR este año, la gente la hubiera apoyado. El resultado fue todo lo contrario: entregaron el RR, y la respuesta a ello es que Carlos Ocariz piensa recorrer el país del 30 de noviembre hasta el 4 de diciembre, con el fin de “recolectar millones de voluntades”, me imagino que para celebrar a lo grande el funeral del RR, al cual, por cierto, le eligieron un epitafio muy gracioso: “#YoQuieroVotar”.

Hasta ahora hemos visto como fruto del diálogo: la entrega de la mayoría de la AN aceptando un fraude que no se cometió; el reconocimiento de una guerra económica de la cual somos víctimas y no coautores, y la promesa, sin fecha, de cederle a la oposición un rector del Poder Electoral, y que el TSJ no siga vapuleando a un Parlamento ya moribundo.

Ni con un buen maquillaje esta dirigencia opositora, sentada en esta “supuesta mesa de diálogo”, puede convencernos de haber ganado algo. Si tuvieran dignidad ya habrían renunciado.

Pero ¿por qué no renuncian? Porque estos políticos conocen nuestras debilidades, saben que los venezolanos somos cómodos, pasivos, y que eso de salir a la calle a luchar por nuestros derechos y garantías constitucionales no va con nuestro alegre estilo de vida, y saben, además, que nadie va a exigirles cuentas o a cuestionar sus fracasos. Por eso se incomodan tanto con las redes sociales y tildan de divisionistas o de guerreros del teclado, con justificada razón, a quienes están comenzando a cuestionar la idoneidad de esta oposición.

Pero ya no hay excusas para seguir aceptando los fracasos acumulados de esta dirigencia opositora, porque el hambre y la situación económica sacaron a la mayoría de los venezolanos de sus zonas de confort.

Esta situación apremiante que vive el país está comenzando a dar cabida a un cuestionamiento interno en el lado opositor. Por un lado, vemos al diputado Juan Guaidó exigiendo un cambio de estrategias en la Unidad y, por el otro lado, tenemos al diputado Ángel Medina que se resiste a aceptar su reestructuración, y plantea un “debate a lo interno, no a la luz pública”. Ambas posturas reflejan las dos tendencias que conviven hoy en la Unidad; sin embargo, es bueno que tomen en cuenta que ya no es posible debatir a puertas cerradas porque la gente exige transparencia; hay urgencia de ver un relevo de la actual clase opositora, pero de cara al país, y no decidido en una “encerrona de cogollos” como ha sido hasta ahora.

Si esta “Unidad” insiste en convertirse en una de las caras de un bipartidismo que debió morir en diciembre de 1998 y no permite una renovación del liderazgo opositor, la gente les pasará por encima y encontrará una tercera vía que sea verdaderamente representativa de lo que clama a gritos la calle: Un cambio de rumbo.

Debemos tomar conciencia que el cambio no nos caerá del cielo. Hay que asumir el compromiso de trabajar para conquistarlo; en caso contrario, seguiremos cosechando decepciones, desesperanzas y cargando con esta dirigencia opositora que pretende arrearnos hasta las próximas “elecciones cruciales” cantando, en medio de esta hambruna atroz, esa cancioncita pegajosa que utiliza en sus campañas electorales y cuyo coro dice: “Viene ya, lo bueno viene ya”.