El fin de la arrogancia
Tomás Eloy Martínez
Hace ocho años, cuando la Corte Suprema de Justicia seleccionó a
George W. Bush como presidente de Estados Unidos -dándole así la espalda al
resultado del voto popular, que se inclinó por Al Gore- el superávit del país
era de 559 millardos de dólares.
Barack Obama, que triunfó en las elecciones del martes 4 de
noviembre por una mayoría decisiva, deberá remontar en cambio una realidad
opuesta. Afrontará una deuda de casi 400 millardos de dólares, más una guerra
abrumadora, y la mayor crisis financiera de la historia; también, arrostrará
los valores morales en jaque por las leyes patrióticas que se pusieron en vigor
desde 2001 y que atropellan derechos constitucionales, y por decisiones
ejecutivas que justifican la tortura.
Este mismo martes 4 de noviembre, mi hija Sol-Ana -que se gradúa
el próximo mayo en Purchase, una de las universidades del estado de Nueva York-
se reunió con sus compañeros de colegio para preguntarse por qué habían
decidido elegir a Obama. Todos coincidieron en la respuesta.
Porque Obama, dijeron, valiéndose
tan sólo de su talento e imaginación, ha podido sobreponerse a todos los
obstáculos. En sólo cuatro años Obama emergió de la nada, ganó las primarias de
su partido enfrentando a una Hillary Hilton que parecía invencible y se ha
convertido en el primer presidente negro de un país donde hace apenas medio
siglo se negaba a los negros de algunas regiones el derecho a compartir con los
blancos los ómnibus urbanos y los baños públicos.
En sólo cuatro rápidos años, dijeron, ha derribado todos los
obstáculos: su raza, su origen humilde, el sonido desafinado de su nombre
completo, Barack Hussein Obama, así como su condición de senador novato. Un
político que ha sido capaz de llegar tan lejos con tanto viento en contra es el
único que puede rescatar a Estados Unidos del horizonte de cenizas en que lo
han sumido los dos períodos de Bush. Y es el único capaz de hacerlo más rápido
que nadie, como lo exige esa desdichada herencia.
La promesa de cambio se ha sostenido con el lema "Sí, podemos",
pero el presidente Obama no tardará en descubrir que se puede poco. No hay
dinero para proporcionar cobertura médica, educación y asistencia social, ni
para crear la infraestructura que la industria y el comercio necesitan
desesperadamente, ni para desarrollar energías sustentables. No hay cómo pagar
eso. Es posible que el presupuesto de 80 millardos de dólares con el que
pensaba sostener su programa de salud para todos los niños ya se haya evaporado
en el rescate de una sola de las compañías en peligro, la aseguradora AIG.
En el círculo de las finanzas norteamericanas se habla de un
invierno nuclear en el que nada crece. Durante septiembre se esfumaron 160.000
empleos y Chrysler acaba de anunciar otros 2.000 despidos. Los precios de las
casas bajaron 16,6% en promedio, con extremos de 31% en Las Vegas y 25% en
Miami, Los Ángeles y San Francisco. Cientos de miles de millones volaron en el
casino alegre de Wall Street, llevándose buena parte de los ahorros jubilatorios.
Antes de la catástrofe, los norteamericanos medios recibían unas
cinco ofertas diarias de tarjetas de crédito en sus buzones de correo, y
algunas menos en sus direcciones de e-mail. Ahora, desde que los usuarios se
han atrasado en los pagos y no pueden hacer frente a las deudas multiplicadas
por los intereses de vértigo, las ofertas desaparecen. En su lugar llegan
cartas que informan sobre recortes drásticos en los límites del crédito.
Por ardua y veloz que sea la caída, es un despropósito comparar esta
crisis con la de 1929 y pensar que la solución de aquellos años podría
aplicarse ahora. El presidente Franklin D. Roosevelt puso en marcha el New Deal
con el producto bruto interno reducido en la tercera parte. Este año, al
contrario, el PBI creció hasta que se advirtieron -hacia junio o julio- las
consecuencias de vender papeles sobre créditos inmobiliarios sin respaldo.
Durante la Gran Depresión el desempleo afectó a la cuarta parte de los
trabajadores; con el desgobierno de Bush aumentó, pero no pasa -al menos hasta
la fecha- del 6,1%.
Estados Unidos no es ya el mismo. Si algo queda del Estado
benefactor de Roosevelt hay que buscarlo ahora en la socialdemocracia europea,
con su mayor regulación, su seguridad social y sus impuestos altos. Y aun allí los
gobiernos debieron salir al rescate de sus sistemas financieros. Porque tampoco
el mundo es el mismo.
Ha llegado "el fin de la arrogancia", como señalaba en uno de sus
titulares la revista alemana Der Spiegel. La caída del Muro de Berlín y
la desintegración de la Unión Soviética dejaron al capitalismo occidental -y a
su mayor potencia militar, Estados Unidos- en el lugar de máxima influencia.
"Durante 50 años -observó Eric
Hobsbawm- tuvimos la suerte de que dos imperios se controlaran mutuamente. Era
más agradable vivir en uno que vivir en el otro, pero se mantenían a raya entre
sí".
Naomi Klein habla del "capitalismo del desastre" y retrata la
gestión de Bush que, sin los atentados del 11 de septiembre de 2001, acaso
hubiera durado la mitad.
"Bush aprovechó la oportunidad generada por el miedo a los ataques
para lanzar la guerra contra el terrorismo -dice-, pero también para garantizar
el desarrollo de una industria exclusivamente dedicada a los beneficios".
Klein define el modelo como corporativista y describe sus
características: "Una gran transferencia de riqueza pública hacia la propiedad
privada (a menudo acompañada de un creciente endeudamiento), el incremento de
las distancias entre los inmensamente ricos y los pobres descartables, y un
nacionalismo agresivo que justifica un cheque en blanco en gastos de defensa y
seguridad".
Desde la mañana siguiente a su elección como 44 presidente de
Estados Unidos, Obama se puso en marcha con energía y, sin perder tiempo, dio a
conocer la lista de sus primeros colaboradores.
En uno de sus últimos actos de campaña dijo: "En una semana
podemos dar vuelta la página y dejar atrás las políticas que pusieron la
avaricia y la irresponsabilidad de Wall Street por delante del trabajo duro y
los sacrificios de gente como ustedes".
Quizá una semana sea poco, pero ya ha empezado a mover la página
en menos de un día.
Ha recibido el mandato de crear un marco financiero factible para
el siglo XXI, restaurar los valores republicanos perdidos, respetar la
autodeterminación de los pueblos y encontrar un papel para Estados Unidos que
no sea el de guardián decadente del mundo.
Lo está
cumpliendo.