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| Columnistas |
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Ramón Hernández |
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Radicalismo 06/02/2010 |
| Ser de izquierda
radical, oye tú, significa ser exigente y generoso con la libertad,
especialmente con la de los otros, no lo contrario. Las restricciones y
las coacciones, sean del tipo que fueren, son obstáculos o desviaciones
en el camino de la verdad científica, no atajos. Un revolucionario se radicaliza para exigirse más en la tarea de interpretar y cambiar la realidad, y cuando abandona el garrote y debate con los otros, dialoga, intercambia, facilita que crezcan 100.000 flores. Cualquier otra forma de radicalismo es simple estalinismo o totalitarismo, un recurso bobalicón para darle un cariz de bachillerato a lo que es simple barbarismo elemental, primario: gomecismo. Radicalizar la revolución es hacerla eficiente en función de la felicidad y calidad de vida de la población, que es su fin último, y obvio. Amenazar con usar medios violentos, coercitivos, para imponer "razones", "principios" y "verdades" fueron los métodos de la Inquisición, o los hábitos derivados del absolutismo propio de los tiranos y sátrapas, pero nunca puede presentarse como una aplicación del "materialismo dialéctico". Imponer la ecuación antihistórica pueblo-partido-líder, que utilizó el estalinismo para instaurar un régimen feudal y esclavista, mediante el cual la nueva clase, la nomenklatura, se apropió tanto de la plusvalía como de la mayor parte del salario de los trabajadores, en función de su propio bienestar, no es "radicalizar", sino mermar, dañar y falsear la utopía del socialismo. Impedir la libertad de expresión, que es más que coartar, y dictaminar qué se puede decir y qué tipo de pancartas se deben mostrar mientras se sigue un juego de beisbol en el estadio de Guatamare, por disposición expresa de la autoridad militar, no es radicalizar la revolución, sino todo lo contrario: distorsionarla y desfigurarla. Cuando se es marxista de oídas, la sinrazón puede disfrazarse de razón y conducir a sus líderes de vuelta a los momentos más tenebrosos de la humanidad, con el agravante de que lo hacen frente a la mejor defensa que existe contra la barbarie: la fotografía, que los desenmascara y les precipita la caída. Remember Tachito Somoza. La represión no es revolucionaria, tampoco la tortura y la censura. Identificar delitos de opinión en una imagen y solicitar juicios penales equivale a traspasar la antesala del nazismo y emular el genocidio rojo-rojito de los jemeres camboyanos, el Khmae Krojom. Cuidado. Cerrado por falta de luz. |
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Sergio Dahbar |
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Tomás Eloy 06/02/2010 |
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| Fue uno de los
periodistas más sorprendentes de la lengua española. Para comprobarlo
basta con leer en voz alta las primeras líneas de los trece textos que
conforman Lugar común la muerte, mecanismo de relojería perfecto e irrepetible, que se convertiría en libro de culto para los reporteros de América Latina. Tomás Eloy Martínez reescribió esos reportajes a fines de los años setenta, en un apartamento de Chacaíto que hubiera sido la envidia de William Faulkner: desde una ventana se divisaba el tráfico agitado de un burdel vecino. No era un escenario despreciable para conjurar un puñado de historias que merodean la respiración de la muerte. Con el tiempo sus amigos descubrirían que esas casualidades perseguían obsesivamente a este seductor incorregible, nacido en Tucumán (1934), quien hacía sentir importante a su interlocutor con el brillo de su inteligencia y las ocurrencias más desatinadas. Dueño de una conversación elocuente, su presencia nunca pasaba desapercibida. Debo al influjo de mi madre la lectura de sus primeros escritos en una revista que hizo historia en el periodismo latinoamericano de los años sesenta, Primera Plana. La aparición de sus iniciales, TEM, era para mí sinónimo de aventura y riesgo. La intensidad y conocimiento con que se acercaba a sus entrevistados; la cantidad de datos que lograba atar en un solo párrafo; la música perfecta con la que abría y cerraba una historia de vida; las iluminaciones que convocaba para explicar un testimonio al borde del abismo; eran atajos para transfigurar el mejor periodismo en obra de arte. Su pluma atrapó la voz entrecortada de los sobrevivientes de la bomba atómica en Hiroshima; la memoria de una anciana rusa cuya mayor desgracia era no poder olvidar; y la herencia mágica que recibió Ray Bradbury de su tía Neva, la dama de las calabazas, quien además lo puso en contacto con el no menos asombroso país de octubre. Conocí personalmente a Tomás Eloy Martínez en el exilio caraqueño, hacia 1981, en una casa blanca de Campo Claro, donde había fundado junto con la periodista Susana Rotker el reino de todos sus sueños. La felicidad de esos años lucía infinita e irrompible. La leyenda que lo precedía ya era enorme. Había sido crítico de cine en La Nación y asiduo jurado en festivales internacionales (Cannes, Venecia). Y su participación en la gesta periodística que acompañó el nacimiento del boom latinoamericano de literatura brillaba en el continente. Con 46 años ya había escrito una novela (Sagrado); una colección de ensayos sobre cine (La obra de Ayala y Torre Nilsson); y un reportaje de investigación sobre una masacre en el sur argentino (La pasión según Trelew). En Venezuela hizo demasiadas cosas. Fundó un periódico que renovó el oficio (El Diario de Caracas); recorrió el país en una avioneta en busca de jóvenes de todos los rincones para averiguar cómo soñaban el futuro de Venezuela; dirigió un programa de televisión de alto rating; escribió un guión polémico sobre un poeta de Manicuare y se sumergió en los insomnios de Ramos Sucre; asesoró a dueños y directores de medios; escribió un libro por encargo; y estuvo a un paso de ser expulsado del país por culpa de un brujo brasileño que avizoró el fin del mandato presidencial de Luis Herrera Campins antes de lo previsto. Partió en 1983, para escribir obras de largo aliento: La novela de Perón y Santa Evita, ficciones que indagaron el karma peronista que aún castiga a Argentina. Fueron años trepidantes: fundó otro periódico en Guadalajara (Siglo XXI); dio clases de literatura en Rutgers y de crónica en la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, de la que era miembro de su Consejo de Maestros. Aunque muchos periodistas jóvenes no saben que Tomás Eloy Martínez vivió en Venezuela, dejó una huella imborrable en el país. Nos enseñó que el periodismo era un acto de redención. Y que el lenguaje, por ser un brazo de nuestro pensamiento, merece ser trabajado como una piedra preciosa. Vale la pena recordarlo ahora que por fin ha podido decir adiós. Pidió que lo despidieran con música, libros y gin tonic, como el que tomaba todas las tardes a las 7:00. Sus hijos cumplieron ese deseo final. Ahora debe encontrarse muy cerca de Susana. Ojalá allá también sean felices. |
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Alberto Barrera Tyszka |
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Noticias de la esperanza 07/02/2010 |
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En tiempos de bonanza económica, es fácil administrar un país. Cuando hay menos qué derrochar, las cosas cambian. |
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Milagros Socorro |
| Razones estrictamente personales
07/02/2010 |
| Si
una persona dimite de un alto cargo gubernamental y aduce que lo ha
hecho "por razones estrictamente personales", debemos concluir que lo
personal es lo contrario de qué. ¿Es, acaso, lo contrario de tener
profundas discrepancias con el gobierno del que se ha formado parte y
cuyos lineamientos se han adoptado como propios? Si uno afirma que hace
algo por motivaciones personales, ¿esto implica automáticamente que
nada tienen que ver la realidad exterior, los hechos circundantes, las
personas a las que se ha decidido dejar de acatar y de reportar
diariamente? Qué es lo personal cuando uno es vicepresidente de un país
sumergido en un terrible caos. ¿Se tratará de una migraña pertinaz?
¿Será que ya no puede posponerse más el camino de Santiago, escribir un
libro, hacer un viaje de un semestre con la esposa, armar un
rompecabezas de 5.000 piezas... qué puede ser lo personal cuando uno es
el segundo de un tipo autoritario, abusador de la sociedad, del país,
de su historia, de su futuro, de sus recursos y, con especial
ensañamiento, de sus subordinados? El 25 de enero fue aceptada la
renuncia del vicepresidente desde 2008 y ministro de Defensa desde
marzo de 2009, Ramón Carrizález. Era un deslinde difundido por vía
extraoficial dos días antes. Se decía que Carrizález, oficial retirado,
no toleraría la asimilación con el grado de generales de las FAN de
cuatro militares cubanos. Esto no ha ocurrido (en forma abierta y
visible), pero lo que sí ocurrió es la llegada de Ramiro Valdez,
asesino en masa, torturador de oficio, experto en represión, venido de
Cuba, pobre país castigado con cotidianos cortes de suministro de
energía, para "dirigir una comisión técnica creada para enfrentar el
problema eléctrico...". Pura basura. Las acostumbradas mentiras de
Chávez y sus cómplices. Y uno se pregunta, si Carrizález le tiene respeto a la sangre y se amilana ante la idea de seguir en un gobierno cuyo principal proyecto a corto plazo es la represión y la persecución a la creciente disidencia, para lo cual instala en territorio nacional a un auténtico experto en la materia, ¿eso es personal o qué? Si Carrizález, quien ya fue titular de los ministerios de Infraestructura y Vivienda y Hábitat (donde mucho se ha robado y nada se ha logrado), que ha apoyado tanto, que se ha prestado para tantas injusticias, cuando no directamente para crímenes que la justicia evaluará en su momento, topa de pronto con la raya que no está dispuesto a traspasar, ¿eso no es personal? Desde luego, hay razones para estar convencidos de que Carrizález no renuncia por un súbito destello ético ni porque de pronto haya sido presa de un ataque de decencia, sino porque Ramiro Valdez, conocido en la cuenca del Caribe como "Charco de Sangre", viene a ser el verdadero vicepresidente. La posición de Carrizález Rengifo, ya de por sí vulnerada por los constantes gestos de desautorización por parte de su jefe, así como los humillantes regaños a los que éste lo sometía con asiduidad digna de mejores causas, hubiera sido insoportable... aún para quien ha soportado lo indecible. Pero una cosa es que Chávez lo pusiera de vuelta y media a cada rato, y otra es que lo haga un cubano. No hay que olvidar que en un régimen autoritario el único irremplazable es el dictador, que es la única persona entre un montón de meras ruedas del engranaje. Carrizález, ya de por sí patético por haber desempeñado un papel que podríamos calificar como de oveja de pesebre, se desgañitó asegurando que su salida, que estuvo acompañada el primer día por la de su esposa, la ministra del Ambiente Yuribí Ortega y posteriormente por el despido de su hijo de la nómina de Conviasa, no se producía "por ninguna discrepancia en decisiones de gobierno y que cualquier versión distinta a lo argumentado para renunciar es falsa y tendenciosa". Sus razones son estrictamente personales... en un régimen donde una sola persona lo es plenamente. Analizado en su conjunto, cuesta encontrar en este gobierno una iniciativa que, desde una evaluación con parámetros normales, no sea delictiva o no tenga origen tal. Carrizález no renuncia porque se le haya atravesado un delito de mayor cuantía; es posible que lo haya hecho porque, como se ha dicho de algunos funcionarios nazis, le rindió tributo al diablo sin llegar a venderle su alma. Algo muy personal, por cierto. |
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Rafael Arráiz Lucca |
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Una comunidad política 07/02/2010 |
| La convivencia pacífica
y democrática de una sociedad requiere la conformación de una comunidad
política. Para que ella funcione es indispensable que por lo menos dos
fuerzas se pongan de acuerdo sobre unas reglas de juego que, siempre,
conducen a la posibilidad de alternarse en el ejercicio del poder. Una
de esas fuerzas, necesariamente, debe ser la que detenta el poder, de
lo contrario, no tiene ningún objeto. Durante la dictadura de Gómez y la de Pérez Jiménez no hubo una comunidad política en Venezuela, como no la hubo en el Chile de Pinochet ni en la Cuba de los Castro, hoy. Cuando Betancourt y Acción Democrática intentaron formar una a partir del 18 de octubre de 1945, al parecer no advirtieron suficientemente que la mayor resistencia a formarla provendría de los militares. Si entonces se hubiese determinado que el adversario eran ellos y no los partidos políticos opositores, se hubiera podido formar un gobierno de coalición y no, como lamentablemente ocurrió, uno de un solo partido, en un país que requería otro estatuto para vencer en su ensayo. El 24 de noviembre de 1948, los militares volvieron por sus fueros. La amarga experiencia del Trienio Adeco sirvió para que el 30 de octubre de 1958 se firmara el Pacto de Puntofijo. Es decir, el acuerdo de gobernabilidad más inteligente de la historia política venezolana. De inmediato, ante la arremetida de las fuerzas militares contra el gobierno de Betancourt (incluso antes contra el de Larrazábal), emergió la validez del pacto, así como su necesidad para lograr una comunidad política en Venezuela. La izquierda de entonces quedó al margen de ella, hasta que se integró a partir de la Política de Pacificación implementada por Caldera, en 1969. Al año siguiente, con la fundación del Movimiento al Socialismo, la izquierda moderna venezolana abrazó la democracia como su destino. El drama que vive la Venezuela de hoy anida en la falta de una comunidad política estructurada y el principal responsable de que ésta no exista se llama Hugo Chávez, no la oposición. El problema de gobernar un país sin una comunidad política en funciones es que, forzosamente, el Gobierno considera a todo disidente un enemigo a exterminar. Tarde o temprano, quienes adversan al Gobierno y son considerados como seres inexistentes, humillados e insultados, terminan siendo mayoría. Entonces, ya es tarde para formar la comunidad política que ha debido establecerse desde un principio. Demasiadas vejaciones pesan para avenirse a un acuerdo de convivencia política. Cuando este momento llega, emerge el error del comienzo: querer jugar solo en la cancha ignorando a las otras fuerzas. Es el drama de la fatal arrogancia. Lo anterior es lo que está pasando en Venezuela. Mientras mantienes un respaldo mayor a 50% te puedes dar el lujo de ignorar al Otro, cuando pierdes la mayoría no te queda otro camino que reconocerlo, pero ya es tarde, lo tienes magullado a golpes, exclusiones, desamores, improperios, expropiaciones y cárcel. Esta lógica pueril del poder que ha seguido Chávez, no es aventurado suponer que le viene de su formación militar y su petrificación ideológica. La primera fue insuficiente (teniente coronel), la segunda no se basa en el pensamiento crítico sino en las reacciones pavlovianas de la ideología. En otras palabras, no es pensamiento. ¿Será capaz Hugo Chávez de metabolizar lo que le está ocurriendo y disponerse a formar una comunidad política con sus adversarios? Su biografía dice que no, pero como decía el lema aquel de la televisión de mi infancia: "Todo es posible en la dimensión desconocida".
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Pedro Llorens |
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Golpista hasta el fin 07/02/2010 |
| Lo normal es que un
Presidente se haga el loco ante las violaciones de los derechos humanos
por parte de sus cuerpos de seguridad, y busque algún chivo expiatorio
como responsable de los excesos en que se haya incurrido a la hora de
reprimir... pero este Presidente se pasa de maraca y sale de asomao a
ordenar el recrudecimiento de la represión (criticó al gobernador de
Lara, Henri Falcón, por haber dicho a sus policías que a los
manifestantes hay que dejarlos hasta que se desgasten) y amenaza con
intervenir a las policías que no actúen con severidad... a sabiendas de
que en los cuerpos policiales sobran locos e incluso homicidas y son
pocos los que entienden que los derechos humanos son algo más que un
saludo a la bandera. Según receta literaria atribuida a Cervantes, "La
poca esperanza de vencer saca del ánimo desesperadas fuerzas". Ahora ya sabemos quién será el verdadero culpable (lo sabíamos, pero no había el relevo de pruebas que produce la confesión de partes) de cualquier desbordamiento militar o policial a la hora de controlar o dispersar a manifestantes, sin incurrir en lo que el jefe del Estado califica de "debilidad que genera impunidad". El que brollo busca, brollo tiene, dice el refrán. Y en materia de brollo no hay hombre más brollero que el busca-brollo de Miraflores, quien, además de pedir más represión (ya una vez pidió activar el Plan Ávila y le fue mal), denuncia un plan desestabilizador por parte de grupos que buscan "caotizar" (yo caotizo, tú caotizas, él caotiza... ¡vaya!) y por si fuera poco amenaza (el colmo) con liderar otra asonada militar: "Hoy es imposible un golpe de derecha; ahora, una rebelión de izquierda que profundice los cambios es posible y yo pudiera comandarla... Si me obligan, yo la comandaría". Betancourt decía: "Adeco es adeco hasta el fin", y escuchando a Chávez bien pudiera decirse que golpista es golpista hasta el fin... En esta última semana celebró sus 11 años de gobierno (2F) y sus 18 de golpista derrotado, su Moncada (4F), efemérides más que suficientes para que hablara y mintiera todos los días de la semana... y luego vendrá la conmemoración del "golpe" (¿de quién?) que lo mantuvo fuera del poder por un par de días (11A), fecha sobre la que ha inventado tanto que ya debe estar convencido de que fue rescatado por el pueblo y llevado en hombros a Miraflores, a pesar de la reiterada advertencia de todos los sabios que en el mundo han sido, desde Agatón (450400 a. C.), uno de los más famosos trágicos griegos: "Ni siquiera Dios puede cambiar el pasado".
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Ricardo Bello |
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Transnacionales y agricultura 07/02/2010 |
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Sergio Dahbar |
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Mujeres que hacen milagros 16/01/2010 |
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| Había cumplido 100 años y sabía que el fin era un asunto de horas. Se llamaba Miep Gies y el destino quiso que a muy temprana edad se convirtiera en leyenda. La mujer que salvó el diario de Ana Frank murió el pasado lunes 11 de enero en una clínica de Ámsterdam.
Su nombre verdadero era Hermine Santrouschitz y vino al mundo en Viena (1909), pero adquirió la ciudadanía holandesa al huir de la Primera Guerra Mundial. Primero vivió en Leiden, la ciudad universitaria más antigua de Holanda, y después se mudó a Ámsterdam. Allí la recibió Otto Frank, el padre de Ana, quien poseía una distribuidora de pectina, producto vegetal para preparar jaleas y mermeladas. Miep Gies se convirtió en secretaria de la empresa y más tarde en encargada general. Otto Frank había nacido en Frankfurt y en 1933 se cansó de las restricciones impuestas por los nazis a todo judío. Escogió Ámsterdam como tabla de salvación. Pero en mayo de 1940 los alemanes invadieron Holanda. La tenaza se cerraba y los Frank pensaron en que era hora de huir hacia Suiza. En 1942 tomaron otra decisión: meterse en un anexo secreto de una casa ubicada en el número 263 de Prinsengrancht, frente a uno de los canales de Ámsterdam. Allí había un depósito, que Otto Frank adquirió para su empresa. Se ingresaba a través de una puerta falsa, oculta por un armario, que acondicionó el carpintero Voskuyl. Los amigos proveían comida y ropa. No faltaron acompañantes, como la familia Pels y el dentista Pfeffer, que ingresaron más tarde. Esas ocho personas convivieron desde 1942 hasta 1944, en un espacio mínimo, con no pocas dificultades. De ese clima de encierro y privación se nutrió buena parte del diario de Ana. El 4 de agosto de 1944 un comando alemán, orientado por una supuesta delación, descubrió el escondite y envió a los ocho refugiados a diferentes campos de concentración. Se presume que Ana Frank murió de inanición y tifus en BergenBelsen, hacia marzo de 1945. Miep Gies entró al anexo secreto el mismo día de la detención y recuperó los diarios de Ana Frank, para resguardarlos primero del saqueo que vendría y entregárselos más tarde al único sobreviviente, Otto Frank, cuando terminó la guerra. La historia de la escritura de esos diarios, de la transcripción posterior, de la edición finalmente en forma de libro, de las secuelas en teatro y en cine, de la gente que se obsesionó con el tema, refleja muchas caras de la condición humana, de sus milagros y perversiones. Desde 1947 se han vendido 20 millones de ejemplares en 50 idiomas. En su trayectoria como objeto de culto muchos intentaron impugnar su credibilidad. El Estado de Holanda tomó la decisión de establecer la verdad del diario. En 1980, cuando murió Otto Frank, el Instituto Neerlandés de Documentación de Guerra (NIOD) emprendió una tarea titánica. Estudiar la caligrafía de Ana, la composición química del papel, la manufactura de los cuadernos, los tipos de lápices utilizados en las correcciones, la historia de las copias, las ediciones, las traducciones, y las adaptaciones. Esa investigación de 700 páginas concluyó que son auténticos. También se documentaron los cambios que aportó su padre al transcribirlos: en ese proceso censuró las observaciones sobre el despertar sexual y comentarios incómodos sobre ciertos compañeros del encierro. Miep Gies vivió 100 años con la certeza de que había tomado la decisión correcta, al salvar, como ha escrito el crítico uruguayo Homero Alsina Thevenet, "una obra de excepción como documento humano, como testimonio de una vitalidad, de un humor, de una reflexión sentida y a veces cómica sobre sí misma". Hoy El diario de Ana Frank se consigue en dos ediciones en castellano, publicadas por DeBolsillo y traducidas del holandés por Diego Puls. La más reciente, de septiembre pasado, reproduce en tapa el dibujo de la portada de uno de los cuadernos. La versión crítica que publicó el NIOD es un prodigio editorial que se encuentra disponible en inglés a través de Amazon. Es un fresco irremplazable para comprender los alcances de una tragedia humana, de la convivencia forzada entre ocho seres humanos y del despertar de una adolescente, frente al amor y la escritura como oficio. Si no lo ha leído, comience ya. |
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Simón Alberto Consalvi |
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Laureano: ¿Por qué no te callas? 07/08/2010 |
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Como te dije la última
vez que nos vimos, Laureano, ¿por qué no te callas? Recuerdas que
andábamos por las islas del mar Egeo, rodeados de sirenas y otras
bagatelas cuando te lo advertí con palabras de amigo. Desde que
tropezaste con aquella especie quelonia que entró de última al Arca de
Noé por su lentitud, todo el mundo sabe que estás en la lista roja.
Esta gente es como Gómez, no perdona. A Leo, el de Fantoches, el
general lo mandó a La Rotunda por una simple caricatura que aquí
describo: Comían dos amigos sentados a la mesa y uno le preguntó al
otro: "¿Hasta cuándo comes?". Y los fiscales dijeron que aquella vaina
era contra el general, y que la pregunta ocultaba una conspiración. |
| Tulio Hernández |
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El escritor de los mitos políticos 07/02/2010 |
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