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Columnistas
 

Sergio Dahbar

Altamente improbable

14/11/2009

B ajo el influjo de Ángel Alayón tropecé con un libro, El cisne negro (Paidós, 2008), del escritor libanés Nassim Nicholas Taleb. Es una obra de esas que cada tanto tiempo impactan a muy variados tipos de lectores por su rareza, por su impacto tremendo y porque una vez que aparecen explicamos su existencia como algo predecible.

Se trata de uno de los textos más atractivos que he leído, por su pertinencia para analizar la realidad a través de un enfoque inusual y desconcertante. Allí interviene una característica de su autor: convierte un ensayo de ideas complejas en un asunto irreverente.

Comencé a revisarlo con cierta desconfianza: se sabe que las traducciones echan a perder la inteligencia mejor articulada. Pero una vez que empecé, no quise soltar las páginas y lo he tenido conmigo en antesalas médicas, en esperas antes de una cita de negocios, en un café que he intentado alargar hasta más no poder.

¿De qué habla este señor llamado Nassim Nicholas Taleb, oriundo del Líbano (hijo de las culturas musulmana, católica y ortodoxa), pero educado en Estados Unidos (en la escuela de negocios de Wharton, Pensilvania) y especialista en ingeniería del riesgo, materia que enseña en el Politécnico de la Universidad de Nueva York? De algo que nos interesa a todos: que este mundo está dominado por lo extremo, lo desconocido y lo muy improbable.

Mientras tanto, nos preocupamos por menudencias que refieren lo ya conocido.

Taleb exige que entendamos el suceso extremo que ocurre ante nuestros ojos como punto de partida y no como una excepción que debemos ocultar. Y aclara ­muy a pesar de los optimistas­ que el futuro será progresivamente menos predecible.

Taleb se enfoca en dos especialidades que maneja muy bien: la oportunidad y la incertidumbre. Una dialéctica que abre caminos inesperados.

Leamos sus ideas: "Casi ningún descubrimiento, ninguna tecnología destacable, surgieron del diseño y la planificación: no fueron más que Cisnes Negros... Hay que reconocer las oportunidades cuando se presentan y juguetear con ellas".

Recordemos qué es un Cisne Negro para Taleb: un suceso de la realidad que es extraño, que posee un impacto tremendo y que luego de que ocurre suponemos que es previsible.

Por eso este filósofo de la cotidianidad afirma que debemos estudiar primero los sucesos extremos, para luego entender los habituales.

Desde esta perspectiva, Taleb decide en El cisne negro poner boca abajo (y pisarle cabeza) a la sabiduría convencional.

Quiere demostrarnos todo el tiempo (y lo logra) que esa sabiduría es inaplicable en nuestro entorno moderno, complejo y cada vez más recursivo.

A esta altura hay que recordar que el periódico británico The Sunday Times se refiere a Taleb como "el pensador más caliente de la actualidad", y que la revista neoyorquina The New Yorker se expresa sobre este matemático empírico como "el principal disidente de Wall Street", un hombre que es a la sabiduría convencional de los mercados lo que fue Martin Lutero para la Iglesia Católica.

Una editorial acaba de adelantarle 4 millones de dólares por un nuevo libro, que aún no ha escrito y del que afirma que apenas tiene una vaga idea. Sus obras previas, ¿Existe la suerte? y El cisne negro, no faltan en casa de gente que habla muy mal de él: banqueros, economistas, traders...

Taleb entiende que no lo quieran: "He dicho que son más peligrosos que los médicos de la Edad Media. Cómo van a hablar bien de mí". Las predicciones de los economistas le resultan intragables: "Siempre divagan, mienten, te encandilan con piedras preciosas. Y los economistas académicos son los peores".

De ahí que plantee su teoría el impacto de lo altamente improbable: el 11 de septiembre fue un cisne negro (negativo), así como el descubrimiento del Viagra (positivo).

"Nadie estaba buscando mejorar la calidad de vida de los hombres mayores cuando accidentalmente descubrieron la droga". Y sigue: documentos desclasificados recientemente han revelado que la quimioterapia está vinculada con un accidente del gas mostaza.

Taleb no le teme tanto al terrorismo como al azúcar que consume todos los días. "Deberíamos preocuparnos por aquellas cosas sobre las cuales nuestra acción puede tener algún efecto. Cualquier otra cosa es una pérdida de tiempo". Y tiene razón.
 

Ramón Hernández

Adagios y flores

14/11/2009

La guerra es mi distracción, aunque tengo particular repulsa a las armas, al olor a pólvora y al detritus de los cadáveres en descomposición, ese chorrito maloliente en el que deviene la vida de los seres vivos, sean plantas segadas por la guadaña o simples guapetones de barrio que se atravesaron en la trayectoria de una bala con su nombre y apellido.

El siglo XIX venezolano perteneció a la guerra. Empezó en pro de grandes ideales, la libertad y la soberanía, y terminó con los 60 alzados de Cipriano Castro y la batalla de Ciudad Bolívar, con la que Juan Vicente Gómez se erigió como el último caudillo de montonera. Impuso el régimen de terror y de decadencia que con tan buen tino describió José Rafael Pocaterra.

La guerra me distrae, pero no me divierte. Me ayuda a entender al ser humano en sus auténticas dimensiones, sin maquillajes ni artificios literarios. La penumbrosa realidad animal que no da cuartel para cumplir su único objetivo: la supervivencia.

Libramos guerras cotidianas que no se limitan a guarecernos del hampa y no ser víctimas de los "ajustes de cuentas", sino que incluyen tácticas para sobrevivir, como las trifulcas a las puertas del vagón repleto del Metro o en la esquina donde dejó de funcionar el semáforo y cada quien libra su batalla particular para pasar antes, no con buenos modales y solidaridad, sino mediante la fuerza y la viveza, ese primer aporte de Cristóbal Colón a la nueva civilización.

Quizás sea su sobredosis de participación en bretes bélicos, llámense revoluciones, golpes de Estado o chapeo, con los que tanto han contribuido a mantener el atraso, la miseria y la oscurana, la razón por la que los ministros no han leído los textos clásicos del marxismo que el Coba criollo considera fundamentales para construir casas destinadas a los pobres y mansiones para ellos. La orden fue leer la polémica de Friedrich Engels con PierreJoseph Proudhom sobre el problema de la vivienda (Die Wohnungsfrage) en la Inglaterra del año 1872, cuando empezaban a establecerse las primeras fábricas de cemento, para ver si encuentran la ecuación simple que permita construir, en poco tiempo y con una ínfima cantidad de dinero, los "apartamentos dignos" que les faltan para ganar las próximas elecciones. Hasta ahora, lo comprobado es que las casas de Engels no contaban con baño, electricidad ni agua corriente, un gran ahorro y la gran solución para los tiempos actuales. Lee, Diosdado, tú sí puedes. Hipoteco sala de estar.
 

Simón Alberto Consalvi

La quinta columna

15/11/2009 

Durante los últimos diez años, el presidente Chávez viene anunciando que Estados Unidos se propone invadir a Venezuela de un momento a otro.

Quienes lo observamos con inevitable escepticismo hemos comprobado que después de tan terrible advertencia se dedica a cantar, a reír o a la celebración de sus propias ocurrencias. Por arte de magia desaparece el dramatismo de la denuncia, de modo que ya nos hemos habituado a la idea de que la amenaza externa carece de todo fundamento, y que va y viene en el discurso presidencial según sea el paso de las nubes.

El Aló, Presidente del domingo 8 de noviembre tuvo otras características. Aun cuando regresaron las viejas referencias, la historia de que Estados Unidos piensa invadirnos y de que si nos invade se iniciará una guerra de cien años, en esta ocasión el Presidente involucró a Colombia como el brazo armado del imperio, país donde se trama la agresión a Venezuela. Las referencias guerreristas repercutieron de inmediato en los países de la región e, incluso, al otro lado del Atlántico. El Presidente dijo que tenía en su poder el acuerdo suscrito entre Colombia y Estados Unidos para el uso de bases militares. "Los militares yanquis ­expresó­ podrán andar en Colombia a sus anchas, por agua, por tierra, por aire, podrán usar el espectro radioeléctrico, es decir, Colombia es ya como un estado de la Unión, de hecho, pues, de hecho". De ahí pasó el Presidente a las afirmaciones que alarmaron a los colombianos, a los brasileños, a los españoles, a medio mundo, pero de manera profunda a los venezolanos, seres pacíficos ahogados por un discurso que les es ajeno, y de cuya suerte él dispone unilateralmente.

Ni de Colombia ni de Estados Unidos conocemos amenazas.

La historia es otra, y está escrita por el Presidente de Venezuela. Transcribiré textualmente algunas de sus afirmaciones del domingo, y lo hago con el propósito de que se medite sobre la guerra de que habla el jefe del Estado.

Veamos quién declara la guerra y contra quién. Estas son las palabras tomadas de Aló, Presidente : "Entonces, compañeros militares, no perdamos un día en el cumplimiento de nuestra principal misión: prepararnos para la guerra y ayudar al pueblo a prepararse para la guerra, porque es una responsabilidad de todos. Ah, ¿los escuálidos? No, no. Los escuálidos son una quinta columna aquí. Sepámoslo, una quinta columna, ellos son apátridas, ellos son tan apátridas como la oligarquía colombiana, los oligarcas de aquí, y andan regados por todos lados". De modo que más de 50% de los venezolanos (llamados "escuálidos" por el jefe de la revolución bolivariana) son aliados del enemigo o, peor, sus agentes activos, eso es la "quinta columna". A la "quinta columna", como en todas las guerras, le espera la peor parte del conflicto. Esta declaración de guerra contra los venezolanos ha sido opacada por la bullaranga general de las palabras, por el desafío altisonante y el menosprecio de la mayoría de la nación. En otras palabras, la "quinta columna" ya está sentenciada. ¿De qué no son merecedores los traidores a la patria? El llamado a las milicias bolivarianas no oculta sus propósitos. No sé cómo puede conciliarse la Carta Democrática Interamericana con la declaración de guerra a más de 50% de la población.

Fuera de Venezuela, y especialmente en Colombia, las arengas guerreristas despertaron y están despertando inquietud. Un portavoz de Brasil adelantó la posibilidad de una mediación entre los presidentes de Colombia y Venezuela. El canciller Celso Amorim precisó después la condición de que las partes la soliciten. Como quiera que esto parece improbable, la comunidad internacional, y en especial la regional, no puede cruzarse de brazos. Permitir que la guerra de las palabras avance en la perversión de las relaciones entre nuestros países, que se castigue de manera tan despiadada a las comunidades fronterizas, que se atente contra los procesos de integración, sería una confesión de incapacidad o, más grave aún, de indiferencia frente a una crisis impredecible.

En esta etapa democrática de América Latina es vital la toma de conciencia con el fin de consolidar el orden regional. Que ningún país viole impunemente los tratados internacionales. Si Unasur fue creada como una alternativa (sin la presencia de Estados Unidos), la validez de su porvenir descansa en sus iniciativas y no en su silencio. Si el Consejo Suramericano de Defensa está llamado a jugar un papel trascendental propiciando alternativas propias, la crisis entre Colombia y Venezuela no debe serle ajena. Perfectamente puede ser la instancia multilateral a la cual recurran ambos países, no para ser foro retórico, sino instrumento de verificación y compromiso.

El voto en el Senado de Brasil posponiendo la consideración del ingreso de Venezuela es la reiteración de que para formar parte de organismos multilaterales es preciso cumplir con sus fundamentos jurídicos, en especial aquellos que tienen que ver con el respeto a los derechos humanos no sólo dentro, sino también fuera de las fronteras nacionales. 

Tulio Hernández

La amenaza autoritaria

15/11/2009
No es nada difícil concluir que antes de comenzarla, Hugo Chávez tiene perdida la guerra que se supone piensa ­el domingo sí, el martes no­ declarar a Colombia. Y digo, porque a todos, especialmente a los colombianos, debe quedarles claro que no sería esta una guerra decidida por el pueblo venezolano sino por el capricho personal del militar que nos gobierna.

Hay que rechazar la guerra, pero en el caso hipotético de que ocurriera, hay suficientes razones para suponer que se perdería de antemano. Sobre todo, tres muy contundentes.

La primera es la pésima formación militar de quien, por su condición de comandante en jefe de la Fuerza Armada Nacional, sería el encargado de dirigirla. Chávez, lo sabemos todos, no fue siquiera capaz de tomar por asalto el Palacio de Miraflores la noche sangrienta de 1992 cuando intentó acceder al poder, no por vía de los votos como lo hacen los demócratas, sino escupiendo fuego de ametralladora como los alumnos de Pinochet. Mientras todos los demás oficiales conjurados en el golpe lograron sus objetivos, el teniente coronel, luego de dejar una estela de muertos, fracasó en el intento, no supo afrontar tácticamente la valiente respuesta de los oficiales y soldados fieles a la Constitución, y terminó escondido primero, preso luego.

La segunda y evidente razón es la casi nula experiencia en combate de las fuerzas armadas venezolanas. A diferencia de las colombianas que llevan décadas batiéndose a muerte con los poderosos ejércitos de la narcoguerrilla ­las FARC y el ELN­, las venezolanas, por suerte, no han tenido la oportunidad de enfrentar a grupos disidentes armados y, por mala suerte, desde que les obligaron a convertirse en un aparato parapartidista han reducido su experiencia a mover cajas de alimentos para Mercal, material electoral para las elecciones y tarimas rojas-rojitas para las campañas electorales.

Y la tercera razón, a mi juicio la más importante, es que más o menos 45% de los venezolanos demócratas que adversan con fe inquebrantable el proyecto político de Hugo Chávez, y me atrevo a decir que un número significativo de quienes lo siguen, no apoyaremos esa guerra, nos levantaremos en su contra y promoveremos entre los hombres y mujeres en edad de ir a combate el derecho a la objeción de conciencia para negarse a combatir contra un pueblo hermano.

Al final sería la guerra, Dios nos libre, de una nación dividida, de sólo una fracción, por demás minoritaria de venezolanos ­las primeras mediciones hablan de 80% de rechazo popular­, los más envenenados ideológicamente que, para vergüenza internacional, contarían con el apoyo de las FARC y el ELN y llevarían agua al molino de la reelección de Álvaro Uribe.

El comandante en jefe lo sabe y por eso, tratando de ganar tiempo, adelantándose a los hechos, porque sin duda debe tener información del movimiento pacifista y antibélico que se está gestando en Venezuela, ha declarado ­en cadena nacional­ que todos los venezolanos disidentes de su proyecto somos "quinta columna" de los colombianos y ciudadanos "apátridas".

No le falta razón. Si ser patriotas consiste en ponerse una franela y una boina roja, tocar tambores de guerra en la frontera cada vez que al Presidente de la República le da una puntada anticolombiana y gritar con un rictus de amarguita en el rostro "Patria, socialismo o muerte", pues, obviamente que por lo menos 5 millones de venezolanos mayores de edad ­como los estadounidenses que se negaron a pelear en Vietnam­ seremos apátridas.

Las bases militares en Colombia son un problema, nadie sensato puede dudarlo, pero como muy bien lo ha explicado Lula, debe intentar resolverse por los caminos de la diplomacia, no por los de la echonería personalista y guerrera. Lo demás es puesta en escena y pretexto para el objetivo de fondo de esta jugada: militarizar el Táchira y sacar de juego el gobernador César Pérez Vivas.

Nosotros los "apátridas", los "quinta columna", tenemos otra consigna, reza así: "América Latina unida, democracia y vida". Y la cantamos con las manos abiertas, sin golpear con la derecha la palma de la mano izquierda. Apostamos por la paz.
 

Alberto Barrera Tyszka

Twitter

15/11/2009

Me invitaron a conversar con un grupo de comunicadores y periodistas que lidiaban con todo el rollo de las nuevas tecnologías en la biosfera hiperdigital. Al menos, algo así entendí. El que menos pujaba, pujaba un blog. La cita era un sábado y se suponía que yo debía hablar desde la experiencia de la escritura, de los tropiezos y de hallazgos que puede tener cualquiera en la faena de andar cazando lectores. A los dos minutos de comenzar a hablar noté algo extraño en el auditorio. Casi todos los presentes miraban sus manos, luego dirigían sus pupilas hacia una pantalla que estaba a mis espaldas, a veces me miraban a mí. Todo a gran velocidad. Como si sus pupilas practicaran una rara gimnasia del rebote que yo, hasta ese momento, desconocía. Empuñaban sus celulares o Blackberrys. Sus dedos se movían a gran velocidad. De pronto me sentí parte de un videojuego que no entendía. Temí que un packman postmoderno pudiera devorarme.

Cuando pregunté qué estaba pasando, con absoluta naturalidad me explicaron que estaban "tuiteando". Tampoco soy una víctima inocente de las nuevas tecnologías. Yo sabía perfectamente qué es el Twitter. Pero sí desconocía su alcance, la fiesta que puede producir en colectivo. Casi es una orgía swinger de la virtualidad. Un todos contra todos pero en plan de ¡viva la eyaculación precoz! Las cosas van más o menos así: mientras yo hablaba, los participantes me escuchaban pero, al mismo tiempo, iban escribiendo algún comentario, reproduciendo una frase, opinando o cuestionado incluso lo que yo podía decir o dejar de decir. Al mismo tiempo, también, mandaban esos mensajes a la comunidad Twitter, entre quienes estaba una computadora, que a su vez, también al mismo tiempo, proyectaba todo eso en la pantalla que yo tenía a mis espaldas. Es decir que, mientras me escuchaban, mientas pensaban y articulaban opiniones sobre lo que yo decía, mientras escribían y mandaban esas opiniones, también leían los otros comentarios que iban, a la misma velocidad, apareciendo en la pantalla. El síndrome de déficit de atención, de repente, se había convertido en una virtud.

Dice el diccionario favorito de los internautas que el Twitter es un "servicio gratuito que permite a sus usuarios enviar micro entradas basadas en un texto de una longitud máxima de 140 caracteres". Por lo que sé, genera un tipo de dinámica más libre e independiente que otros sistemas que se promueven en la Web. Uno puede decidir y controlar su uso y las relaciones que mantiene, los mensajes que desea consumir.

No dudo, además, que Twitter tenga una eficacia importante, que pueda democratizar y hacer circular la comunicación, que con el tiempo logre tener consecuencias decisivas a favor del poder ciudadano... pero también hay algo que me incomoda, que enciende mi íntimo sistema de alarma ante un nuevo síntoma de la ansiedad informativa. La realidad se nos presenta como un delirio incontrolable, que cada vez nos acorrala más. Ya no es sólo la radio. Ya no es sólo la televisión. Ya ni siquiera es suficiente Internet. Ya está aquí lo último en realidad: rápido y letal. Con muy pocas palabras, usted puede seguir desde dentro la historia, minuto a minuto. Venga ya. Únase a nosotros. Vivir sin Twitter es perder. Vivir sin Twitter es vivir a medias.

Presiento que todas estas dinámicas están desarrollando una nueva noción de lo útil que, tarde o temprano, pueden secuestrar también uno de los más grandes logros de la humanidad: el ocio. Basta ver a lo lejos una sesión de café entre varios amigos donde, repentinamente, todos se arman con sus teléfonos y entran en estado de realidad: son tomados por la supuesta noticia de última hora. Todo lo demás se desliza a un segundo plano. La tertulia pasa a ser un decorado de esa historia que ya siempre está cerca, imponiendo su mayúscula sobre el resto de la vida.

Todo lo que sea estar "desconectados" tal vez termine no teniendo ningún sentido. Ionesco pensaba que quien no puede entender la utilidad de lo inútil, no puede entender el arte. No estoy proponiendo una batalla entre el alma y Twitter. Tanto sólo trato de manosear algunas dudas sobre la mesa del domingo. Tanto sólo pienso en el simple y noble derecho a no saber.

Una amiga piensa que todo forma parte de lo mismo: el año que viene cumpliré 50.

"Estás comenzando a tener vainas de viejo", dice. Sin ninguna piedad. Cree que por eso no tengo cuenta en Facebook y ahora me pongo a buscarle cuatro patas a Twitter. Algo voy a tener qué hacer, entonces, antes de que un día me encuentre frente al espejo y empiece a sentir que estoy mirando una nostalgia.

Milagros Socorro

Desesperanza y reconciliación

15/11/2009

Cada vez que vayamos a referirnos al país como totalidad (y no como pedazos polarizados) es preciso aclarar que estamos dando un rodeo a ese 20% de fanáticos que Miguel Ángel Bastenier, editorialista de El País, de Madrid, llama "chavismo psiquiátrico". Con excepción de ese reducto lítico, estamos asistiendo a un reforzamiento del puente que desde hace un par de años se estableció entre las dos grandes masas de venezolanos.

Al principio, ese espacio común no era más que una pasarela tejida de lianas y tablillas, como esos viaductos vegetales que penden, oscilantes, entre las altas pizarras alzadas a ambos lados de un río. Pero con el tiempo y las vicisitudes padecidas en común y sin distingo, el precario pasadizo se fue fortaleciendo y en la actualidad asistimos a un trasiego intenso en el simbólico estrecho de Bering (ese brazo de mar que, al congelarse durante una glaciación, permitió la migración de seres humanos entre Asia y América del Norte), por el que se están moviendo en Venezuela personas, ideas, debates incipientes, pero, sobre todo, un gran cansancio y mucho sufrimiento.

Después de tanto enfrentamiento, sin duda atizado desde las alturas del poder, único sector que ha sacado provecho del odio asperjado y del encono estimulado, hemos amanecido con una tremenda resaca: no hay familia que no lleve un luto por obra de la violencia, no hay individuo que no haya sido objeto de un asalto, arrebatón, hurto, robo, en fin, todo el diccionario del despojo y el pavor.

Los oscuros presagios de unos se han confirmado en la realidad de estos once años de neototalitarismo e ineptitud sin precedentes. Las ilusiones de otros han quedado rasgadas o han comenzado a vencerse como una elástica sometida a demasiado estiramiento. No hay venezolano que no haya sido objeto de un abuso o atropello perpetrado por el Estado maltratador.

La fogata donde se arrojaron los restos desguazados de las instituciones se apagó; y los danzantes que a su alrededor ejecutaron grotescos pasos de baile despertaron exhaustos y con las manos vacías. El sol les hirió los ojos y entonces comprendieron que la debilidad de las instituciones no se resuelve con su destrucción sino con lo evidente, con su saneamiento y fortalecimiento. Resultó que no había nada que celebrar cuando Chávez y sus cómplices repartían hachazos en la endeble aldea de nuestras instituciones; que lo que correspondía era separar la paja del trigo, reconocer errores, atender las necesidades y aspiraciones de todos los sectores y, sobre la base de un Estado fuerte (no rechoncho ni soberbio frente al ciudadano indemne), reparar lo que estuviera averiado y fortalecer las áreas que mostraran salud y buena marcha: no olvidar que en 1995, de cada 100 dólares que ingresaban al país por exportaciones, 60 provenían de rubros no petroleros.

Eso para mencionar un solo logro, más que elocuente, de la ruta correcta por la que caminábamos, a pesar de que muchos tramos estuvieran cruzados de camellones y su correspondiente comparsa de corruptos, burócratas, improductivos, aprovechados y malandros.

Pareció más fácil dejarse arrullar por un tipo sin virtudes republicanas, sin trayectoria, pero con prontuario; sin formación, pero con afán exhibicionista y carente por completo del sentido del ridículo y ya no digamos del decoro. Esa elección fue seguida por la borrachera que supuso el baño de plata acarreado por el alza de los precios del petróleo (y no por el esfuerzo de una nación comprometida con el incremento de su productividad y del funcionamiento de las instituciones).

En medio del ratón, hay un destello de lucidez: nos equivocamos. Y esa certeza va tomando cuerpo en una ciudadanía que ahora sólo muestra desesperanza y resignación ante el desastre. Ese espíritu doblegado y mustio se manifiesta con toda claridad en las expresiones de los familiares de muertos por el hampa, quienes ya no esperan nada de las instituciones: "Para qué voy a poner la denuncia", "no confío sino en la justicia divina", "lo único que quiero es que Chávez y sus ministros pasen por esto", dijo un padre lleno de dolor y rabia, "adónde va a ir uno, de qué sirve, quién me va a escuchar...".

Nosotros hemos comenzado a escucharnos. Con voces apagadas, en susurros, con roces de manos solidarias. El dolor, de patria y de cada día, nos ha empujado a los venezolanos a la reconciliación.

Rafael Arráiz Lucca

La fábula del Stadium (último)

15/11/2009

L os seguidores de Pipa y Gocho, Católico y Bigotes, comenzaron a sentirse abandonados.

Gocho jugaba con importados, unos tipos que venían de otras comarcas a organizar nuevas reglas como si estuvieran en otros Stadium. A su vez, Amigo Invisible arengaba a sus seguidores en contra de Gocho y pedía su dimisión. Lo logró y a Gocho lo sustituyó, en el 93, Memorioso, su paisano.

Antes, en el año 1992, un grupo de Verdes oliva ansiosos, comandados por Locutor, había entrado a saco en la cancha. Querían apresar a Gocho y ponerse a jugar solos. No lo lograron, pero Locutor dijo amenazante que volverían. A Memorioso lo sustituyó Católico, ya anciano. Éste tomó la decisión de dejar libre en las gradas a Locutor, quien cometía el error de arengar contra las elecciones, hasta que Tabaco lo convenció de lo contrario y le propuso que se presentara a sufragios.

Tabaco sabía que la gente de las gradas estaba harta de los jugadores de siempre, que alguien que se ofreciera como vengador, cobraría la victoria más ansiada. Así fue, Locutor le ganó, en el 98, al Señor de Los Caballos.

Desde que entró en la cancha no reconoció a ningún otro jugador. Quería correr de un lado a otro solo, con la compañía a distancia de los Verde oliva y uno que otro compañero de infancia. En las gradas gritaban arrobados al verlo jugar: hacía piruetas, levantaba la pelota, cantaba, echaba cuentos durante horas y los embelesaba. En el 99 le pidió a Tabaco que presidiera la nueva comisión redactora de las reglas del juego y le solicitó que le añadieran un adjetivo al nombre del Stadium. Tabaco tuvo que aceptar.

Hacia el año 1 del XXI la mayoría de las gradas estaba hasta la coronilla del juego solitario y le dio por marchar en las afueras del Stadium, gritando consignas y mostrando su poder. Un día se reunieron millones y caminaron hacia El palco de las Flores y Locutor se asustó mucho y ordenó la implementación del Plan Micrófono, pero los Verde oliva le dijeron que no y lo sacaron de la cancha. Eso dijo uno de ellos en la madrugada. Lo sucedió Breve, pero no consiguió dominar las esféricas en el campo y Locutor regresó al Stadium con un crucifijo en la mano.

A partir de entonces, Tabaco, desilusionado, lo abandonó.

Locutor decidió oírle consejo a Barbas: un anciano que jugaba íngrimo en su Stadium desde hacía 50 años y le prometía enseñarle a jugar lo suyo para siempre. Barbas le mandó asistencia: consejeros, paramédicos, espías, un equipo completo. Locutor siguió en sus trece de no reconocer a nadie.

En el 6, recuerden que con cada siglo empezaba la numeración de nuevo, lo desafió el Señor de las Rosas y Locutor volvió a ganar. Tiempo después, lo expulsó de la cancha.

Un joven que gobernaba un sector de las gradas con eficiencia, fue pasado al tribunal disciplinario y expulsado del Stadium . Otro, llamado Porfiado, venció en el sector más preciado de las gradas a su candidato, Educador Moreno.

Y Furioso, Locutor le mandó a quitar los asientos y prohibió que pasaran por allí vendiendo papitas o cerveza. Lo dejó sin nada.

El año 8 el precio de su único producto de exportación cayó y comenzó el hambre. Para colmo, con tantas piruetas y peroratas, Locutor olvidó que había que cuidar a la gente, llevarles agua y luz y sembrar para darles de comer. El graderío comenzó a quejarse. Locutor no hallaba qué hacer.

La gente vivía a oscuras y con sed, además de azotados por los malandros a quienes, nadie sabe por qué, Locutor no quería perseguir, ni castigar. El año 10, la mayoría de las gradas le retiró su apoyo. Locutor pasó de la lisonja al llanto, del insulto a la zalamería, nadie volteaba a verlo. Estaba desnudo y solo.

Pedro Llorens

Todo el dinero pa´mi

15/11/2009

C omo los peores dictadores ­los que gobiernan con personas cuyas neuronas, además de insuficientes, son incapaces de relacionarse­, el de turno no utiliza la única ventaja que da el gobernar sin obstáculos: la de llevar a cabo planes, programas, proyectos, obras, sin pedir permiso ni dar explicaciones (lo hicieron Gómez y Pérez Jiménez, y el pueblo, al fin y al cabo, con pañuelo en la nariz si se quiere, tiene algo que agradecerles).

El gobierno que ha tenido los mayores recursos en la historia del país es el que tiene la menor cantidad de neuronas y las pocas que hay son de pésima calidad, comenzando....

Al Presidente le da rabia que los trabajadores petroleros, los del hierro y el acero, los del sector eléctrico, hasta los que llevan camisas (franelas) rojas-rojitas, abandonen sus puestos de trabajo y se planten en las puertas de las empresas para dar a conocer sus reclamos. Del saco de acusaciones que tiene para lanzar a sus adversarios, no importa que sean rojo-rojitos, las de golpistas, paramilitares, traidores puede que sean las menos hirientes...

El gobierno de Chávez es uno de los siete (junto con los de Irán, China, Zimbawe, Egipto, Rusia y Argelia) que bloquean la aprobación de un mecanismo eficaz contra la corrupción en la Organización de las Naciones Unidas, y lo hace porque podría quedar al descubierto en su condición de campeón indiscutible de los cinco continentes en la materia... con su Constitución convertida en queso gruyere por la retahíla de leyes inconstitucionales (la última es la del Consejo Federal del Gobierno, para dotar de un presupuesto paralelo adicional, es decir de un presupuesto paralelo al presupuesto paralelo, con un Fondo de Compensación Interterritorial, a la orden del Presidente de la República)... como si el jefe del Estado no tuviera bastante con los 35 millardos de dólares que le ha venido quitando al Banco Central, y los 23 millardos de dólares arrancados a Petróleos de Venezuela, con el cuento del Fondo de Desarrollo Nacional, a cuya cuenta supuestamente van a parar, pero no por mucho tiempo (apenas queda algo más de 2 millardos de dólares).

Para colmo, se manda a aumentar de 449,8 millones de bolívares a 3,3 millardos de bolívares (638,6%) el presupuesto para la oficina del Presidente de la República, mientras, a expensas de los recursos para proyectos de electricidad (reducidos 33%) y de las partidas para combatir la delincuencia (disminuidas 64%). Miraflores traga dinero y caga promesas.

Elsa Cardozo

¿De cuál estado?

25/10/2009

 
Por muchos años escuchamos hablar de la importancia de que la política exterior, al igual que la de seguridad y defensa, tuviera la condición de "política de Estado", es decir, que obedeciera a propósitos y se valiese de procedimientos y recursos adecuados para atender genuinos valores e intereses nacionales. Para ello, tal política debía fortalecer sus bases institucionales y profesionales, contar con un sistema de controles y contrapesos, de modo que las variaciones programáticas que introdujeran los gobiernos no alteraran ciertas cuestiones esenciales, valga decir, constitucionales.

Esta ahora siendo considerado un proyecto de reforma que modificaría por tercera vez en ocho años la Ley del Servicio Exterior, para transformarla en ley orgánica que se distancia de principios y procedimientos de la Constitución de 1999.

Resumo en esta nota apenas tres aspectos muy significativos respecto a la cuestión de la política exterior de Estado, que no hacen más que reflejar lo que se viene configurando en la práctica.

El primero y más importante, es que los cuatro primeros artículos del proyecto incorporan ­de modo textual­ en casi toda su extensión lo esencial que en materia de política exterior contenían la exposición de motivos del proyecto de reforma constitucional rechazado en el referendo de 2007 y los enunciados internacionales del Proyecto Nacional Simón Bolívar. Primer Plan Socialista 2007-2013.

Se inicia así la ley con un programa de política exterior que proclama principios de "honestidad, celeridad, eficacia, eficiencia, transparencia, rendición de cuentas y responsabilidad... sometimiento pleno a la ley y al derecho" pero enmarcado "en la directriz de la refundación de la nación venezolana". Es decir, sustentado en referencias que permiten que la ley en sucesivas reformas cambie las bases constitucionales mismas, los valores e intereses nacionales allí asentados.

Luego, uno de esos primeros artículos, el tercero, define la política exterior como "elemento esencial y concordante con los planes de seguridad y defensa integral" del Estado.

Así, en el marco de una deliberada y peligrosa confusión de cuestiones de seguridad y defensa ­ya presente en las sucesivas reformas legales en ese ámbito­ la redacción característica de este proyecto colocaría a la diplomacia en el terreno de los "métodos, medidas y acciones" de la llamada defensa integral, muy alejados del ámbito de la negociación y la cooperación propios de la diplomacia.

De modo que, finalmente, los servicios y servidores diplomáticos y consulares, quedan definidos como parte de la "actividad estratégica" de un Estado que, en proceso de "refundación", necesita que el brazo diplomático promueva nuevos polos de poder con "nuevas formas y mecanismos de integración, unidad y cooperación" que incluyen una "estrategia mundial de formación política... dirigida a movimientos sociales, investigadores y académicos" ("y a todos aquellos aliados políticos ­sigue el Primer Plan Socialista 2007-2013­ que puedan colaborar con la creación de círculos formativos alrededor de las embajadas, creando las estrategias necesarias para la movilización de masas en apoyo al proceso revolucionario").

En suma: lo que va andando aceleradamente es el cambio del Estado al que una peculiar diplomacia ­muy cerca y a semejanza de lo que se va fraguando en lo militar ha de servir.
Tulio Hernández

La justicia minifalda

23/08/2009

Tan grave o, mejor, tan revelador como el salvaje ataque cometido por trabajadores de una televisora oficial venezolana contra un grupo de periodistas que repartían panfletos de protesta en el centro de Caracas, son los argumentos de justificación del hecho que voceros del PSUV ha ofrecido esta semana.

Por ejemplo, Alí Rodríguez Araque ha declarado sin titubeos que los agresores fueron víctimas de una provocación por parte de los periodistas de la Cadena Capriles. Además, y esto es lo más importante para entender la ética chavista, que los periodistas no estaban cubriendo un hecho, es decir, no estaban haciendo periodismo, sino "actuando como ciudadanos" (El Nacional, 18-08-09).

Con la primera afirmación, la de que los inocentes muchachos de Ávila TV no tuvieron otra alternativa que fracturarle el tabique nasal a unos, romperle el cuello a otros y patearle el rostro a los malvados periodistas de la Cadena Capriles que cayeron al piso, el vocero de turno del PSUV ha entrado por la puerta grande a lo que una amiga denomina Club Internacional de la Justicia Minifalda.

Alude ella, con documentación que abruma, a un tipo de personas muy bien retratadas por el cine independiente americano y denunciadas por los movimientos feministas, que por machistas, mojigatas o pervertidas, o las tres cosas a la vez, cuando les ha correspondido ser jurados o jueces en un juicio por violación de una mujer joven se ponen de parte del violador con el argumento de que "la niña" andaba exhibiendo sus bellas piernas con una minifalda o sus turgentes senos con una corta blusa. Es decir, creen fervientemente que el pobre violador, como los chicos de Ávila TV, "pisó una concha de mango" (sic) y cayó en la provocación femenina. Es, por tanto, una víctima que hay que proteger.

Si, en un supuesto, la víctima fuese enfermera, y la Asociación de Enfermeras decide salir a protestar el atropello, Rodríguez Araque posiblemente sostendría ante el tribunal que eso es una farsa porque en el momento del delito la joven no llevaba cofia alguna en sus cabellos, ni trajes, zapatos y medias blancas, ni estaba en un hospital curando a nadie; es decir, porque no fue violada por su condición de enfermera sino como una ciudadana más.

Que argumentos como este sean manejados por la fiscal Ortega Díaz es aceptable.

Al final, es ella la autora de ese exabrupto jurídico conocido como proyecto de ley de delitos mediáticos. Pero que sea Rodríguez Araque quien lo haga, uno de los pocos funcionarios del presente gobierno a quien, tanto seguidores como adversarios reconocen su inteligencia, seriedad y equilibrio, eso sí es en verdad preocupante.

Porque significa que en el seno del PSUV ya no queda espacio alguno para la más leve disidencia y que, en definitiva, la violencia sistemática con la que las brigadas de choque camisas rojas intentan intimidar y sacar de juego a los activistas opositores es una línea estratégica oficial que, con la excepción del PPT, recurrentemente fiel a sus raíces radicalmente democráticas, no tendrá voces internas de condena.

Sorprende, por no decir entristece, que políticos, periodistas, artistas, sacerdotes y maestros seguidores de Chávez, que en otros tiempos, cuando eran de oposición, condenaron este tipo de acciones, hoy guarden silencio cómplice y cobarde. Unos, aunque sepan la fealdad del abuso de poder que apoyan, porque no quieren arriesgar sus cuotas de poder. Y otros, poseídos por la efervescencia "revolucionaria", porque creen que efectivamente están cambiando el mundo y los cambios son como una guerra que no pueden frenar ni reglas ni ley alguna.

Se engañan. Piensan que existen diferencias entre sus actos y los de los racistas americanos apaleando y empalando negros en Misisipi allá por los años sesenta, los de los camisa nera de Mussolini aplastando oponentes en las ciudades italianas, o los de los fundamentalistas de ETA haciendo volar por los aires a inocentes en nombre de su causa justa. Fanáticos o cínicos, o las dos cosas a la vez, siempre encontrarán nuevos argumentos "minifalda" para liberarse del gigantesco expediente de horrores que, especialmente en lo que se refiere a violencia física contra civiles desarmados, vienen cometiendo desde hace una década.