9
Feb, 2010
Act. 12:41 pm
Impreso Digital
Entrar
Editorial
Portada (PDF)
Tour Virtual
Regístrese| Ayuda
 
Caracas, VE | 27° |Otras Ciudades
Maracaibo, VE | 28° |Otras Ciudades
Barquisimeto, VE | 24° |Otras Ciudades
Valencia, VE | 27° |Otras Ciudades
RSS Agregar a favoritos Hacer El-Nacional.com página de inicio
 
Columnistas
 

Ramón Hernández

Radicalismo

06/02/2010

Ser de izquierda radical, oye tú, significa ser exigente y generoso con la libertad, especialmente con la de los otros, no lo contrario. Las restricciones y las coacciones, sean del tipo que fueren, son obstáculos o desviaciones en el camino de la verdad científica, no atajos.

Un revolucionario se radicaliza para exigirse más en la tarea de interpretar y cambiar la realidad, y cuando abandona el garrote y debate con los otros, dialoga, intercambia, facilita que crezcan 100.000 flores. Cualquier otra forma de radicalismo es simple estalinismo o totalitarismo, un recurso bobalicón para darle un cariz de bachillerato a lo que es simple barbarismo elemental, primario: gomecismo.

Radicalizar la revolución es hacerla eficiente en función de la felicidad y calidad de vida de la población, que es su fin último, y obvio.

Amenazar con usar medios violentos, coercitivos, para imponer "razones", "principios" y "verdades" fueron los métodos de la Inquisición, o los hábitos derivados del absolutismo propio de los tiranos y sátrapas, pero nunca puede presentarse como una aplicación del "materialismo dialéctico".

Imponer la ecuación antihistórica pueblo-partido-líder, que utilizó el estalinismo para instaurar un régimen feudal y esclavista, mediante el cual la nueva clase, la nomenklatura, se apropió tanto de la plusvalía como de la mayor parte del salario de los trabajadores, en función de su propio bienestar, no es "radicalizar", sino mermar, dañar y falsear la utopía del socialismo.

Impedir la libertad de expresión, que es más que coartar, y dictaminar qué se puede decir y qué tipo de pancartas se deben mostrar mientras se sigue un juego de beisbol en el estadio de Guatamare, por disposición expresa de la autoridad militar, no es radicalizar la revolución, sino todo lo contrario: distorsionarla y desfigurarla. Cuando se es marxista de oídas, la sinrazón puede disfrazarse de razón y conducir a sus líderes de vuelta a los momentos más tenebrosos de la humanidad, con el agravante de que lo hacen frente a la mejor defensa que existe contra la barbarie: la fotografía, que los desenmascara y les precipita la caída. Remember Tachito Somoza.

La represión no es revolucionaria, tampoco la tortura y la censura. Identificar delitos de opinión en una imagen y solicitar juicios penales equivale a traspasar la antesala del nazismo y emular el genocidio rojo-rojito de los jemeres camboyanos, el Khmae Krojom. Cuidado. Cerrado por falta de luz.

Sergio Dahbar

Tomás Eloy

06/02/2010
Fue uno de los periodistas más sorprendentes de la lengua española. Para comprobarlo basta con leer en voz alta las primeras líneas de los trece textos que conforman Lugar común la muerte, mecanismo de relojería perfecto e irrepetible, que se convertiría en libro de culto para los reporteros de América Latina.

Tomás Eloy Martínez reescribió esos reportajes a fines de los años setenta, en un apartamento de Chacaíto que hubiera sido la envidia de William Faulkner: desde una ventana se divisaba el tráfico agitado de un burdel vecino. No era un escenario despreciable para conjurar un puñado de historias que merodean la respiración de la muerte.

Con el tiempo sus amigos descubrirían que esas casualidades perseguían obsesivamente a este seductor incorregible, nacido en Tucumán (1934), quien hacía sentir importante a su interlocutor con el brillo de su inteligencia y las ocurrencias más desatinadas.

Dueño de una conversación elocuente, su presencia nunca pasaba desapercibida.

Debo al influjo de mi madre la lectura de sus primeros escritos en una revista que hizo historia en el periodismo latinoamericano de los años sesenta, Primera Plana.

La aparición de sus iniciales, TEM, era para mí sinónimo de aventura y riesgo. La intensidad y conocimiento con que se acercaba a sus entrevistados; la cantidad de datos que lograba atar en un solo párrafo; la música perfecta con la que abría y cerraba una historia de vida; las iluminaciones que convocaba para explicar un testimonio al borde del abismo; eran atajos para transfigurar el mejor periodismo en obra de arte.

Su pluma atrapó la voz entrecortada de los sobrevivientes de la bomba atómica en Hiroshima; la memoria de una anciana rusa cuya mayor desgracia era no poder olvidar; y la herencia mágica que recibió Ray Bradbury de su tía Neva, la dama de las calabazas, quien además lo puso en contacto con el no menos asombroso país de octubre.

Conocí personalmente a Tomás Eloy Martínez en el exilio caraqueño, hacia 1981, en una casa blanca de Campo Claro, donde había fundado ­junto con la periodista Susana Rotker­ el reino de todos sus sueños. La felicidad de esos años lucía infinita e irrompible.

La leyenda que lo precedía ya era enorme. Había sido crítico de cine en La Nación y asiduo jurado en festivales internacionales (Cannes, Venecia). Y su participación en la gesta periodística que acompañó el nacimiento del boom latinoamericano de literatura brillaba en el continente. Con 46 años ya había escrito una novela (Sagrado); una colección de ensayos sobre cine (La obra de Ayala y Torre Nilsson); y un reportaje de investigación sobre una masacre en el sur argentino (La pasión según Trelew).

En Venezuela hizo demasiadas cosas. Fundó un periódico que renovó el oficio (El Diario de Caracas); recorrió el país en una avioneta en busca de jóvenes de todos los rincones para averiguar cómo soñaban el futuro de Venezuela; dirigió un programa de televisión de alto rating; escribió un guión polémico sobre un poeta de Manicuare y se sumergió en los insomnios de Ramos Sucre; asesoró a dueños y directores de medios; escribió un libro por encargo; y estuvo a un paso de ser expulsado del país por culpa de un brujo brasileño que avizoró el fin del mandato presidencial de Luis Herrera Campins antes de lo previsto.

Partió en 1983, para escribir obras de largo aliento: La novela de Perón y Santa Evita, ficciones que indagaron el karma peronista que aún castiga a Argentina. Fueron años trepidantes: fundó otro periódico en Guadalajara (Siglo XXI); dio clases de literatura en Rutgers y de crónica en la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, de la que era miembro de su Consejo de Maestros.

Aunque muchos periodistas jóvenes no saben que Tomás Eloy Martínez vivió en Venezuela, dejó una huella imborrable en el país. Nos enseñó que el periodismo era un acto de redención. Y que el lenguaje, por ser un brazo de nuestro pensamiento, merece ser trabajado como una piedra preciosa.

Vale la pena recordarlo ahora que por fin ha podido decir adiós. Pidió que lo despidieran con música, libros y gin tonic, como el que tomaba todas las tardes a las 7:00. Sus hijos cumplieron ese deseo final. Ahora debe encontrarse muy cerca de Susana. Ojalá allá también sean felices.
 

Alberto Barrera Tyszka

Noticias de la esperanza

07/02/2010

En tiempos de bonanza económica, es fácil administrar un país. Cuando hay menos qué derrochar, las cosas cambian.

El Gobierno ha pasado años diciéndonos que el socialismo es como El Dorado. El chavismo, en el fondo, quizás sólo sea nuestro mito más lejano: en algún lugar del horizonte, nos espera un gran tesoro. Pero los sueños también se gastan. Después de tanto tiempo, y de tanto dinero, la ilusión del paraíso comienza a arrugarse.

La mejor encuesta que tenemos es el propio Chávez, su desespero. Ahora resulta que el águila anda vuelto loco, persiguiendo a las moscas, acosándolas, retándolas para que le hagan un referéndum revocatorio. Más que un desafío parece una súplica.

Ese tal vez es el indicador más claro de que algo no anda bien. Prefiere una nueva batalla contra su persona que enfrentar las elecciones parlamentarias en septiembre. Pero de ahí a creer que el Gobierno se tambalea, que su poder es frágil, que el Presidente va a renunciar, el trecho es abismal.

Ya a esta altura deberíamos saber que nuestra historia no tiene soluciones fáciles. La única esperanza que podemos tener los venezolanos, de cualquier bando, pasa necesariamente por la aceptación y la incorporación del otro, del diferente, del contrario.

La idea de que el Presidente está mal, de que va en caída libre, puede ser muy tentadora.

Sobre todo para aquellos que siguen sin entender qué ha pasado en el país, para quienes creen que la historia es un suiche, que con un solo movimiento todo puede volver a ser como antes de 1998. Para aquellos que no saben cómo salir de la quinta pero que ya son especialistas en cómo debe ser la sexta república. Para quienes resucitan cada vez que hay elecciones. Para quienes todavía creen que dar una rueda de prensa y hacer política es más o menos lo mismo...

Puede ser muy tentador pensar que Chávez va en picada.

Pero también puede ser irreal.

Suponer que el Gobierno no ha hecho nada bueno, que no tiene seguidores, gente que genuinamente cree en el proyecto bolivariano, es tan ciego como suponer que durante la cuarta república no se hizo nada bueno, que todo aquel que critica al Gobierno es un burguesito enajenado, manipulado por el imperialismo gringo.

La revolución está destinada irremediablemente al fracaso mientras insista en excluir, en pulverizar, a la disidencia.

A menos que esté dispuesto a asesinar, a encarcelar o a prohibir a la mitad del país, el Gobierno tarde o temprano, saldrá derrotado. Pero desde el otro bando también puede pensarse lo mismo. También la dirigencia de la oposición está condenada al fracaso si insiste en ignorar a esa otra mitad de los venezolanos, si no sortea la trampa de creer que salir de Chávez ya es, de por sí, un proyecto de país.

Los discursos radicales sólo pueden forcejear, vivir del cansancio, hundirse lentamente. La mayoría del país es menos simple. Más diversa. Quien la escuche y quien dialogue con ella, sin excluirla y sin exigirle devociones épicas, quizás logre entonces superar la simpleza de nuestro mapa. Sólo la complejidad puede sacarnos de aquí.

Este año, la esperanza necesita trabajar tiempo extra.

Para celebrar el 4 de febrero. Yo prefiero la imagen de los gorditos. Me resulta más auténtica, más cercana a nosotros. En vez de toda esa faramalla heroica, en vez de la marcha y de los discursos aguerridos, el video de los gorditos me parece más real, más carnal, más verdadero.

Ahí estaban ellos, de lo más risueños, el día 30 de enero, en el Fuerte Tiuna, jugando softbol, con uniformes nuevos, en un estadio especial, filmados y transmitidos en vivo y directo por el canal de todos los venezolanos. Mientras el país se deshace, ellos batean y apuran sus kilos desde tercera a home.

Cuesta creer que, hasta hace poco, ellos mismos todavía bramaban señalando el ejemplo de Blanca Ibáñez, del uso privado de los aviones de Pdvsa, de las fortunas nacidas y multiplicadas a la sombra de Miraflores... La metáfora del jueguito de softbol es bastante parecida. Retrata un descaro trágico. ¿Qué estarían haciendo, a esa misma hora, los presos y los familiares de los presos de La Planta? ¿Dónde ponen esos innings los ciudadanos enfrentados al racionamiento de energía eléctrica? ¿Qué posición juegan los obreros del Estado que están esperando cobrar lo que se les debe? ¿A dónde tendría que ir cualquier herido que, en ese mismo instante, era rechazado en algún hospital público por falta de insumos médicos? A la hora de celebrar el 4 de febrero, la imagen de ese juego de pelota, como una fiesta privada que se transmite por el canal del Estado, me parece más honesta. Esa también es una marca de la revolución.

Milagros Socorro

Razones estrictamente personales

07/02/2010

Si una persona dimite de un alto cargo gubernamental y aduce que lo ha hecho "por razones estrictamente personales", debemos concluir que lo personal es lo contrario de qué. ¿Es, acaso, lo contrario de tener profundas discrepancias con el gobierno del que se ha formado parte y cuyos lineamientos se han adoptado como propios? Si uno afirma que hace algo por motivaciones personales, ¿esto implica automáticamente que nada tienen que ver la realidad exterior, los hechos circundantes, las personas a las que se ha decidido dejar de acatar y de reportar diariamente? Qué es lo personal cuando uno es vicepresidente de un país sumergido en un terrible caos. ¿Se tratará de una migraña pertinaz? ¿Será que ya no puede posponerse más el camino de Santiago, escribir un libro, hacer un viaje de un semestre con la esposa, armar un rompecabezas de 5.000 piezas... qué puede ser lo personal cuando uno es el segundo de un tipo autoritario, abusador de la sociedad, del país, de su historia, de su futuro, de sus recursos y, con especial ensañamiento, de sus subordinados? El 25 de enero fue aceptada la renuncia del vicepresidente desde 2008 y ministro de Defensa desde marzo de 2009, Ramón Carrizález. Era un deslinde difundido por vía extraoficial dos días antes. Se decía que Carrizález, oficial retirado, no toleraría la asimilación con el grado de generales de las FAN de cuatro militares cubanos. Esto no ha ocurrido (en forma abierta y visible), pero lo que sí ocurrió es la llegada de Ramiro Valdez, asesino en masa, torturador de oficio, experto en represión, venido de Cuba, pobre país castigado con cotidianos cortes de suministro de energía, para "dirigir una comisión técnica creada para enfrentar el problema eléctrico...". Pura basura. Las acostumbradas mentiras de Chávez y sus cómplices.

Y uno se pregunta, si Carrizález le tiene respeto a la sangre y se amilana ante la idea de seguir en un gobierno cuyo principal proyecto a corto plazo es la represión y la persecución a la creciente disidencia, para lo cual instala en territorio nacional a un auténtico experto en la materia, ¿eso es personal o qué? Si Carrizález, quien ya fue titular de los ministerios de Infraestructura y Vivienda y Hábitat (donde mucho se ha robado y nada se ha logrado), que ha apoyado tanto, que se ha prestado para tantas injusticias, cuando no directamente para crímenes que la justicia evaluará en su momento, topa de pronto con la raya que no está dispuesto a traspasar, ¿eso no es personal? Desde luego, hay razones para estar convencidos de que Carrizález no renuncia por un súbito destello ético ni porque de pronto haya sido presa de un ataque de decencia, sino porque Ramiro Valdez, conocido en la cuenca del Caribe como "Charco de Sangre", viene a ser el verdadero vicepresidente. La posición de Carrizález Rengifo, ya de por sí vulnerada por los constantes gestos de desautorización por parte de su jefe, así como los humillantes regaños a los que éste lo sometía con asiduidad digna de mejores causas, hubiera sido insoportable... aún para quien ha soportado lo indecible. Pero una cosa es que Chávez lo pusiera de vuelta y media a cada rato, y otra es que lo haga un cubano. No hay que olvidar que en un régimen autoritario el único irremplazable es el dictador, que es la única persona entre un montón de meras ruedas del engranaje.

Carrizález, ya de por sí patético por haber desempeñado un papel que podríamos calificar como de oveja de pesebre, se desgañitó asegurando que su salida, que estuvo acompañada el primer día por la de su esposa, la ministra del Ambiente Yuribí Ortega y posteriormente por el despido de su hijo de la nómina de Conviasa, no se producía "por ninguna discrepancia en decisiones de gobierno y que cualquier versión distinta a lo argumentado para renunciar es falsa y tendenciosa". Sus razones son estrictamente personales... en un régimen donde una sola persona lo es plenamente.

Analizado en su conjunto, cuesta encontrar en este gobierno una iniciativa que, desde una evaluación con parámetros normales, no sea delictiva o no tenga origen tal. Carrizález no renuncia porque se le haya atravesado un delito de mayor cuantía; es posible que lo haya hecho porque, como se ha dicho de algunos funcionarios nazis, le rindió tributo al diablo sin llegar a venderle su alma. Algo muy personal, por cierto.

Rafael Arráiz Lucca

Una comunidad política

07/02/2010

La convivencia pacífica y democrática de una sociedad requiere la conformación de una comunidad política. Para que ella funcione es indispensable que por lo menos dos fuerzas se pongan de acuerdo sobre unas reglas de juego que, siempre, conducen a la posibilidad de alternarse en el ejercicio del poder. Una de esas fuerzas, necesariamente, debe ser la que detenta el poder, de lo contrario, no tiene ningún objeto.

Durante la dictadura de Gómez y la de Pérez Jiménez no hubo una comunidad política en Venezuela, como no la hubo en el Chile de Pinochet ni en la Cuba de los Castro, hoy. Cuando Betancourt y Acción Democrática intentaron formar una a partir del 18 de octubre de 1945, al parecer no advirtieron suficientemente que la mayor resistencia a formarla provendría de los militares. Si entonces se hubiese determinado que el adversario eran ellos y no los partidos políticos opositores, se hubiera podido formar un gobierno de coalición y no, como lamentablemente ocurrió, uno de un solo partido, en un país que requería otro estatuto para vencer en su ensayo. El 24 de noviembre de 1948, los militares volvieron por sus fueros.

La amarga experiencia del Trienio Adeco sirvió para que el 30 de octubre de 1958 se firmara el Pacto de Puntofijo. Es decir, el acuerdo de gobernabilidad más inteligente de la historia política venezolana. De inmediato, ante la arremetida de las fuerzas militares contra el gobierno de Betancourt (incluso antes contra el de Larrazábal), emergió la validez del pacto, así como su necesidad para lograr una comunidad política en Venezuela. La izquierda de entonces quedó al margen de ella, hasta que se integró a partir de la Política de Pacificación implementada por Caldera, en 1969. Al año siguiente, con la fundación del Movimiento al Socialismo, la izquierda moderna venezolana abrazó la democracia como su destino.

El drama que vive la Venezuela de hoy anida en la falta de una comunidad política estructurada y el principal responsable de que ésta no exista se llama Hugo Chávez, no la oposición. El problema de gobernar un país sin una comunidad política en funciones es que, forzosamente, el Gobierno considera a todo disidente un enemigo a exterminar. Tarde o temprano, quienes adversan al Gobierno y son considerados como seres inexistentes, humillados e insultados, terminan siendo mayoría. Entonces, ya es tarde para formar la comunidad política que ha debido establecerse desde un principio. Demasiadas vejaciones pesan para avenirse a un acuerdo de convivencia política.

Cuando este momento llega, emerge el error del comienzo: querer jugar solo en la cancha ignorando a las otras fuerzas. Es el drama de la fatal arrogancia.

Lo anterior es lo que está pasando en Venezuela. Mientras mantienes un respaldo mayor a 50% te puedes dar el lujo de ignorar al Otro, cuando pierdes la mayoría no te queda otro camino que reconocerlo, pero ya es tarde, lo tienes magullado a golpes, exclusiones, desamores, improperios, expropiaciones y cárcel. Esta lógica pueril del poder que ha seguido Chávez, no es aventurado suponer que le viene de su formación militar y su petrificación ideológica.

La primera fue insuficiente (teniente coronel), la segunda no se basa en el pensamiento crítico sino en las reacciones pavlovianas de la ideología. En otras palabras, no es pensamiento.

¿Será capaz Hugo Chávez de metabolizar lo que le está ocurriendo y disponerse a formar una comunidad política con sus adversarios? Su biografía dice que no, pero como decía el lema aquel de la televisión de mi infancia: "Todo es posible en la dimensión desconocida".

 

Pedro Llorens

Golpista hasta el fin

07/02/2010

Lo normal es que un Presidente se haga el loco ante las violaciones de los derechos humanos por parte de sus cuerpos de seguridad, y busque algún chivo expiatorio como responsable de los excesos en que se haya incurrido a la hora de reprimir... pero este Presidente se pasa de maraca y sale de asomao a ordenar el recrudecimiento de la represión (criticó al gobernador de Lara, Henri Falcón, por haber dicho a sus policías que a los manifestantes hay que dejarlos hasta que se desgasten) y amenaza con intervenir a las policías que no actúen con severidad... a sabiendas de que en los cuerpos policiales sobran locos e incluso homicidas y son pocos los que entienden que los derechos humanos son algo más que un saludo a la bandera. Según receta literaria atribuida a Cervantes, "La poca esperanza de vencer saca del ánimo desesperadas fuerzas".

Ahora ya sabemos quién será el verdadero culpable (lo sabíamos, pero no había el relevo de pruebas que produce la confesión de partes) de cualquier desbordamiento militar o policial a la hora de controlar o dispersar a manifestantes, sin incurrir en lo que el jefe del Estado califica de "debilidad que genera impunidad". El que brollo busca, brollo tiene, dice el refrán.

Y en materia de brollo no hay hombre más brollero que el busca-brollo de Miraflores, quien, además de pedir más represión (ya una vez pidió activar el Plan Ávila y le fue mal), denuncia un plan desestabilizador por parte de grupos que buscan "caotizar" (yo caotizo, tú caotizas, él caotiza... ¡vaya!) y por si fuera poco amenaza (el colmo) con liderar otra asonada militar: "Hoy es imposible un golpe de derecha; ahora, una rebelión de izquierda que profundice los cambios es posible y yo pudiera comandarla... Si me obligan, yo la comandaría". Betancourt decía: "Adeco es adeco hasta el fin", y escuchando a Chávez bien pudiera decirse que golpista es golpista hasta el fin...

En esta última semana celebró sus 11 años de gobierno (2F) y sus 18 de golpista derrotado, su Moncada (4F), efemérides más que suficientes para que hablara y mintiera todos los días de la semana... y luego vendrá la conmemoración del "golpe" (¿de quién?) que lo mantuvo fuera del poder por un par de días (11A), fecha sobre la que ha inventado tanto que ya debe estar convencido de que fue rescatado por el pueblo y llevado en hombros a Miraflores, a pesar de la reiterada advertencia de todos los sabios que en el mundo han sido, desde Agatón (450400 a. C.), uno de los más famosos trágicos griegos: "Ni siquiera Dios puede cambiar el pasado".

 

Ricardo Bello

Transnacionales y agricultura

07/02/2010

 
Uno entiende que la agroindustria forma parte de la misma cadena de producción a la cual están vinculados los agricultores sin acceso a Cadivi o a las altas esferas del Gobierno. Forman parte de un mismo circuito agroalimentario a pesar de que tienen intereses y objetivos diferentes. Los que trabajan la tierra lo hacen por vocación, por sentirse parte de un proyecto de país y hasta de vida; el suyo es un escenario generacional, muy a largo plazo. Su esfuerzo y dedicación miden la confianza que tiene el país nacional en el Estado.

Las transnacionales tienen razones para no compartir ese sueño y en eso coinciden con los empresarios chavistas responsables de las importaciones de alimentos. Siempre lo hemos dicho: el mayor enemigo de la producción nacional son los agricultores de maletín con buenos contactos en altas esferas gubernamentales, ahí donde se decide quiénes recibirán las codiciadas divisas.

Pero existe otro gran obstáculo a la independencia alimentaria por la cual trabaja en silencio ese sector vital para nuestro desarrollo, ignorado por el Gobierno como por la oposición. Más allá de los secuestros, de los controles de precio que han cercenado la posibilidad de extender las superficies de siembra, de las expropiaciones o de la ausencia de un diálogo franco con las autoridades del Mppat, aparece otra seria amenaza y, aunque sea políticamente incorrecto, hay que nombrarla, con nombres y apellidos.

Venezuela cuenta con condiciones extraordinarias para la siembra de frutas: excelente clima, un mercado local dispuesto a comprar los jugos pasteurizados envasados localmente y una importante comunidad de productores con muchas décadas a cuestas trabajando para garantizar el flujo de frutas de buena calidad y a buen precio. Algunas empresas agroindustriales en nuestros país, fundamentalmente aquellas controladas por transnacionales, Nestlé por ejemplo, desmantelaron sus plantas de producción y no han querido invertir en la instalación de nueva infraestructura, y se conforman con un cómodo outsourcing que les proporciona la materia prima requerida. Pero ese sistema es limitado e insuficiente. Cada año, a pesar del crecimiento de la población, compran menos. Y queda la sospecha de que juegan a negocios con el alto Gobierno para obtener divisas preferenciales y comprar concentrados de frutas en Brasil, México y Estados Unidos. Quizás sea Venezuela uno de los mayores consumidores de frutas exóticas que no se siembran en nuestra tierra, pero son buen negocio cuando cuentan con el respaldo de Cadivi. El desprecio por el sector primario se manifiesta al no haber dado la cara a los gremios ni haber querido comunicar sus razones o discutir el posible sendero común a transitar.

Hay otros factores que atentan este año contra la continuidad de un sueño de trabajo y producción. Una importante planta procesadora del estado Yaracuy, Frutas Nirgua, lleva meses paralizada por la actuación insensata de un sindicato que cuenta con el respaldo de dirigentes políticos oficialistas y que ha puesto en jaque la ubicación de la zafra, destruyendo en pocos meses el sueño nada insensato de los productores de encontrar mercado a su cosecha. Sin embargo, ahí permanecen los productores, dándole un nuevo sentido a las palabras constancia y estoicismo. Dejemos testimonio de quiénes son los enemigos de la agricultura, situados todos en extremos opuestos del horizonte político y social: las transnacionales que sólo piensan en sus ganancias y el extremismo revolucionario, incapaz de ver o imaginarse un escenario social más importante y numeroso que el diminuto clientelismo político al cual pueden acceder.

 

Sergio Dahbar

Mujeres que hacen milagros

16/01/2010

Había cumplido 100 años y sabía que el fin era un asunto de horas. Se llamaba Miep Gies y el destino quiso que a muy temprana edad se convirtiera en leyenda. La mujer que salvó el diario de Ana Frank murió el pasado lunes 11 de enero en una clínica de Ámsterdam.

Su nombre verdadero era Hermine Santrouschitz y vino al mundo en Viena (1909), pero adquirió la ciudadanía holandesa al huir de la Primera Guerra Mundial. Primero vivió en Leiden, la ciudad universitaria más antigua de Holanda, y después se mudó a Ámsterdam.

Allí la recibió Otto Frank, el padre de Ana, quien poseía una distribuidora de pectina, producto vegetal para preparar jaleas y mermeladas. Miep Gies se convirtió en secretaria de la empresa y más tarde en encargada general.

Otto Frank había nacido en Frankfurt y en 1933 se cansó de las restricciones impuestas por los nazis a todo judío. Escogió Ámsterdam como tabla de salvación. Pero en mayo de 1940 los alemanes invadieron Holanda. La tenaza se cerraba y los Frank pensaron en que era hora de huir hacia Suiza.

En 1942 tomaron otra decisión: meterse en un anexo secreto de una casa ubicada en el número 263 de Prinsengrancht, frente a uno de los canales de Ámsterdam. Allí había un depósito, que Otto Frank adquirió para su empresa. Se ingresaba a través de una puerta falsa, oculta por un armario, que acondicionó el carpintero Voskuyl.

Los amigos proveían comida y ropa. No faltaron acompañantes, como la familia Pels y el dentista Pfeffer, que ingresaron más tarde. Esas ocho personas convivieron desde 1942 hasta 1944, en un espacio mínimo, con no pocas dificultades. De ese clima de encierro y privación se nutrió buena parte del diario de Ana.

El 4 de agosto de 1944 un comando alemán, orientado por una supuesta delación, descubrió el escondite y envió a los ocho refugiados a diferentes campos de concentración. Se presume que Ana Frank murió de inanición y tifus en BergenBelsen, hacia marzo de 1945.

Miep Gies entró al anexo secreto el mismo día de la detención y recuperó los diarios de Ana Frank, para resguardarlos primero del saqueo que vendría y entregárselos más tarde al único sobreviviente, Otto Frank, cuando terminó la guerra. La historia de la escritura de esos diarios, de la transcripción posterior, de la edición finalmente en forma de libro, de las secuelas en teatro y en cine, de la gente que se obsesionó con el tema, refleja muchas caras de la condición humana, de sus milagros y perversiones.

Desde 1947 se han vendido 20 millones de ejemplares en 50 idiomas. En su trayectoria como objeto de culto muchos intentaron impugnar su credibilidad. El Estado de Holanda tomó la decisión de establecer la verdad del diario. En 1980, cuando murió Otto Frank, el Instituto Neerlandés de Documentación de Guerra (NIOD) emprendió una tarea titánica.

Estudiar la caligrafía de Ana, la composición química del papel, la manufactura de los cuadernos, los tipos de lápices utilizados en las correcciones, la historia de las copias, las ediciones, las traducciones, y las adaptaciones. Esa investigación de 700 páginas concluyó que son auténticos.

También se documentaron los cambios que aportó su padre al transcribirlos: en ese proceso censuró las observaciones sobre el despertar sexual y comentarios incómodos sobre ciertos compañeros del encierro.

Miep Gies vivió 100 años con la certeza de que había tomado la decisión correcta, al salvar, como ha escrito el crítico uruguayo Homero Alsina Thevenet, "una obra de excepción como documento humano, como testimonio de una vitalidad, de un humor, de una reflexión sentida y a veces cómica sobre sí misma".

Hoy El diario de Ana Frank se consigue en dos ediciones en castellano, publicadas por DeBolsillo y traducidas del holandés por Diego Puls. La más reciente, de septiembre pasado, reproduce en tapa el dibujo de la portada de uno de los cuadernos. La versión crítica que publicó el NIOD es un prodigio editorial que se encuentra disponible en inglés a través de Amazon. Es un fresco irremplazable para comprender los alcances de una tragedia humana, de la convivencia forzada entre ocho seres humanos y del despertar de una adolescente, frente al amor y la escritura como oficio. Si no lo ha leído, comience ya.
 

Simón Alberto Consalvi

Laureano: ¿Por qué no te callas? 

07/08/2010

Como te dije la última vez que nos vimos, Laureano, ¿por qué no te callas? Recuerdas que andábamos por las islas del mar Egeo, rodeados de sirenas y otras bagatelas cuando te lo advertí con palabras de amigo. Desde que tropezaste con aquella especie quelonia que entró de última al Arca de Noé por su lentitud, todo el mundo sabe que estás en la lista roja. Esta gente es como Gómez, no perdona. A Leo, el de Fantoches, el general lo mandó a La Rotunda por una simple caricatura que aquí describo: Comían dos amigos sentados a la mesa y uno le preguntó al otro: "¿Hasta cuándo comes?". Y los fiscales dijeron que aquella vaina era contra el general, y que la pregunta ocultaba una conspiración.

Si a ver vamos, tenían razón, porque el dictador llevaba 20 años encaramado en el poder, y era irrespetuoso y subversivo eso de preguntar ¿hasta cuándo Gómez? Para ellos, Gómez tenía que ser eterno porque ellos también eran Gómez. En la cárcel, Leo escribió la Balada del preso insomne. Leo era un suicida, no un magnicida. ¡Pequeña diferencia! Quizás sea oportuno recordarla antes de que la prohíban porque, sin duda, es sediciosa: "Estoy pensando en exilarme, / en irme lejos de aquí / a tierra extraña donde goce / las libertades de vivir: / sobre los fueros: hombre-humano / los derechos: hombre-civil.

/ Por adorar mis libertades / esclavo en cadenas caí: / aquí estoy cargado de hierros, / sucio, famélico, cerril, / enchiquerado como un puerco, / hirsuto como un puerco-espín".

¿Por qué, Laureano, no te dedicas a la poesía, en lugar de lidiar con molinos de viento, como don Quijote? Si este es el turno de Sancho Panza, no vale la pena poner en peligro lo poco que nos queda por andar duplicando al gran loco.

Con eso de que por la libertad como por la honra se puede y debe arriesgar la vida, Cervantes nos condenó. La vida es una sola, Laureano. No hay otra, por lo menos en este planeta, a pesar de que anda en peligro de muerte (no por el efecto invernadero ni por el hueco en la capa de ozono, sino por los discursos). A los dictadores prosopopéyicos, Laureano, les indigna que les midan el tiempo, mucho más los saca de quicio que alguien ose pregonar tiempos mejores. Sin embargo, como sucede en El otoño del patriarca, no hay quien ataje el tiempo. En esa novela las vacas terminaron comiéndose las alfombras del palacio, y los gallinazos entraron por los ventanales a lo suyo, a devorar la carroña, Gabo dixit.

Cervantes era un gran humorista, y por eso puso en boca del caballero andante palabras de tanta hidalguía.

¿Qué le importaba a Sancho la libertad si lo suyo era atragantarse, comer hasta por los codos, folgar o roncar a pierna suelta? Reconozcámoslo, maravilloso el discurso de don Miguel, también llamado el "manco de Lepanto", como sabes, por haber perdido una mano batallando en guerras ajenas para matar el hambre.

Oigamos: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres...".

Bien conocía Cervantes esto de estar en cautiverio, pues estuvo cinco años y medio en poder de los otomanos. Fíjate, Laureano, en la dualidad del discurso: mucho vale la libertad, pero mucho asfixia el cautiverio. ¿Qué tenía que buscar él en un lugar tan remoto como Lepanto, combatiendo con guerreros desalmados? Suerte tuvo, porque perdida la mano izquierda de un arcabuzazo, le quedó la derecha para garabatear el Quijote.

Cervantes nos metió en este laberinto del amor desmedido a la libertad y del horror al cautiverio, tanto más en esta época del humanismo del siglo XXI simbolizado por la garra de hierro, o garrapiño por otro nombre. ¡Qué catástrofe, Laureano, quieren prohibir la risa! ¡Venezuela convertida en purgatorio de almas en pena! Te lo dije navegando por las islas del mar Egeo, y te lo repetí cuando fuimos a consultar el Oráculo de Delfos, en el monte Parnaso, y nos inflamó tanto el espíritu con sus predicciones que nos dedicamos a beber vino hasta el punto de no saber, al final, si habíamos hablado con el oráculo o con su sombra.

De todos modos, Laureano, dedícate a la poesía, pero cuídate, no obstante, de metáforas, metonimias y sinécdoques porque los inspectores del Ministerio de la Verdad no entienden de retórica. (Ars bene dicendi). Olvídate de los relojes, que nadie los puede detener, sean de arena, sean de sol, sean de piedra. Escribe poesía como Bécquer, pero cuídate de recitar aquello de: "¿Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar?".

No, no lo hagas, porque son tan imaginativos que te pueden imputar por promover el regreso al poder del traidor José Antonio Páez. O de defender los derechos de Fernando VII.

 
 Tulio Hernández

El escritor de los mitos políticos

07/02/2010

A pesar de que vivió una buena parte de su vida en otros países, y de que su curiosidad intelectual infinita le llevó a escribir sobre los temas más disímiles, Tomás Eloy Martínez, el novelista, cronista y, sobre todo periodista, que nos abandonó para siempre el domingo 31 de enero, se mantuvo fiel hasta el final de sus días a una de sus más intensas pasiones: la vocación de intentar comprender y explicarse a Argentina, el país donde nació.

O, para ser más precisos, a la pulsión de ahondar en la peculiar mitología política que la nación del Sur fue construyendo en el frenético camino que le llevó de la condición de país que en algún momento se imaginó a sí mismo europeo, racional y "civilizado", a descubrirse más tarde tan conflictivamente latinoamericana como cualquier otra nación de Centroamérica o el Caribe hispanoparlante.

No exageraba el escritor mexicano Carlos Fuentes cuando sostuvo, el 2 de febrero , que buena parte de su obra se hallaba atravesada por una sola pregunta: "¿Por qué, teniéndolo todo, Argentina acaba teniendo nada?".

Para responderse esa inquietud Tomás Eloy, explorando una escritura que se movía ágilmente entre el periodismo y la ficción novelística, nos legó una vasta obra narrativa en la que destacan La novela de Perón y Santa Evita. Dos piezas fundamentales que, por caminos distintos pero en la misma línea de Augusto Roa Bastos con Yo el Supremo o García Márquez con El otoño del patriarca, trata de indagar en la psicología profunda de cierto tipo de líderes mesiánicos, autoritarios y estrambóticos que, periódicamente, han dominado la escena política latinoamericana.

Si Perón, el hombre que fracturó Argentina y ha marcado con su presencia y su memoria más de medio siglo de su vida política, lo atraía; Evita, con su personalidad alucinante y su capacidad para despertar el fervor de las masas, obviamente suscitaba en él un profundo deslumbramiento. Le intrigaba al extremo esa forma particular de la necrofilia asociada a la política argentina que se expresa, no solamente en las extravagantes formas como fue manipulado, secuestrado, extraviado y hasta perseguido el cadáver embalsamado de la primera dama de Perón, sino en los avatares equivalentes experimentados por los restos mortales de otras figuras de la clase política local.

No es casual que en varias de las reseñas periodísticas que se han hecho por estos días, algunos de sus amigos recuerdan con detalle su relato del día cuando entrevistaba a Perón, en Madrid, mientras Isabelita, la nueva esposa del jefe militar, se ocupaba extraviada de cepillar los cabellos del cadáver momificado de Evita que yacía en una gran mesa de comedor. Otra de sus grandes pasiones fue el periodismo, y Venezuela, donde vino a recalar en uno de sus tantos exilios huyendo de la persecución de las dictaduras militares, tuvo la suerte de tenerlo por largos años ejerciendo el oficio que le acompañó toda la vida.

En un documentado y cálido artículo, publicado en Código de Barra, el también periodista Pablo Antillano sostiene sin titubeos que Tomás Eloy partió en dos el periodismo venezolano, pues su llegada a Caracas, donde terminó dirigiendo un proyecto profundamente innovador, El Diario de Caracas, "produjo una hecatombe que hizo lucir envejecido el periodismo local y disparó la euforia del cambio general".

Venezuela fue otra de sus grandes pasiones y fidelidades. En la ciudad capital Tomás Eloy se enamoró y se casó con Susana Rotker, otra mente y pluma brillante, obsesionada también por las grandes tragedias latinoamericanas, quien premonitoriamente popularizó el término "ciudadanías del miedo" para advertir la espiral de violencia que desde los años noventa ya marcaba y marcaría en el fututo el destino de la región. A Caracas, donde cultivaba sólidas amistades, regresaba con frecuencia a compartir sus últimas reflexiones.

Y en la Universidad de Drew, en New Jersey, Estados Unidos, en donde dirigía su Centro de Estudios Latinoamericanos, muchos venezolanos jóvenes gozaron de su apoyo. Es el caso del periodista Boris Muñoz y de Beatriz Oropeza, quien hizo por un largo tiempo de su asistente académica.

Todo lo que se ha escrito y publicado desde el día en que murió destila afecto, admiración y agradecimiento. Se lo había ganado en buena lid.