• Caracas (Venezuela)

Vladimir Viloria

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Inopia

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Intranquilo, sobresaltado y sudoroso, me veo atrapado en un mal sueño: hago una interminable fila para recibir mi ración mensual de chocolate –apenas 30 gramos-, tal y como narrara George Orwell en 1984, su más célebre novela. Indignado y triste la guardo, más bien escondo, en un bolsillo, y decido pensativo si la engullo y saboreo de una vez, o la vendo o cambio por algo en el mercado negro: ¿jabón, afeitadoras, aceite, algo de carne, leche, harina, azúcar, café, cigarrillos, licor? Mi corazón late desaforado. De tanto pensar qué hacer, la preciada barra de chocolate es destruida por el calor dela canícula, decepción que me hace despertar al fin desde el fondo de un grito ahogado y lloroso.

Por suerte no era más que un mal sueño, al menos todavía. Por suerte, el “mejor chocolate del mundo”, y pese a su eterna crisis productiva y su alto precio, no está en la lista de productos objeto de racionamiento, horrible palabreja. Venezuela vive hoy la saña de un fascismo distópico absurdo, trágico, incompresible. Un modelo de dominación que echa mano hasta del control y la violencia alimentaria para someter la sociedad al capricho de una burocracia cleptómana ignorante, abúlica, incapaz y sátrapa.

Proyección de abundancia y riqueza colectiva, definitivamente, gastronomía y penuria no caminan de la mano. Y si sumamos la escasez de productos de “primera necesidad” a los absurdos precios del vino y el licor, la depresión afila sus garras, ojerosa y fría, con cara de pocos amigos, como siempre.

Un país petrolero con una escasez de productos básicos de más de 70%, que importa buena parte de lo que pone en su mesa –lácteos, carne, pollo, arroz, el modesto pero hoy impagable frijol negro de su plato nacional, el maíz de su arepao el azúcar y el café de su justiciera infusión mañanera, entreotros tantos rubros- difícilmente puede ser capaz de producir referentes gastronómicos trascendentes. Los productores y campesinos quehoy sobreviven, ojalá y ganen su batalla y sigan dando ejemplo de constancia, sacrificio y voluntad. Ellos sí que están peleando una verdadera “guerra económica”, alevosa, cruel, desalmada.

Porque Venezuela hoy apenas se alimenta. Come peor que nunca, es un pobre país rico que no puede ver la gastronomía más que como una banalidad, una moda, en el mejor de los casos, un privilegio de pocos, exótica obsesión de académicos y periodistas alucinados. Primero deberíamos alimentarnos, sana y nutritivamente, empezando por nuestros niños, para luego adentrarnos en las complejidades y la filigrana del hecho gastronómico, como experiencia estética, desde el puro goloso  placer de comer sin hambre, luego de tener resueltas, digna y decentemente, las tres comidas diarias.

Así, apuro un trago de ron –otra maravilla de esta Tierra Gracia, todavía no racionada- y pienso que hoy tenemos más que nunca el reto cultural de reconocernos y reencontrarnos, nada más y nada menos que en el complicado y desolado escenario de empobrecidos mercados, con ingredientes de siempre –plátano, yuca, papa, hoy duramente golpeada, ñame, ocumo, apio, auyama, batata, mapuey, o el maguey y su flor; nuestras aromáticas y diversas frutas, los ricos y raros pescados de río y mar o los suculentos despojos de la res como el hígado, el riñón y el seso, por ejemplo, para recrear y recomponer nuestro menú de todos los días, sabroso y nutritivo, con esos productos casi siempre despreciados, merecedores de nuestra atención.

Paradójicamente y si quisiéramos sacar algo bueno de este infierno inflacionario, la penuria debería abrir paso a la creatividad para echar mano de lo que siempre estuvo ahí – ¿inconciencia propia dela tara del consumismo rentista?- y se valoró poco ocasi nada. Ya lo decía el viejo Jean-François Revel: “La historia de la gastronomía es precisamente una sucesión de cambios, conflictos, distanciamientos y reconciliaciones…”. También es la historia de la pobreza, de los secretos mecanismos colectivos para subsistir haciendo “de tripas corazón”.

Revalorar, estudiar y repasar nuestra diversa cocina regional, campesina, austera, pero rica y deliciosamente femenina, es tarea pendiente y podría ser un creativo horizonte para batallar esta durísima e injustificadacrisis. Las claves trascendentes de un sentido alimentario y gastronómico real, alegre, sabroso, nutritivo y profundamente venezolano, siguen estando ahí, en la alegría de la tierra, en la Venezuela profunda, en el potencial creativo de su gente.

vladimirviloria@gmail.com