• Caracas (Venezuela)

Vladimir Villegas

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El triunfo del descontento

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Se inicia una nueva etapa en la vida política del país. La contundente victoria de la Mesa de la Unidad Democrática y, por ende, la dura derrota sufrida por el Partido Socialista Unido de Venezuela y el Gran Polo Patriótico, es el resultado de graves errores que en política se pagan caro.

Se paga caro, en primer término, la prepotencia en el ejercicio del poder, la subestimación de la crítica, la renuencia a tomar medidas económicas que la realidad viene demandando, y la creencia de que la fidelidad del pueblo chavista es a prueba de todo.

Este servidor tiene mucho que decir sobre las derrotas. He pasado por ellas y he podido sobrevivirle a esa amarga pero aleccionadora experiencia. La mejor lección de perder es que primero debe venir la reflexión sincera y humilde antes que el discurso justificativo para achacarles a otros nuestros errores, omisiones y carencias. Hoy el gobierno de Nicolás Maduro ha recibido una certera reprimenda del electorado. Eso no se puede ocultar, minimizar ni justificar. El pueblo chavista no lo acompañó en señal de inconformidad, de molestia e incluso rabia por los desaciertos económicos, por privilegiar la pugnacidad por encima de la búsqueda de soluciones concertadas a los graves problemas nacionales.

Más que la Mesa de la Unidad Democrática, ha ganado el descontento, se ha impuesto un claro rechazo a una manera de conducir los asuntos nacionales. Y si el gobierno no es capaz de entenderlo, mucho peor para él, porque se alejará de la posibilidad de una necesaria rectificación que le brinde la oportunidad de recuperarse y de recuperar el favor popular perdido.

La MUD, por su parte, también tiene que administrar esta victoria y ponerse a salvo de la prepotencia que a la larga se convirtió en la perdición de su adversario. Ha recibido un voto de confianza de la mayoría del electorado nacional, dentro de la cual se incluye una buena franja de chavistas desilusionados. Es difícil adelantar una cifra en se sentido. Pero parte de ese pueblo que hoy votó por ellos es el mismo que en el pasado acompañaba a Hugo Chávez y le dio carácter de fuerza mayoritaria al chavismo en sus diversas presentaciones.

Se produjo un voto castigo, y queda demostrado que no hay apoyos eternos, sobre todo cuando se subestima la paciencia de los ciudadanos, abrumados por una severa crisis económica, aliñada con inflación, desabastecimiento, pérdida del poder adquisitivo y gran incertidumbre.

Ahora vienen las consecuencias de esa derrota. Consecuencias en el plano nacional e internacional. El gobierno sale peligrosamente debilitado de esta contienda, aunque el chavismo siga siendo una fuerza política viva y activa. La oposición, victoriosa, tiene ante sí la responsabilidad de administrar este triunfo con cabeza fría y eso tendrá que traducirse en una agenda donde no haya cabida para la irracionalidad y el desvarío. Venezuela está sumergida en un hoyo económico. Nicolás Maduro sigue al frente del Ejecutivo, pero la nueva Asamblea Nacional, abrumadoramente opositora, no podrá escurrir el bulto a la hora de asumir la responsabilidad de compartir decisiones ineludibles e inaplazables para sacar a flote nuestra economía.

Confrontación irracional o diálogo constructivo son los dos caminos para elegir. ¿Vamos hacia una nueva etapa de la vida nacional o a un nuevo round de una interminable y desgastaste pelea? Ya lo veremos.