• Caracas (Venezuela)

Vladimir Villegas

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Vladimir Villegas

El socialismo y sus muros

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Hace 25 años se vino abajo el Muro de Berlín, acontecimiento que marcó formalmente el fin del modelo socialista ortodoxo nacido primero en la Unión Soviética y luego extendido a diversas naciones de Europa oriental al término de la Segunda Guerra Mundial. Todo comenzó con la llegada al poder de Mijaíl Gorbachov, padre de la llamada “perestroika” y el “glasnost”, palabras que encarnaban la voluntad de producir transformaciones en la economía y promover una apertura política en una sociedad cerrada, en la cual imperaban el partido y el pensamiento únicos.

Este modelo socialista, derivado de la desviación estalinista, prácticamente se vino abajo por su propio peso, por constituir un experimento que en definitiva se desvió de la idea inicial de construir una sociedad libre, de igualdad de oportunidades, de plena satisfacción de las necesidades humanas individuales y colectivas. George Orwell, escritor británico de pensamiento cercano al trotskismo, describió a la perfección en su libro Rebelión en la granja cómo se reprodujeron los vicios y las aberraciones que supuestamente quedarían atrás con el triunfo de la revolución.

Si bien aún no se ha hecho un inventario total de las luces y las sombras de la experiencia socialista que llegó a su fin en Europa oriental con la caída del Muro de Berlín, los errores y arbitrariedades cometidos por los líderes de los partidos comunistas le hicieron un terrible daño al pensamiento y a la propuesta socialista. Esos líderes, por su dogmatismo, por su intolerancia a cualquier crítica, por tenue que fuera, por su conversión en poderosas castas alejadas de los trabajadores que decían representar, facilitaron el trabajo a los detractores del socialismo. Y lo peor, abrieron el camino para que socialismo y democracia se convirtieran en términos antagónicos, o al menos así lo percibieran millones de personas en el mundo.

La llegada de Gorbachov al poder en la Unión Soviética representó para muchos de quienes militábamos en la Juventud y en el Partido Comunista la posibilidad de que finalmente el llamado “socialismo real” se deslastrara de sus verrugas y pudiera salir airoso de la disputa histórica con el capitalismo y en su lucha contra sus propios vicios. Otros, sobre todo quienes decidieron seguir en su militancia comunista, calificaron a Gorbachov de traidor, tapando el sol con un dedo.

Pero la presión social, el deseo de cambio y una inmensa expectativa de vivir en una sociedad con justicia y libertad, así como las amenazas de los factores que querían frenar la perestroika y el glasnost, se llevaron por delante el proyecto gorbachoviano y abrieron la espita para que en las repúblicas soviéticas y en las otras naciones agrupadas en el Pacto de Varsovia y en el Consejo de Ayuda Mutua Económica (Came) también se le pusiera punto final al experimento que nació del triunfo de los bolcheviques encabezados por Vladimir Ulianov (Lenin) en octubre de 1917 (noviembre, según el nuevo calendario). 

Aunque se vino abajo el Muro de Berlín, y pese a todas las barbaridades que se cometieron en nombre del socialismo, el pensamiento socialista sigue atrapando la atención y la simpatía de millones de personas en el mundo. Pero tiene por delante el reto de deslastrarse definitivamente de la tentación autoritaria, de fusionarse de cuerpo y alma con la idea de una sociedad no solo más justa en lo económico y social, sino también más democrática, de ciudadanos empoderados, conscientes y críticos.

El socialismo hoy tiene que derribar unos cuantos muros; darse la mano con la diversidad y no con el pensamiento único, con la verdadera libertad, con una economía donde tengan espacio la propiedad social y la propiedad privada, donde Estado y mercado jueguen cada uno su papel. Y, sobre todo,  con la idea de un modelo de desarrollo que estimule la productividad y el emprendimiento, y la plena satisfacción de las necesidades materiales y espirituales de los seres humanos, con el trabajo creador como valor primordial.