• Caracas (Venezuela)

Vladimir Villegas

Al instante

La reconstrucción de un país

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La tarea de empezar de nuevo,  de rectificar radicalmente el rumbo de un país en el cual prácticamente todo está por rehacerse, es la que tenemos enfrente quienes vivimos este tiempo. 

La crisis que hoy padecemos puede ser a la vez la gran oportunidad de construir una nueva Venezuela a partir de las lecciones aprendidas durante largos y largos años. No solo estos diecisiete. Pero es evidente que en estos tres lustros y fracción buena parte de los errores, de las mañas, de los desaciertos en la conducción de la economía, en las relaciones del Estado con la sociedad, en la actitud del individuo frente al hecho social que significa el trabajo, en la conducta frente a las normas que deben regir nuestra cotidianidad, en la manera de actuar de quienes detentan el poder, se han profundizado. El esfuerzo colectivo que implica hacer una profunda corrección de todos los desaciertos que se han, o que hemos cometido, tendrá que ser más que titánico.

El milagro de una nueva y mejor Venezuela va a ser un parto difícil, doloroso, frente al cual tendremos que poner en el pote lo mejor de cada uno de nosotros, la mayor paciencia, el mayor compromiso, el mayor espíritu de unidad nacional, y la mas decidida voluntad de colocar por encima el interés nacional, un concepto vago, a veces comodín para la retórica, pero que tiene una traducción concreta: el interés nacional hoy es recuperar la dignidad del venezolano, derrotar el hambre, garantizar la comida diaria para todos, pero particularmente para una infancia cuyo futuro ya está comprometido, reconstruir la economía, sacar del hoyo la educación, darle el lugar que se merece a un sistema de salud venido a menos, comparable al de naciones que nunca soñaron ni siquiera con tener una migaja del chorro petrolero que hemos derrochado como borrachos irresponsables.

Nada sencilla  la tarea que tuvo frente a sí la generación de alemanes que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial, que recibieron un país en la ruina más absoluta, con las heridas sociales, individuales y colectivas más profundas que se puedan imaginar, y sin embargo esa generación tuvo que empinarse sobre sus propios dolores, dudas, miedos  y debilidades para sacar adelante su país y construir eso que llamaron el milagro alemán. A ellos les tocó reconstruir su país casi que desde cero. A nosotros, a los venezolanos de este tiempo, nos corresponde también una labor de reconstrucción, de refundación, de re institucionalización.

Una tarea, sin duda, para un nuevo liderazgo, para una nueva manera de hacer las cosas, desde la democracia, desde la constitución, desde las necesidades reales de la gente, desde una visión de la economía emparentada con la urgencia de ser productivos, de darle su rol al Estado, para proteger a los más débiles. Pero sin convertirlo en una maquinaria de ocupación y destrucción del esfuerzo privado y de las otras formas de propiedad, para que podamos generar empleos, captar inversiones, re orientar el gasto público hacia lo realmente importante y frenar cualquier práctica que permita el aprovechamiento de los dineros de la nación, al amparo  de la discrecionalidad y la impunidad que brindan controles manejados con criterio de saqueo.

Esta no es una tarea para un mesías. Ya hemos probado esa fórmula. Tampoco para un grupo sectario. También tenemos un rollo de ese pabilo en esta y otras etapas de nuestra historia, y ya vinos  en lo que ha desembocado. No he visto que un país pueda reconstruirse o avanzar  con una mitad, del tamaño que sea esa mitad,  y con la otra pegada a pared, excluida o sometida. El peso de lo que se nos viene es muy grande. Ahora es cuando el país tendrá ante sí pruebas muy duras que superar.  ¿Estaremos, como ciudadanos, como sociedad, como país, a la altura de ese  compromiso?