• Caracas (Venezuela)

Vladimir Villegas

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Vladimir Villegas

Nuestra propia cumbre

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Escribir sobre política en la Venezuela de hoy no es un oficio fácil, a menos que sea para repetir lo que tantas veces se ha dicho, para reincidir en las posturas irreductibles de uno u otro signo, para atribuir al adversario o al enemigo de la otra acera todas las culpas por todos los males.

En la mayoría de los casos nos están gobernando las vísceras y no la racionalidad. Estamos básicamente estacionados en la sintonía del pesimismo, de la confrontación, de la exclusión del otro, bien porque sea distinto a nosotros, actúe de una manera que no toleramos o simplemente porque desde nuestra forma  de ver el mundo no hay real cabida para una diversidad que muchas veces proclamamos de la boca para afuera y casi nunca la hemos internalizado.

Hay una realidad inocultable. Tenemos severas dificultades económicas. La escasez de productos de primera o de todo tipo de necesidades sigue trayendo colas, las que se forman a las puertas de los supermercados y las que nos siguen llevando por la senda del pesimismo. Ese es un tema cotidiano, que arropa cualquier encuentro familiar o social.

Nuestro signo monetario está tan devaluado como nuestros sueños y nuestro optimismo, o lo que es peor, como nuestra propia vida y seguridad, amenazadas por una delincuencia cada vez más agresiva y menos flexible. Ese cuadro de contrariedades nos está consumiendo y es allí donde también queda en evidencia otra escasez, de otra naturaleza y quizás, o sin el quizás, más grave: la escasez de rumbos, de propósitos como país.

Venezuela esta hoy ayuna de una hoja de ruta que nos incluya a todos, el liderazgo, oficial u opositor, merodea en la coyuntura. No existe un plan de vuelo que entusiasme, que ofrezca razones para el optimismo.

Mientras otros países ven crecer sus economías, promueven  la diversificación de fuentes de ingreso y sus liderazgos son capaces de llegar a acuerdos que privilegien el interés nacional, aquí no hay espacio para eso. La conversación, si así puede llamarse el intercambio de epítetos entre unos y otros, es otra, más asociada a los intereses de cada bando que a la suma de esfuerzos para construir una agenda que aterrice en la realidad de una Venezuela rezagada en materia de emprendimiento e innovación, por señalar apenas dos ejemplos más que relevantes.

Ni siquiera la caída de los precios del petróleo a niveles dramáticos nos ha hecho despertar del sueño-pesadilla de país rico que todo lo resuelve a punta de dólares. A lo mejor no tocamos fondo y seguimos aferrados a lo que nos depare el chorro petrolero. Tal vez no nos a acabaremos como país, porque los países no se acaban, pero seguiremos desperdiciando oportunidades de salir del rentismo y avanzar hacia una economía productiva, una tarea que no se puede realizar de un día para otro, pero que deberíamos acometer cuanto antes.

Esa tarea no la puede impulsar un gobierno en solitario. Ni este ni cualquier otro. Ni siquiera un acuerdo entre gobierno y oposición. Tiene que ser mediante  un acuerdo nacional, del cual tanto se ha hablado antes y ahora, pero que no se concreta porque hablar del tema parece no generar dividendos, y menos en un año electoral como el que vivimos. 

No es sencillo concretar un acuerdo de esa naturaleza. No hay en este momento músculo para ello. Tal vez en los meses por venir, cuando la crisis apriete y no aparezca el milagro de un alza en los precios del barril petrolero, haya más y mejores condiciones .Y sin embargo, la tentación de confrontar, de atribuir al otro las culpas, puede pesar más que la responsabilidad de actuar con la mira en objetivos superiores. 

Sé que es muy difícil sentarse a la mesa con quienes vemos como el adversario o el enemigo que nos amenaza, que nos quiere destruir o que nos  persigue. La desconfianza mutua es demasiado grande. Hay muchas razones para no confiar en la buena voluntad del otro.

La construcción de un clima de confianza es muy complicado, pero hay que empezar de una buena vez. Y para ello es útil cualquier ayuda que venga cargada de buena fe. Este es un camino largo, empedrado y empinado, pero es el que al fin de cuentas puede dar frutos. Y es un camino que probablemente seguirá siendo dinamitado por quienes solo ven ganancias en la polarización y en la confrontación que solo busca la anulación del otro, de sus valores, de su modo de pensar y de su espacio en la sociedad.  Pero creo que una mayoría de venezolanos puede ser convocada para ese esfuerzo. No se trata de que los decisores de uno u otro bando quieran sentarse a dialogar civilizada y constructivamente, sino de que se sienten, aun sin estar ganados del todo para ello, porque incluso sus partidarios se lo exijan. Este tiempo venezolano demanda un sentido de la responsabilidad con el presente y con el futuro, más allá de lo que pueda pasar en las elecciones parlamentarias.

La primera responsabilidad en todo esto la tiene el gobierno, que debe ser el gran convocante a un diálogo multisectorial, más allá de las cúpulas políticas. Y la oposición también tiene su cuota, al igual que trabajadores y empresarios. ¿La agenda? Sencillita: cómo hacemos entre todos para derrotar la crisis y  construir un mejor país. La de Panamá no va a resolver nuestros problemas.   Convoquemos nuestra propia cumbre.