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Vladimir Villegas

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Vladimir Villegas

El caso Serra: ¡cuidado con la muerte!

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El 2 de septiembre de este año tuve por última vez a Robert Serra como invitado a mi programa Vladimir a la 1, que se transmite por Globovisión.  Allí, como era su estilo personal, el joven diputado del Partido Socialista Unido de Venezuela defendió con vehemencia sus ideas, sus posiciones políticas, y por supuesto que las redes reaccionaban a favor o en contra con la misma emocionalidad que él le agregaba a cada una de sus expresiones. Un mes más tarde, era asesinado en su residencia, junto a la joven María Herrera. Ambos fueron víctimas de una violencia y una saña solo reservada a casos en los cuales los sentimientos más bajos se hacen presentes.

Una vez más las redes sociales fueron escenarios de las más disímiles reacciones. Era obvio. Se trataba de un personaje público, un diputado caraqueño que, pese a su juventud, ya se había constituido en una figura referencial del chavismo. Por supuesto que de inmediato la condena a ese doble crimen no se hizo esperar, tampoco las expresiones de rabia y dolor por parte de sus copartidarios y de sus compañeros más cercanos, comenzando por el presidente Nicolás Maduro y la más alta dirigencia del partido de gobierno. Al principio hubo mucha prudencia, y bien vale remitirnos a las primeras declaraciones del ministro Miguel Rodríguez Torres.

Paralelamente, tomaba fuerza la idea de que detrás del asesinato están las manos de factores ligados al paramilitarismo, a grupos de orientación fascistoide, con vinculaciones a sectores opositores. Desde otra acera se pretendía hacer ver que lo ocurrido a Serra y a María Herrera era parte de la situación creada por una delincuencia desbordada, y no un crimen político. También en la red social Twitter todos quienes manifestamos nuestro repudio al doble asesinato fuimos objeto de críticas porque supuestamente nada decimos de los homicidios cometidos por el malandraje. En muchos de esos comentarios se escondía la intención de negarle la importancia y la obvia gravedad que reviste un atentado contra la vida de un parlamentario, cuya representación nace de la voluntad popular.

Cuando es asesinado un diputado o un dirigente partidista, salvo que existan evidencias determinantes en sentido contrario, el móvil político no puede ser descartado. Y menos en una sociedad altamente polarizada como la nuestra, donde pequeños grupos extremos hacen de la violencia una forma de lucha.

Aunque no se tengan elementos que permitan una vinculación directa entre una cosa y la otra, no se pueden tomar como un juego o una “pendejada” las conversaciones reveladas en días recientes en las cuales un joven habla a sus anchas sobre actos terroristas que incluyen el asesinato de dirigentes ligados al chavismo. Y, por supuesto, una de las líneas maestras de la investigación tiene que ir por allí. No hay que ser policía para saberlo. Y así parezcan apresuradas o ligeras, también hay que prestarle atención a lo dicho por Ernesto Samper, ex presidente colombiano, sobre la infiltración del paramilitarismo en Venezuela. Algo debe saber de eso un hombre que milagrosamente se salvó de morir víctima de sicarios. En su cuerpo tiene aún los proyectiles que recibió cuando conversaba en el aeropuerto con el dirigente comunista José Antequera, quien perdió la vida en ese ataque.

En lo personal, no participo de acusaciones directas contra nadie, y menos si no vienen acompañadas de pruebas o elementos serios que den pie para ello. Lo prudente es esperar que avancen las investigaciones, y que finalmente se conozca toda la verdad en torno a estos abominables crímenes.

Pero más allá de lo ocurrido, la violencia se ha instalado entre nosotros. La cultura de la muerte gana espacio, y se manifiesta en diversas presentaciones. El asesinato de Robert y María es una de ellas, y de las más explosivas. Si se tratara de un crimen político eso nos colocaría a las puertas de una seria amenaza, frente a la cual todos, sin excepción, debemos actuar con racionalidad y firmeza. Si la investigación concluye en que se trató de otro móvil, tampoco podríamos respirar aliviados. Tenemos que cuidarnos de la muerte, e impedir que siga ganando batallas.