• Caracas (Venezuela)

Vladimir Villegas

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El cara a cara de Maduro y Santos

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La reunión más esperada es la que aún no tiene fecha, entre los presidentes de Venezuela, Nicolás Maduro, y Colombia, Juan Manuel Santos, para que ambos aborden directamente la grave problemática fronteriza entre nuestros países, porque el pasado encuentro entre las titulares de Relaciones Exteriores, Delcy Rodríguez y María Ángela Holguín, no dio más de lo previsible.

El mandatario colombiano ha reiterado en varias ocasiones su deseo de conversar con Maduro, y este, antes de partir a China y Vietnam a buscar oxígeno económico para hacer frente a la difícil coyuntura que atraviesa nuestro país, dijo que ya era el momento de que ambos se vieran las caras. Creo que Maduro y Santos deben darse la oportunidad de llegar a acuerdos mediante los mecanismos bilaterales tradicionales. Si eso fracasa, pues que entren otros actores regionales, aceptados por las partes.

La lista de dificultades en las relaciones binacionales es mucho más larga que lo que hemos visto desde el momento en el cual se anunció el cierre de la frontera. Contrabando de extracción, presencia de grupos armados, tanto paramilitares como guerrilla, operaciones del narcotráfico, secuestros, extorsiones, desplazados hacia nuestro país como consecuencia del conflicto interno.

A ello se suma en los últimos tiempos la figura del bachaqueo, que es lo que pudiéramos llamar la fase superior del contrabando. Y, por si fuera poco, el funcionamiento de casas de cambio del lado colombiano amparadas por una resolución del gobierno del vecino país que, según denuncian los voceros oficiales venezolanos, atenta directa y deliberadamente contra la moneda venezolana, ya de por sí bastante aporreada por nuestras propias dificultades internas.

Tema difícil de esa reunión, de la cual aún estamos lejos de saber lugar y fecha, es el caso de los ciudadanos colombianos deportados de nuestro país. Colombia aspira a que sean devueltos a territorio venezolano.

Allí entran en consideración elementos vinculados a derechos humanos. Los reivindica Colombia y tiene razón de protestar por los abusos que se habrían cometido durante los desalojos. Pero no se puede dejar de decir que la absoluta mayoría de esos ciudadanos del hermano país que viven ahora en tierras venezolanas vinieron a estos lares buscando paz, sosiego, trabajo, seguridad y mejor calidad de vida que el Estado colombiano que hoy dice defenderlos no les pudo garantizar.

El “torniquete” fronterizo no podrá ser una medida definitiva e irreversible, por más que así se anuncie desde altas esferas oficiales. La dinámica fronteriza tendrá que reanudarse tarde o temprano, y hacia allá deben apuntar los esfuerzos de ambos gobiernos. Para ello se requiere mucho más que retórica. Que Colombia evalúe el daño que desde su territorio se le hace a nuestra economía. Que desde aquí se escarmiente contra funcionarios civiles y militares, del rango que sea, cómplices del contrabando de extracción. Y que de común acuerdo podamos construir una nueva realidad en la frontera.

Lamentablemente, mientras la dirigencia colombiana sabe cerrar filas para defender sus intereses estratégicos como nación, aquí no lo hemos logrado. Ni gobierno ni oposición hacen el más mínimo gesto para que las hondas grietas que los separan permitan siquiera un mínimo de unidad nacional para negociar con el vecino en mejores condiciones.