• Caracas (Venezuela)

Vladimir Villegas

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Vladimir Villegas

¿Renunciar al diálogo?

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¿Renunciamos al diálogo? ¿Admitimos que no hay voluntad para empujar con fuerza esta iniciativa, que hay demasiadas piedras en el camino, que las partes le hablan más a las cámaras  y  a sus electores que al interlocutor, que aunque sean minoritarios los extremos de lado y lado pesan más que esa inmensa masa de ciudadanos ansiosa de soluciones y de una paz construida a partir del consenso, del entendimiento?

¿Dejamos “eso” de ese tamaño y reconocemos como una verdad absoluta que no hay otra salida sino el aplastamiento y la anulación por parte del que logre imponerse en esta larga confrontación que consume la energía de la sociedad y nos distrae de lo que verdaderamente debe ocuparnos, como por ejemplo, de encontrar la manera de derrotar la inflación, torcerle el cuello a la escasez, meter en cintura a la delincuencia y garantizarle a la juventud un presente que le permita soñar con los pies sobre la tierra en un futuro que hoy luce incierto?

¿Le dejamos el terreno libre a la idea de que Venezuela está condenada a una batalla entre bandos irreconciliables? ¿Le abrimos paso a quienes les incomoda que se hable de puentes, de entendimiento, de mesas de diálogo, de acuerdos para hacer factible un orden de cosas en el cual tanto los partidarios del gobierno como de la oposición se sientan incluidos, respetados, reconocidos y aceptados como parte indispensable de nuestra nación?

¿Preparamos desde ya nuestra argumentación y justificación para explicar a nuestros hijos, nietos y quizás biznietos que no fuimos capaces de ponernos de acuerdo para evitarle a Venezuela un desenlace impregnado de violencia, odio y exclusión? ¿Reconocemos de una buena vez que  no hay disposición a pagar el supuesto alto costo que implicaría  hacer concesiones al otro?

¿Le ofrecemos nuestras excusas a los cancilleres de la  Unión de Naciones Suramericanas y les confesamos que es inútil cualquier iniciativa destinada a construir la paz, la convivencia y el reconocimiento político de todo aquel dispuesto a jugar dentro de la Constitución que nos dimos los venezolanos? ¿Les decimos que estamos perdiendo el tiempo y haciendo que ellos también lo pierdan?

¿Dejamos que la parálisis de esta iniciativa política arrastre consigo también la posibilidad de que el diálogo  en el ámbito económico vaya más allá de resolver problemas de permisología y otras trabas burocráticas , y  se frene cualquier avance hacia un estadio superior en el cual se construyan alternativas reales y nacidas del acuerdo entre el Estado y los sectores productivos para recuperar nuestra economía?

¿Le desconectamos el oxígeno a la opción de resolver nuestras diferencias por vías distintas y opuestas a las que nos pauta la carta magna de 1999?  ¿Desaprovechamos la oportunidad que tenemos de abrir un nuevo momento político en Venezuela, de crear un clima de confianza aún entre individuos y grupos que tienen visiones políticas distintas pero que pudieran ponerse de acuerdo en asuntos esenciales para superar los problemas más graves que tiene Venezuela?

Todas estas interrogantes nos vienen a la mente mientras pasan los días y en la calle nos preguntan, con buena dosis de escepticismo burlón,  qué pasó “con el fulano diálogo”. Y uno no tiene otra sino  que aceptar la debilidad del paciente. Pero la esperanza es lo último que se pierde, sobre todo cuando de ese hilo depende el destino de un país y la vida de mucha gente. Por eso hay que insistir en reactivar el diálogo, rediseñarlo, redimensionarlo. Todo, menos dejar que se extinga.