• Caracas (Venezuela)

Vladimir Villegas

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Maduro y la realidad concreta

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Tomar las decisiones adecuadas en el momento justo es la responsabilidad principal de quienes tienen la conducción de un país. En esa circunstancia   se ha encontrado y se encuentra el presidente Nicolás Maduro. En sus manos está buena parte de las definiciones que puede tener el actual momento nacional.

Por mucho que se reivindique el concepto de liderazgo colectivo dentro de las filas del Partido Socialista Unido de Venezuela, Maduro  tiene la responsabilidad política principal de tomar decisiones, las adecuadas, las justas, las necesarias, las que reclama la coyuntura. Y esto tiene que pesar mucho más que presiones sectoriales, prejuicios, retóricas e incluso chantajes ideológicos o emocionales. La realidad concreta obliga. Por fortuna, está el marco constitucional para definir lo que son o no decisiones que ponen en peligro un proyecto de país.

El diálogo se inició pero sigue un curso lento. No podemos dejar que esa lentitud lo debilite hasta agotarlo, a menos que no creamos en que esa es la puerta de entrada a las grandes soluciones que reclaman los problemas del país. Hay una buena parte de los venezolanos, chavistas y no chavistas, que sigue esperando señales indicativas de una clara voluntad de reconciliación y de corrección de rumbos en lo político y en lo económico.

Está en manos del presidente, más que de otros factores e individualidades, tomar y promover medidas para que de una buena vez, bien sea por la vía de la amnistía, el sobreseimiento, medidas humanitarias o de otra índole se produzca el reencuentro de detenidos, los de antes y los de ahora, o exiliados, con sus familias. A excepción de aquellos individuos involucrados en asesinatos, actos terroristas o violaciones de derechos humanos cometidos desde febrero, justicia y perdón pueden ir de la mano.  No creo que falten argumentos para convencer a quienes rechazan estas decisiones.

En materia económica, las cosas han avanzado un poco más. Hay mejores señales para un entendimiento con el sector empresarial, al menos en cuanto a temas puntuales. Pero se requieren pasos audaces para acometer conjuntamente inversiones, proyectos de desarrollo en el campo agrícola, planes de financiamiento y otras iniciativas, sin excluir la posibilidad de escuchar y acoger planteamientos destinados a corregir rumbos en materia macroeconómica que permitan, entre otras cosas, superar problemas como el desabastecimiento y la inflación.

Y aunque se adoptaran todas estas medidas, de poco servirían si no se arriba a acuerdos en el campo político que terminen de aislar a los sectores que promueven la violencia y ayuden a crear un nuevo clima. La oposición democrática, que existe y es mayoritaria, tendrá que dar sus batallas internas para resolver el diferendo con aquellos sectores que no ven otra salida sino la salida de Maduro ya. Pero algunos gestos y acciones concretas del gobierno, y particularmente del presidente, son indispensables. Por ejemplo, debe concretarse el diálogo con el movimiento estudiantil opositor, crítico, disidente, o como se le quiera definir. Es el camino para cerrar este ciclo de protestas con acuerdos creíbles, viables y perdurables.

La violencia, y así se ha demostrado en innumerables ocasiones, se puede derrotar sin violencia, con Política y con políticas. Con pasos firmes en la dirección de garantizar que el diálogo dé frutos satisfactorios para todos, y que ese diálogo vaya más allá de la Mesa de Unidad Democrática y se extienda incluso hacia aquellos sectores sociales hoy altamente encolerizados con el gobierno. Hoy eso luce inviable, imposible. Para eso es la política, precisamente, para hacer viable mañana lo que hoy no lo es.