• Caracas (Venezuela)

Víctor Rodríguez Cedeño

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Víctor Rodríguez Cedeño

Una región en proceso de transformación

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La Cumbre de las Américas que se celebrará en Panamá en los próximos días será una nueva oportunidad para determinar el estado de salud de la región, especialmente, en cuanto a la democracia y el respeto de los derechos humanos se refiere, fundamentales para lograr el objetivo que se persigue: Prosperidad con equidad. Más que sobre la cooperación interregional, los gobiernos, unos legítimos otros sin legitimidad, y las organizaciones no gubernamentales, unas representativas de la sociedad civil, otras no, se expresarán en favor y en contra del estado de cosas.

Algunos gobernantes mostrarán su fanatismo ideológico y el antimperialismo que les oxigena en medio del fracaso de sus gestiones internas, mientras que otros se ubicarán en el lado correcto de la historia, al favorecer la democracia como único sistema político en el que se pueden ejercer los derechos humanos. Este es el tema que debe centrar la atención de los mandatarios, mucho más allá de la simple “evaluación” de las relaciones de Estados Unidos con la región o sus bilaterales con Cuba o Venezuela.

A pesar de la algarabía de algunos regímenes que llegan incluso a instalar sus “fuerzas de choque” en Panamá semanas antes del inicio del evento, para “organizar la recepción” de los jefes de Estado, la  estructura política actual de la región muestra síntomas de agotamiento y comienza a ceder ante el fracaso de la retórica y de socialismos ineficientes y corruptos; aunque pareciera a primera vista privilegiar a regímenes que se caracterizan por la violación de las reglas establecidas, la destrucción de la institucionalidad, el rechazo a todo escrutinio sobre derechos humanos, la odiosa práctica de la tortura en forma sistemática y generalizada y la realización de crímenes internacionales.

La verdad es que torciendo perversamente la realidad de las cosas, la mayoría de los gobiernos se han pronunciado en contra de la “injerencia” de Estados Unidos en los asuntos internos de Venezuela, por la adopción de medidas en contra de un grupo de cuestionados funcionarios incursos, según el Congreso y el gobierno de Estados Unidos, en violaciones graves de derechos humanos y otros actos vinculados a crímenes internacionales como el lavado de dólares, el terrorismo y el narcotráfico que constituyen materia de interés de la comunidad internacional, además de representar, según sus propias normas internas, una amenaza para su seguridad.

Lamentable y vergonzosamente, los gobernantes de la región, alejados de sus pueblos y de las realidades que mueven la nueva estructura de la comunidad internacional, desconocen la obligación que tienen todos los Estados de denunciar las violaciones graves de los derechos humanos y los atropellos a la democracia en dondequiera que ello ocurra, contrariando así la evolución de la sociedad internacional y de las relaciones internacionales que obligan a interpretar de manera más amplia los principios y las normas que regulan la vida internacional, como los relativos a la soberanía y a la no injerencia en los asuntos internos de otros, que ceden de manera importante ante la necesidad de proteger la vida y los derechos de todos los ciudadanos en el mundo.

Independientemente de los resultados que adopte la Cumbre quedará claro que hay dos grupos de países, lamentablemente consecuencia de la división que propició Hugo Chávez en Venezuela y en la región y que maximiza hoy su sucesor Maduro: unos que insisten en cambios sin sentido y que recuerdan tesis fracasadas del pasado, apoyados en una interpretación sesgada de la “independencia” y la “soberanía” en medio de su fanatismo antiimperialista; y otros que abogan por cambios en democracia y en libertad, en progreso con respeto a la dignidad del hombre; es decir, de manera más simple, entre demócratas y no demócratas.

A partir de Panamá las cosas deberán estar mucho más claras para quienes luchamos por un nuevo sistema político regional realmente inclusivo y democrático que favorezca al pueblo respetando al individuo, en donde los poderes se mantengan independientes y los ciudadanos puedan expresarse libremente y protestar sin miedo a ser castigados o asesinados por las balas disparadas en nombre de revoluciones que lejos de pretender soluciones estructurales, buscan cambios oscuros más personales que colectivos.

Es de esperar que en el Acta Final en la que se reflejen los acuerdos, los jefes de Estado y de gobierno asuman la responsabilidad que les impone la historia y con la mayor solidaridad no resuman el tema de la Cumbre a las relaciones con Estados Unidos, sino al tema fundamental para la región: democracia,  libertad y derechos humanos mediante la interpretación correcta de los principios de derecho internacional que regulan las relaciones internacionales.

Los países de la región, sus gobiernos y sus pueblos, deben despertar y dejar de lado esa fantasiosa concepción de la vida, que solo ha  traído desolación, ruina y tristeza en nuestros pueblos, hoy hundidos en la ignorancia que promueven insólitamente esas fuerzas desde el mismo poder.