• Caracas (Venezuela)

Víctor Rodríguez Cedeño

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Víctor Rodríguez Cedeño

Un régimen desubicado

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La sociedad internacional es hoy muy distinta a la de 1945. Un cambio cuantitativo por el acceso de los nuevos Estados producto de un proceso de descolonización en la década de los años sesenta y del nacimiento de otros derivados de la escisión y la unificación, especialmente en Europa. Un cambio cualitativo por el surgimiento de nuevos sujetos y actores internacionales: las organizaciones internacionales y el individuo, pero también la sociedad civil, organizada en gran parte en organizaciones no gubernamentales que juegan un papel cada vez más relevante en la adopción de las decisiones internacionales y en la formación y elaboración del derecho internacional.

Las relaciones internacionales son distintas también. Los sujetos y los actores se mueven hoy en un mundo globalizado en el que la ciencia y la tecnología, especialmente las relacionadas con los medios de comunicación, les dan una dinámica muy particular. Ya no hablamos de cooperación internacional en el sentido simple de la expresión. Los intereses individuales ceden ante los de la comunidad internacional que se forma y se consolida cada vez más. Los cambios en la sociedad internacional y en las relaciones internacionales inciden en la transformación del derecho internacional que se adapta constantemente a esas realidades. Nuevos conceptos, como patrimonio común de la humanidad, comunidad internacional, solidaridad, crímenes contra la humanidad, surgen y se afianzan. Principios fundamentales que evolucionan y ceden ante los intereses colectivos, como el de la soberanía, que no es más una coraza para que gobiernos irresponsables actúen arbitrariamente dentro de los Estados. Surge un orden público internacional en el que se insertan normas objetivas que deben respetarse imperativamente a favor de los intereses comunes. Surge, en definitiva, una solidaridad necesaria para enfrentar los mayores retos.

Estamos en un mundo que cambia constantemente y los Estados deben adaptarse a esa realidad. Los gobiernos responsables han elaborado una agenda internacional que destaca los derechos humanos, todo lo relacionado con la persona, su vida, su integridad, sus derechos fundamentales, con la democracia como derecho individual y colectivo; la paz y la seguridad, la lucha contra el terrorismo y los otros crímenes internacionales, para erradicarlos definitivamente; y la protección del medio ambiente, que garantiza el espacio físico en el que vivirán las nuevas generaciones. Desconocerlo sería ir contra la corriente y ubicarse en el grupo de objetores que niegan los avances de la libertad y del progreso en dignidad.

Es probable que Venezuela, si logra los dos tercios de los votos en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en elección que se realizará el 16 de octubre, obtenga un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad. Ya lo tuvo antes, representada dignamente por gobiernos democráticos, respetuosos de las normas de convivencia.

Las políticas internas del régimen bolivariano, especialmente en materia de derechos humanos y democracia, no le acreditan para tal responsabilidad; tampoco sus acciones externas, coincidentes con los regímenes forajidos. El apoyo a las dictaduras de Siria, Cuba, Corea del Norte; a la agresión de Rusia a Ucrania; las relaciones y sostén de grupos terroristas de la región y de fuera; y su persistente manía injerencista y de confrontación, muestran debilidades que permiten prever el papel que jugará en la lucha contra el terrorismo y por la paz y la seguridad internacionales.

Venezuela en el Consejo de Seguridad será la piedra en el zapato de la comunidad internacional. No puede ser de otra forma si aceptamos que la política exterior es una prolongación de las políticas internas. Recurrirán al azufre para oponerse a las decisiones sensatas y complacer a sus seguidores trasnochados, en sus políticas superadas por odiosas e inefectivas.

El mundo va por solo un camino. El de la paz y la estabilidad, el del progreso, el del respeto de los derechos y las libertades fundamentales, y el régimen venezolano no parece ir en esa dirección que exige una solidaridad real y auténtica y no “acomodos solidarios” basados en postulados ideológicos obsoletos, con fines políticos perversos, los mismos que han mantenido a los Castro en Cuba y han hecho posible la aniquilación de un pueblo, hundido en la miseria desde hace más de cincuenta años.