• Caracas (Venezuela)

Víctor Abreu

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Don Quijote se va sin pagar

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2016 ha sido declarado “Año de Cervantes”, porque se cumplen 400 años de la muerte del más renombrado escritor en lengua castellana. En este artículo se analiza uno de los aspectos menos explorados de su novela cumbre: el económico.

Las imágenes corresponden a dos emisiones monetarias que celebran al héroe cervantino. Una es de cuando existía la peseta y la otra ha sido acuñada en el marco del actual euro. El hecho de que con su efigie se nos recuerde a un personaje con el que simpatizamos tanto, es algo que agradecemos. Sin embargo, no deja de resultar paradójico, o al menos sorprendente, que al Caballero de la Triste Figura se le lleve a billetes y monedas cuando, si a ver vamos, don Quijote conscientemente nunca lleva dinero consigo y se niega a pagar posadas o servicios. Sancho Panza, incluso, llega a maldecir al maravedí. Examinemos con más detalle lo dicho.

Prosélito convencido de las novelas de caballerías, don Quijote no carga dinero porque nunca leyó en ninguna de esas historias que los caballeros andantes llevaran dinero. Eso fue lo que le argumentó al ventero que don Quijote tomó por miembro de la nobleza y al que pidió que lo “armara” caballero. Dado que “llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes” (I, 3), el ventero le aconsejó que en lo sucesivo las llevara de forma disimulada o que se lo encomendara a su escudero, ya que le sería de sumo provecho para atender gastos y eventualidades diversas. Más pendiente de ser armado caballero que de tomarse en serio el asunto de cargar dinero encima, don Quijote se comprometió a hacer lo que acaban de recomendarle. La novela no informa si cumplió su compromiso o no, lo cual es secundario ya que, de poseerlo, en ningún momento utilizó el dinero. Esto, por una razón más importante, no tiene la menor intención de pagar nada.

Don Quijote entiende que con sus pares ha de sostener intercambios de cortesía, no intercambios mercantiles. Cuando llega a una venta (hospedaje en caminos o despoblados), se imagina que ha llegado a un castillo y que el ventero es un noble que lo atenderá como a un huésped. Por tanto, le es impensable retribuir la atención con dinero. Más aún, cuando se le hace ver que está en una venta y no en un castillo, y él lo admite, todavía así declina pagar porque los caballeros andantes “jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen” (I, 17). Los caballeros gozan de fueros y derechos por los múltiples riesgos que corren en sus constantes e intrincadas aventuras. Don Quijote es un justiciero, su leitmotiv es “deshacer entuertos”, rescatar doncellas ultrajadas y auxiliar a desamparados en aprietos. Ello daría validez moral a su insolvencia económica: los costos de su labor deben ser afrontados por los otros. Para don Quijote la vida del caballero goza de “preeminencias” y “exenciones”: “¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera, portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote?...” (I, 45) Pero, a quien más entusiasmo parece concitarle no pagar es a Sancho Panza, que por motivos menos caballerescos se va de la venta “muy contento de no haber pagado nada y de haber salido con su intención” (I, 17).

Por si fuera poco, don Quijote ocasiona considerables daños al patrimonio de una venta, en la que se aloja por segunda vez. En medio de una pesadilla, con los ojos cerrados, le cae a cuchilladas a un gran cuero de vino que está en su cabecera, en el espacio que le asignaron para que durmiera. Don Quijote se imaginó que el cuero de vino era un gigante y que el líquido que manaba tras sus cuchilladas era la sangre de la abominable criatura. Furioso, el ventero llega a llamarlo “ladrón” y no va a permitir que el inefable caballero andante y su escudero vuelvan a irse sin pagar, ya no solo “el costo de una noche, de cena, cama, paja y cebada” (I, 35), sino además los daños causados por el desquiciado personaje.

El elocuente desdén hacia el dinero, su negativa a retribuir los servicios que le prestan y la poca consideración hacia la propiedad que manifiesta don Quijote, en alguna medida entronca con cierta tradición hispánica, que también llegará a América, recelosa del comercio y de los negocios en general. Dicho recelo seguirá gravitando en la época moderna, en España y en América, a veces de manera soterrada y otras de formas más patentes. Aunque, es de advertir, tal apreciación no debe tomarse como única y tajante en una novela tan rica y compleja. No andar con dinero, no querer pagar y no respetar la propiedad, no es un principio general en el texto, sino algo atribuible a don Quijote, y menos porque no esté en sus cabales que por pertenecer a un mundo distinto y discordante con el orden mercantil. Al respecto, Cervantes no deja cabos sueltos: otro personaje, llamado don Fernando, resarce al ventero, pagándole todo lo debido por don Quijote y Sancho. Además, el mismo don Quijote trata de interceder para que dos forasteros no aprovechen un momento de confusión y se vayan del establecimiento sin pagar, como pretendían hacer. Su intervención es disparatada, pero al final el ventero queda bien parado.

Curiosamente, si a don Quijote le disgusta la moneda y tener que usarla, desprecia aún más la falsificación, lo que corrobora que no hay censura a las relaciones agenciadas con dinero en términos absolutos, sino que él, personalmente, se excluye de las mismas. Al comienzo de la segunda parte del Quijote, el bachiller Sansón le informa cómo refiere sus hazañas el libro que se ha publicado sobre él. Don Quijote equipara falsear la historia con falsificar monedas. Ambas cosas las considera igualmente condenables: "...los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados, como los que hacen moneda falsa" (II, 3). Él no se lleva bien con el dinero, pero es como para que los demás entiendan: contar mal su vida es como falsificar dinero.

En Don Quijote de la Mancha hay una seductora ambigüedad que nos impide quedarnos confinados en la esfera económica, ambigüedad que permanentemente nos revela otros planos intensos e imprescindibles de la existencia humana. Esa ambigüedad parece alertarnos, no en términos de aprecio o displicencia al mercado, sino sobre dimensiones no reducibles al mismo, que están fuera de su alcance. Al final de la primera parte del Quijote, de regreso en su aldea, Sancho Panza le comenta a su mujer: “…es linda cosa esperar los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al diablo, el maravedí” (I, 52). Es evidente la picardía y la reticencia a las prácticas mercantiles. Pero, aparte, hay una otra cosa que maravilla de sus palabras: la aventura de vivir no tiene precio, es impagable.

*Profesor UCV y UCAB