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Los tesoros ocultos de Puerto Cabello

Los tesoros ocultos de Puerto Cabello

Los tesoros ocultos de Puerto Cabello

Su sereno malecón no es el único atractivo de esta zona porteña. Ensenadas y pozos se esconden entre el verdor de sus montañas

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El calor de Puerto Cabello puede llegar a doblegar voluntades. No obstante, observar cómo los barcos se van haciendo más pequeños en las aguas del puerto distrae la mente del bochorno y la lleva a perderse en el mar, a desear el refrescante contacto con ensenadas escondidas y sentir la brisa en el rostro en lo alto de un antiguo fortín.

La acuarela translúcida de Yapascua es la mejor recompensa para quienes deciden dejar a un lado el bullicio de la ciudad sin acudir a la muchedumbre de las playas más conocidas. En esta ensenada solo encontrará la paz de sus aguas, tranquilas y de agradable temperatura.
Para llegar a Yapascua puede optar por una caminata de hora y media –a buen paso– desde la playa de Patanemo, a través de montañas y algo de sabana. Las vistas valen la pena, así que no olvide tener a la mano la cámara. Lleve ropa fresca, gorra, repelente para insectos y protector solar.
Si prefiere disfrutar del paseo sobre el mar, puede pagarle a un peñero para que lo lleve desde la bahía de Patanemo. Suelen trasladar hasta 10 personas por 1.000 bolívares.

En esta playa no hay ningún tipo de infraestructura turística, por lo que debe llevar su comida, bebidas, mantas o lo necesario para tumbarse a tomar el sol y ser respetuoso con el ambiente: no olvide guardar una bolsa para traer la basura de vuelta. Parte del Parque Nacional San Esteban se aprecia desde aquí, pues hay una piscina natural entre las montañas que pertenece a sus terrenos.
Las cristalinas aguas de Yapascua son ideales para hacer snorkeling, así que aproveche y lleve su equipo. Podrá observar a los pescadores, ubicados en un muelle, probar suerte hasta la tarde. Si desea pasar una noche en esta solitaria ensenada o realizar una excursión por su cuenta, notifíquelo a Inparques en las oficinas de Valencia o Puerto Cabello. Recuerde no extraer nada de la vida marina.

Pozo del Encantado. Al entrar a Borburata, pueblo de tierra fértil y vegetación exuberante, se sentirá arropado por su manto selvático. Los caminos que en tiempos de la Colonia sirvieron para trasladar en mulas la mercancía hacia destinos como Jamaica, a través de Puerto Cabello, sobreviven entre piedras y raíces de árboles que se han empeñado en recuperar su lugar.
El Pozo del Encantado es uno de sus secretos mejor guardados. Esta caída de agua desemboca en un pozo de, aproximadamente, 10 metros de profundidad, en el cual podrá “echarse clavados” desde lo alto de sus piedras al mejor estilo de Acapulco.
Para disfrutarlo debe emprender una caminata de hora y media desde la hacienda Saint Jean, que tiene en sus sembradíos plantas de cacao, cambur, nuez moscada, lechosa, muchos cocoteros y frutas tropicales traídas de otros países.
La excursión no exige tener una gran condición física, pero es recomendable llevar hidratación suficiente, bocadillos ligeros, barras energéticas, protección solar y repelente de insectos.

Joel Álvarez, ambientalista y artista del equilibrio, es un guía calificado para realizar la travesía. “Este es un recorrido que todo el mundo debería hacer al menos una vez al mes. Las aguas del pozo relajan y te cargan de energía; sus chorros brindan el mejor hidromasaje”, asegura mientras va recogiendo los desperdicios de otros visitantes.
Media hora antes de llegar comienza a escucharse el sonido del agua. Una sensación refrescante se apodera de la mente, junto con la satisfacción de estar cada vez más cerca. Cualquier expectativa queda pequeña al estar frente al lugar: un riachuelo corre deliciosamente entre piedras y guijarros perfectamente pulidos.

Dos chorros de agua muy fría caen potentes sobre piedras más grandes y dejan claro el poderío del agua sobre los demás elementos: forman un pozo profundo donde se lavan los problemas y las preocupaciones. La estadía en esta maravilla natural dura de tres a cuatro horas, tiempo suficiente para bañarse y degustar una merienda.
Antes de partir, Álvarez ofrece un taller del equilibrio con piedras del lugar, colocando una sobre otra sin usar ninguna sustancia para unirlas. Estas “obras” quedan cerca del riachuelo y algunas entre el agua, como testimonio de paciencia y concentración.
El paseo cuesta 250 bolívares por persona –en grupos de 4, como mínimo– e incluye el taller. El punto de salida es la posada Santa Margarita, ubicada en el Casco Histórico de Puerto Cabello.

Tradición en San Millán. La Casa de la Cultura de San Millán es modesta, pero sus paredes cuentan una tradición que los llena de orgullo. En su fachada, cuidadosamente pintada, se exhibe una hamaca enrollada y cubierta de flores.
Lo que para los visitantes puede significar un simple “chinchorro”, para los habitantes del barrio San Millán –el primer barrio de la fundación del distrito de Puerto Cabello– simboliza sus raíces culturales.

Germán Villanueva, presidente de esta institución y director de la Agrupación de Rescate Folklórico San Millán, se encarga de mantener viva la pasión de los porteños por sus tradiciones, entre las que destaca El Baile de la Hamaca. “La danza es una tradición de origen antillano que llegó desde Curazao, por la cercanía de la isla con Playa Blanca y las relaciones comerciales con el puerto”, indica.
Este ritual, que incluye baile, música y algo de representación teatral, es una especie de tragicomedia que emula la muerte de una persona muy querida por la comunidad y que es enterrada envuelta en una hamaca. La tradición dicta que si la persona había sido herida se envolvía en una hamaca de colores, y si era blanco o con flores había fallecido de forma natural.

Los habitantes salen a recibir a su muerto. Las mujeres cantan y lloran, mientras el tambor de adueña de alegrías y tristezas. Los cachos y escardillas (instrumento de labranza) son sonados por grandes y pequeños hasta que, de repente, el muerto cae al piso y las mujeres lloran a su alrededor.
Los hombres tratan de ayudarlas y, accidentalmente, uno toca a la mujer de otro, por lo que se produce una escena conocida como “el celo”. “Usan el garrote o bastón para transarse en una pelea hasta que las mujeres los ven en peligro y tratan de persuadirlos. La música se torna más alegre e invitan a los maridos a bailar”, explica Villanueva.
La tradición, que ya cuenta 142 años ininterrumpidos, se realiza los lunes y martes de Carnaval. El lunes, a las 12:00 de la noche, se representa el velorio y los martes el entierro de la hamaca comienza al mediodía. Parte desde el barrio San Millán, recorre el casco de la ciudad, pasa por el barrio Rancho Chico y retorna a San Millán.

La hamaca que reposa en lo alto de la casa es la número 142 y permanecerá allí hasta el próximo año, dos o tres días antes de la celebración de un nuevo entierro. Desde 1976 exhiben su tradición a otras partes del mundo, lo cual ha llevado al grupo a recorrer el Caribe, Norteamérica, parte de Europa y Asia.
“Los tambores de San Millán no son solamente sonidos: hay sentimiento, espiritualidad. Donde vamos, la gente se envuelve en ella. Baila aun cuando no sea su ritmo. En Alemania esos señores grandotes, blancotes, bailaban con nuestro tambor. Queremos ir a visitar a nuestra familia en África, acercarnos a nuestras raíces”, manifiesta el cultor.