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Las sorpresas aguardan en Lisboa

La capital lusa asombra de principio a fin | Fotos Pixabay

La capital lusa asombra de principio a fin | Fotos Pixabay

Es realmente un lugar maravilloso para conocer gente, comer delicioso y pasar momentos inolvidables. Así que la próxima vez que viaje al Viejo Continente inclúyala en su itinerario

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Lejos de los que algunos se imaginan, Lisboa es entrañable. Un secreto de la Europa Imperial, que se abre en un abanico de opciones para disfrutarla. Desde que se llega a la ciudad, el misterio se apodera de las calles, guardando para sí la leyenda de su nombre. Para los fenicios se trataba de un puerto seguro, mientras que los griegos pensaban que la urbe fue creada por Ulises al huir de Troya y antes de navegar al Atlántico. Los griegos la conocían como Olissipona.

Lo cierto es que sus edificaciones invitan a pensar sobre un Portugal que en otra época ostentó poder, pero ahora se le nota por los costados el pasar del tiempo. Y es que de la corona queda casi nada, de hecho, es una de las pocas ex potencias que recibe ayuda de una de sus antiguas colonias, Angola, en África. Hay en sus calles un interesante intercambio cultural, las influencias subsaharianas se dejan notar en galerías, bares o incluso en su propia gente.

El casco histórico lisboeta hay que recorrerlo a pie, sin embargo, se debe tomar en cuenta que al estar entre siete colinas tiene vías muy empinadas que deben subirse en funiculares o elevadores. También la ciudad cuenta con un tranvía y subterráneo.

Es fácil perderse y maravillarse en sus calles, como le ocurrió a Virginia, una apasionada de las causas justas y que en los fogones se decanta por preparar pasticho (mejor dicho una “lasaña criolla”) y quesillo (o más bien flan con ron). Esta venezolana recorrió la capital lusa en compañía de su hijo y su amiga Yenni, luego de un viaje de ocho horas en tren desde Madrid.

Historia y modernidad. Curiosamente, Lisboa fue construida sobre un antiguo espacio volcánico. Su clima es uno de los mejores de Europa, pues es cálido, en primavera la temperatura se mantiene sobre los 28°C, y en otoño o invierno casi nunca baja de los 5° C.

Sus aires mediterráneos pueden golpear suavemente su rostro, al tiempo que se complace con la vista del majestuoso río Tajo. Allí en una terraza y bebiendo un coctel se puede admirar el Monumento de Cristo Rey, inspirado en Cristo Corcovado de Río de Janeiro.

La arquitectura de Lisboa rememora la Europa medieval, pero también tiene influencia de culturas foráneas. Portugal fue en la Edad Media invadida por los árabes, y más tarde haría lo propio Napoleón Bonaparte, y después conformó la Monarquía Hispánica de Felipe II.

Durante las expediciones a América, incluyendo las de Vasco da Gama, Lisboa vivió su época dorada, principalmente por las riquezas llevadas desde Brasil. Por eso se ven aún casas de hasta cinco pisos. Los lugares emblemáticos son las plazas del Comercio y la de Figueira; el Rossio; el Monasterio de los Jerónimos; la Catedral; y el barrio Baixa.

No falta la modernidad y para demostrarlo están los barrios elegantes como el Bairro Alto, también la Casa dos Bicos, en la que funciona hoy la Fundación José Saramago.

Además, hay varios mercadillos en los que se puede degustar el reputado bacalao. Virginia se tomó miles de fotos en el Parque de las Naciones o la Torre Vasco da Gama, pero quedó obnubilada con la magia que rodea a la Freguesia de Belem –allí junto a Yenni se deleitó con sus famosos pasteles de nata–.  Eduardo, su hijo, la fotografió en el puerto de Lisboa y el puente que se ve desde casi todos lados, el 25 de abril.

Ahora bien,  sin duda, lo más bonito de Lisboa es su gente. Amables siempre. Mantienen la alegría en el rostro –con excepciones–. ¿Y lo mejor? Que casi todo –para no exagerar– en la metrópoli portuguesa es baratísimo (con respecto del resto de los destinos europeos), desde los hoteles hasta los restaurantes. Por lo que es un lugar ideal para una luna de miel –tiene playas y montañas cerca–, o irse con los amigos. O puede tomar el ejemplo de Virginia, que celebró el cumpleaños de su hijo, quien hoy escribe esta historia para revivir momentos inolvidables, como todos los viajes hechos con el alma y los ojos bien abiertos.

Bendición, madre.

Los imperdibles

Ir a Almada, en el área metropolitana de Lisboa, para subir al Santuario Nacional de Cristo Rey, un edificio de 110 metros de altura desde el que se puede admirar la capital portuguesa en todo su esplendor. Inaugurado en 1959, el monumento se asemeja al Cristo de Corcovado en Río de Janeiro, Brasil.

Y, por supuesto, si está en Lisboa, debe ir a Belem y comer los pasteles de nata, son famosísimos y deliciosos. Otro plan es ir a Sintra, una montaña “mágica” con castillos en la que puede hacer trekking.