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La sonrisa de Atenea

Atenas

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Lienzo mitológico y humano. Atenas fue morada de dioses, cuna de poetas y oradores. Patria de Sócrates, Platón y Aristóteles, de los creadores de la democracia y la tragedia... Atenas, la capital griega, fantasea con reinventarse en aquella urbe culta y caprichosa, madre de todos e ícono indiscutible de belleza y poder

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Atenas

De apariencia natural, no forzada, casi humilde. Atenas es gris, pero también blanca y azul, como los colores de la bandera griega. Alegra el alma su luz, el milagro de la inmensidad de su cielo, misterioso durante las noches sin luna. Es de esas ciudades solo aptas para viajeros sencillos, capaces de volar física y espiritualmente, conocedores de la fórmula de la imaginación desbordante. Bajo estas premisas, el ruido, la contaminación y el desorden propios de una capital con 4 millones de habitantes pasan a un segundo plano. Solamente así, se puede llegar a sentir el deseo de quitarse la ropa, saltar al vacío y sumergirse, sin reloj, en ese azul eterno y etéreo. Ya lo dijo Don Quijote: “Nunca es tiempo mal gastado el que se emplea en vagar por el mundo”.

Nada más llegar, la Acrópolis ejerce de anfitriona. Para conocer la ciudad hay que subir la empinada cuesta hasta la cima de esta colina. Este reto, necesario en el viaje, equivale a trepar los peldaños que conducen al espíritu del mundo griego. A toda hora y durante todos los meses del año, los templos de la Acrópolis acogen mareas incansables de turistas que hacen fotografías sin descanso. El Partenón es quien acumula más flashes.

Orgullo nacional

“Ocho columnas decoran los frontales del templo y 17 sus flancos laterales. De estilo dórico, cada una mide 11 metros de alto y 2 de diámetro. El símbolo de Atenas, que mandó a levantar Pericles, rinde honor a Palas Atenea, diosa de la sabiduría y protectora de la ciudad”, cuenta Katia, guía de los recorridos que organiza Go Tours (gotours.com.gr). La solidez de los Propileos, la belleza sutil de las cariátides del Erecteión o la delicadeza del Templo de Atenea Niké… El Partenón vence sobre todo y sobre todos. “Tan soberbio es su empaque y abrumadora su hermosura, que parece solitario”, relata el escritor Javier Reverte en su libro de viajes Corazón de Ulises.

En la pendiente sur de la roca sagrada se alzan el Teatro de Dionisio y el Odeón de Herodes Ático. Este último, con perfecta acústica, tiene capacidad para 5.000 espectadores. En el pasado acogió a leyendas de la ópera como Callas o Pavarotti y cada año se convierte en el escenario del popular Festival de Verano de Atenas (hellenicfestival.gr). También, a los pies del máximo emblema ateniense, pero esta vez en su cara noroeste, nace el antiguo Ágora. “Si en la Grecia clásica la Acrópolis era el centro religioso, el Ágora era el eje comercial, cultural y social, lugar de encuentro y diálogo entre filósofos y ciudadanos”, explica Katia durante la visita. En este yacimiento destacan el Templo de Hefesto y la estoa de Atalo, pórtico helenístico con funciones de mercado, hoy transformado en museo. Cerca se dispone el Foro Romano con su máximo ícono: la Torre de los Vientos. Construcción octogonal, con funciones de reloj solar y de agua, veleta y brújula.

Tras cruzar el Arco de Adriano, que separa la ciudad antigua de la nueva, aparece el Templo de Zeus Olímpico. Aunque solo conserva 16 de las 104 columnas que lo integraban, su imagen resulta inquietante, más aún cuando el sol se refleja en sus capiteles. A poca distancia, el Estadio Panathinaikó marca el final de este primer maratón cultural. Él acogió a los mejores atletas del mundo, durante la primera edición de los Juegos Olímpicos Modernos en 1896. Para después de la intensa caminata entre vestigios del pasado, los griegos inventaron el café en su versión estival. Nada mejor que un frappé para recuperar fuerzas. Una Mythos –célebre cerveza griega–, bien fría, es otra buena opción para combatir el calor.

Encuadres de postal

Cierto es que desde cualquier parte de la ciudad se distingue el trono de la Acrópolis, pero dos emplazamientos son especiales. La colina de Filopapo es de esos lugares en los que hay que dejar que hable el silencio. Desde su cima solitaria Atenas se extiende sumisa hasta la orilla del mar, donde se perfilan las siluetas de las islas de Egina y Salamina. El Licabeto, coronado por cipreses y un templete ortodoxo, es el mejor balcón de la ciudad. Es recomendable bordearlo al anochecer, cuando la metrópolis centellea luminosa.

Y desde las alturas de nuevo a tierra firme. Plaka es un área salpicada de pintorescas plazas, iglesias bizantinas y callejones adoquinados, como los del barrio de Anafiótika. Villorrio de estilo isleño y flores en los alféizares de las ventanas, que parece transportado desde una de las Cícladas. Es aquí donde seguro se esconde, tras los muros encalados, Afrodita, diosa del amor. Oculta trama, aventuras y lances de pasión… Sonríe a nuestros corazones, lasciva y pícara, mientras nos dejamos arrastrar por el más inofensivo de todos los pecados. Al tiempo, los turistas menos despiertos atestan las tiendas de souvenirs. Cualquier excusa es buena para incitarlos al consumo desmedido. “Me casé con un español, si entráis os enseño las fotos de la boda”, así, con un perfecto español, intenta engatusarnos una de las comerciantes del lugar.

Llegada la noche, mandolinas y cítaras son acariciadas en las terrazas de cafés y tabernas. Con un poco más de suerte hasta se puede ver bailar sirtaki, danza popularizada a partir de la grabación de la película Zorba, el griego. Al protagonista de este filme rinde homenaje Zorbas (zorbasrestaurant-plaka.gr). Esta taberna sirve la más variada selección de mezze, aperitivos con los que descubrir el sabor mediterráneo. Al ritmo del mejor rebétiko –blues griego– los hombres dan vueltas, entre sus dedos, a las cuentas de su komboloi. Matan así el tiempo, el estrés y hasta olvidan su adicción al tabaco, mirando al mundo como quien mira al mar.

De lo sacro a lo profano

Antes de llegar a Monastiraki conviene hacer una parada en la plaza Mitropoléos y visitar la Mikrí Mitrópolis, iglesia del siglo XI a la sombra de la actual catedral neogótica. Luego de este respiro místico, hay que dejar paso al contagioso humor callejero y colorista de los alrededores de la mezquita Tzistarakis. En la plaza Avyssinias, centro del frecuentado rastro dominical, se dan cita a primera hora de la mañana románticos buscadores de tesoros. Los puestos de chamarileros rodean el Café Avissinia (avissinia.gr): “Cocinamos la mejor moussaka de espinacas”, canta orgulloso el encargado. Durante la cena, su terraza ofrece las mejores vistas de una ciudad arropada por millones de estrellas, que los griegos, siempre audaces, presumen de haber bautizado.

Cerca, Ermou es la vía del paseo, de los escaparates con las tentaciones de la moda internacional y de los encuentros entre amigos. El reflejo de la ciudad moderna y el camino hasta la plaza Syntagma, presidida por el Parlamento. Este edificio de estilo neoclásico, construido para el rey Otón I, es el centro institucional de la vida griega. Aquí, se celebran las manifestaciones en contra de los recortes que pauta Europa. “Mala vita, crisis, mala vita”, sentencia un buscavidas llegado hasta el lugar. Hoy más que nunca, los griegos saben que deben enfrentarse a la vida con esperanza y vigor.

Más turístico resulta el desfile que, cada hora, los Evzones, tropas de la guardia presidencial, emprenden hacia la Tumba del Soldado Desconocido. Los domingos a las 10:45 una banda de música militar acompaña la ceremonia del cambio de guardia. Muchos son los curiosos que se acercan, aunque sólo unos pocos se alojan en el lujoso hotel Grande Bretagne. En su esquina nace Panepistimiou, avenida llena de muestras arquitectónicas del siglo XIX. Los monumentos a Platón y Sócrates anuncian la entrada a la Academia. Le siguen la Universidad y la Biblioteca Nacional.

Los graffitis en las fachadas de estos edificios son un reflejo más de la crisis y de la reputación anárquica de la sociedad griega. “Anarquía igual a Eleutheria”, es posible leer una u otra vez. “Eleutheria es la personificación de la libertad en la Grecia antigua. Una libertad que se opone a cualquier forma de autoridad, jerarquía o control social”, explica Giorgos, estudiante de turismo e improvisado guía amateur.

Al final de la calle se abre vibrante la plaza Omonia, donde inmigrantes llegados de medio mundo se afanan en vender todo tipo de chucherías, pañuelos, bolígrafos y cigarrillos. Algunos incluso susurran al oído del visitante: ‘hachís’. Caminar por estas calles es viajar hasta un zoco árabe o suburbio paquistaní. Atenas es multiétnica y en sus aceras huele a comino y a curry. Aromas que se entremezclan en el mercado central, donde entre bromas y barullo se captura el alma popular de la ciudad.

Piezas de un mismo puzzle

Atenas es una extensión de distritos muy distintos entre sí. Más allá del enclave histórico, Kolonaki se postula como el corazón de la elegancia extrema. Tiendas de lujo, frecuentadas por fashion victims, se alternan con coquetos cafés y restaurantes. Las bohemias calles de Psiri esconden locales de moda y antiguos almacenes reconvertidos en discotecas. En Exarquia todavía se respira el sentimiento revolucionario propio de estudiantes, artistas, intelectuales y algún que otro rapero.

De acá para allá se alcanza el puerto de El Pireo, que alberga las modernas instalaciones deportivas construidas para las Olimpíadas de 2004. Hasta la bocana de Mikrolimano acuden los atenienses a comer pescado y a disfrutar de la noche junto al mar. Zea Marina es el punto de peregrinaje hacia las paradisíacas ínsulas griegas. En el golfo Sarónico, el Egeo baña las costas de Hidra, isla donde los únicos medios de transporte son el burro y la bicicleta. La belleza de este lugar, más allá de sus tejados ocres y barcazas de colores, reside en su capacidad para integrar a gentes de todo tipo: hippies nostálgicos y armadores que juegan a ser Cousteau. Hay sitio hasta para los perros sin dueño.

A la vuelta, bordeando la costa Ática, se divisa el cabo Sunio y su Templo de Poseidón, ejemplo de integración y suprema armonía. Desde su cima se siente la fuerza del viento, el sol se oculta tras la línea del mar, los veleros marchan sobre aguas plateadas y la brisa marina deja una carnosa caricia de sal. De nuevo en Atenas, cuando el rumor del tráfico se amortigua, las siluetas de los templos de la Acrópolis vuelven a hablar de antiguos mitos y leyendas. La ciudad muestra las cicatrices de un pasado y presente turbulento, pero también una joie de vivre propia de un país satisfecho y seductor. La mejor manera de conocer a la capital griega no es otra que amarla. Quererla sin miedo y con la misma intensidad con la que luchó Atenea, que desde donde esté sonríe orgullosa.

Más Datos

¿Cómo llegar? Alitalia (alitalia.com) vuela desde Caracas hasta Atenas, con escala en Roma.

Links: visitgreece.gr y breathtakingathens.com