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Los recuerdos de Atarigua se ahogaron en la represa

Una casita en el árbol es el mayor atractivo de este campamento en la represa

Una casita en el árbol es el mayor atractivo de este campamento en la represa

En Atarigua Nuevo viven casi 2.000 personas. Muchos aún recuerdan cuando tuvieron que salir con sus bártulos antes de que el agua les inundara la casa. En 1978 quedó lista la represa de Atarigua o Cuatricentenaria. Si antes vivían de los chivos, ahora muchos trabajan en Barquisimeto, son empleados públicos o artesanos. Pero quieren vivir del turismo y la pesca

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Me crea una angustia tremenda que me hablen de un sitio que no conozco. De inmediato tengo que hacer planes para visitarlo. Fue lo que me ocurrió cuando recibí un correo de Alirio Sulbarán Torrealba hablándome de las bondades de Atarigua y Arenales, dos pueblos larenses a orilla de la Panamericana, entre Barquisimeto y Carora. Para allá arrancamos y aquí les cuento.

Atarigua se ahogó. Iris y Eligio son los tíos de Alirio. Viven en una casita en Atarigua Nuevo. Así se llama el pueblo que sustituyó a Atarigua. “Es una urbanización en el campo –aclara Iris– porque tenemos luz, cloacas, Cantv, liceo, ambulatorio, iglesia. Inavi construyó 175 casas, Fundalara otras 20 y Malariología 20 más. Tienen techos de asbesto que debemos cambiar. Las vías son muy buenas”.

Lo que le falta es personalidad, arbolitos, casas con historia. Todo está recién hecho. El arraigo no ha tenido tiempo de crecer en los corazones de sus 2.000 habitantes. Si bien es cierto que ya casi todos los mayores han muerto, les tocó pasar sus últimos días añorando las viejas casas de barro y caña, los corrales atrás donde pastaban los chivos, la iglesia colonial, las calles empedradas, los arbolitos con alguna rama para guindar el chinchorro, la brisa de la montaña. Les costó entender que les ahogarían el pueblo.

“Se suponía que tendríamos tiempo para salir con calma. Recoger nuestros bártulos, pero hubo un problema con las compuertas y de repente el agua empezó a subir muchísimo” –explica Eligio mientras se la quiebra la voz–. “Había un señor que se negaba a irse. No podía creer que el agua le fuera a llegar a su casa. Lo encontramos en la puerta con el agua en las rodillas. Muchos perdieron a sus animales. Aquí se vivía de criar los chivos en los corrales. Ahogaron nuestros recuerdos. Eso es muy duro. Lo peor fue cuando el agua hundió la cúpula de la iglesia. Ahí se acabó todo”.

Da la impresión de que Atarigua la tuvo difícil. Que la naturaleza se ensañó con su decisión de instalarse en ese valle. La primera fundación quedaba junto a la quebrada de Atarigua. Lo inundó la quebrada de San Rafael. Cuando ya se conocía el proyecto de la represa –pero no habían empezado a construir– hubo un terremoto que casi acaba con las viejas casitas de bahareque. Lograron salvar los santos de la iglesia. Aparecieron en las primeras planas de todos los periódicos. Iris me enseña los recortes. Eso fue en abril de 1975 a las 5:40 am. “El destrozo fue tan terrible que vino el Ejército, tuvimos que salir de las casas y quedarnos en carpas. Entonces se aceleró la construcción de la represa. La hicieron en tres años. Empezaron en el gobierno de CAP y se terminó con Caldera en 1978”, cuenta Iris con sus fotos y sus recortes amarillos.

Supimos que la represa fue un empeño de Ricardo Meléndez, el papá de Sonia Meléndez, creadora de los quesos de cabra Las Cumbres. Cuando lo nombraron presidente de la junta Cuatricentenario de Carora, no quería que la celebración fuera pura fiesta. Pidió que parte de los recursos se utilizaran para un proyecto importante. La represa de Atarigua resolvería el grave problema de agua de la región. Tenía que ser para el riego. Lo que sucede es que las compuertas se dañaron hace tres años y nadie las ha reparado. Cuando sube mucho el agua, alivian con una bomba por encima de las compuertas. Pero con frecuencia cae al río sin control. Les preocupa, porque el dique agarra mucha presión.

Vivir del turismo. A lo hecho pecho, reza el dicho. Si hay represa en Atarigua –aunque tenga el pueblo y los recuerdos de fondo– vamos a aprovecharla.

Nos vamos a navegar. Es inmensa. Son 520 millones de metros cúbicos resguardados por Cerro Grande, de unos 500 metros de altura, que separa las poblaciones de Atarigua y Arenales. Siempre hay lanchitas dispuestas a pasear a la visita. El gran plan es llegar hasta Los Chorros, unas cascaditas preciosas que caen en una poza cristalina. Pero solo se puede llegar en época de lluvia cuando el agua sube. La pesca es abundante y variada todo el año.

Conversamos con Hugo y Luciano, dos pescadores que estaban en la orilla con sus lanchitas. Cobran 100 bolívares por persona para dar una vuelta. Si es todo el día de pesca la cosa cambia. Hay gente que se trae sus lanchas desde Barquisimeto. Como surge competencia, ya se están organizando para formar su cooperativa y prestar el servicio ordenado de paseos y tours de pesca. “Por aquí hay mucha cachama, pavón, guabina y pico e’tetero. Este es el más sabroso. Tiene mucha carne. La guabina es buena, pero tiene mucha espina, entonces hay que agarrarla muy grande. Pescamos con anzuelo y con chinchorro”, cuentan mientras muestran la pesca del día.

¿Y si usan chinchorro no pueden acabar con la pesca? “No. Porque son chinchorros de 3 y media. Solo cae pescado grande”. Hugo pesca sardinas en los ríos y se las vende vivas a los pescadores para que agarren pavones.

En el recorrido vemos pequeños campamentos, todos muy básicos. La gente que viene se queda en carpas. Hay un campamentico con una casita sobre un árbol. En una zona hay una buena casa. Tiene dueño, pero cuando él no está, la gente se queda en la terraza. Aseguran que no hay peligro. Todavía es una región sana por desconocida.

Hacen un campeonato de esquí acuático. Me parece que es perfecto para navegar en kayak. El agua es bien tranquila.

Nuestra recomendación es que mantengan la seguridad y cuiden el medio ambiente. Ya se nota la basura en las islitas y orillas. Cada quien que se traiga lo que lleva. Están a tiempo.

Otra razón para visitar Atarigua es conocer a sus artesanos. Desde la entrada hay letreritos con dibujos de sus caras, su nombre y lo que hacen. Fue una iniciativa para homenajearlos en vida. Una especie de museo viviente. Me encantó.

Guabina en Arenales. La capilla de Arenales la pagó Atarigua porque este pueblo les donó el terreno para hacer Atarigua Nuevo. Es preciosa. Muy cerca de ahí queda El Caney de Enrique, la razón por la cual muchos entramos a Arenales.

Su hijo Carlos Enrique Arrieche nos cuenta que hace más de 30 años su papá llegó de pescar y pensó que por qué no se comía más guabina. Que había que buscar una manera de resolver el drama de las espinas. Lo logró con cortes especiales y la temperatura muy alta al freírla. Fue así como inventó sus chicharrones de guabina que sirven con papitas fritas perfectas, yuca hervida, queso de res que hacen en Carora, ensalada de lechuga, tomate, cebolla, aguacate y mucho cilantro bien fresco por encima.

Empezó bajo un pedazo de techo donde tenía que pedir hasta un huevito prestado para servir un desayuno y ahorita tiene tremendo local para 200 personas, acaba de hacer un salón VIP arriba con aire acondicionado y pantallas de TV y en Semana Santa reciben hasta 2.000 personas. Hizo una gallera gigante en el pueblo. Es un desvío vital, urgente, necesario. Abren a diario desde las 11:00 am hasta las 7:00 pm.

Datos vitales

Caney de Enrique

Calle Bolívar. Arenales

Entre Barquisimeto y Carora

Carretera Panamericana

Horario: diariamente desde las 11:00 am hasta las 7:00 pm

Teléfono: (0252) 201 2013