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Entre pioneros y principiantes la visita se goza el páramo

Estas montañas protegen el Refugio Piedras Blancas | Valentina Quintero

Estas montañas protegen el Refugio Piedras Blancas | Valentina Quintero

Irene fue la primera que se atrevió a convertir su casa en la mucuposada El Trigal. Son 14 años recibiendo visitas de todas partes del mundo. César apenas se estrena como posadero en Llano del Hato, pero le entusiasma que su casa sea el hogar de todos. El Refugio de Piedras Blancas es el punto de partida para la vuelta a los páramos. Su anfitrión es Daniel Toro, un gran conversador criado entre frailejones

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Pequeñita, pero cumplidora. Es la descripción más acertada de Irene Sánchez, esta andina nacida y criada entre las montañas de Mitivivó, por esos predios de Mucuchíes pero más adentro. Cuando se apareció la gente de Andes Tropicales a dictar talleres para promover la creación de mucuposadas, Irene fue la primera en atender el llamado. Quería ayudar a su marido, ganar un dinerito para apoyar a los hijos en los estudios, mostrar el páramo y el pueblo a la visita, conversar con quien llegara y compartir su vida de campo, los sabores de sus fogones, los recorridos por las siembras y el aire puro y limpio de los páramos.

En 1999 colocaron el letrero “Mucuposada El Trigal”. La primera posada de Mitivivó y la primera de Andes Tropicales. Ya son 14 años atendiendo visitas que le llegan de todas partes del mundo. Gente con ganas de compartir la vida sencilla del campo, salir a las siembras y caminar por esas montañas llenas de frailejones donde la única compañía son el cielo claro, algún arriero con su carga de hortalizas, las lagunas heladas y el río que se desplaza sin pausa por entre las piedras. Están a 3.400msnm. Hay que andar abrigadito y caminar lento, porque la altura pega. Pero después de un buen desayuno con pisca andina, arepitas de trigo, un queso ahumado muy fresco y huevitos criollos con la amarilla casi anaranjada, el cuerpo agarra mínimo y las piernas están dispuestas para la travesía.
Irene Sánchez es además la gran líder de Mitivivó, la presidente del consejo comunal. Cada vez que hace falta agarra su autobús, compra pasaje para Caracas y no se regresa hasta que tiene garantizados los recursos para cada uno de sus planes. Todas las casitas que se ven por los alrededores son obra de su convicción. Nadie le dice que no. Es una genuina convencida del trabajo comunal.
 
Se estrenan como posaderos. Desde que era una criatura, César soñaba con tener una casa andina de corredores, con sus techos de teja por fuera y caña por dentro, un buen fogón, rodeada de montañas y con muchos cuartos para recibir a la visita. Por fin la consiguió y ya tenía los churupos para comprarla. Es verdad que estaba deteriorada, pero para eso está él, entusiasta y soñador, con sus manos ágiles y fuerza de sobra. Ahorita abre unas zanjas profundas en la fachada para resolver un problema de filtración. Ya lo tiene casi listo.
Son 4 habitaciones con su baño, distintos niveles, paredes bajitas o altas que separan unas de otras, ventanas para mirar la soledad, unos corredores preciosos que dan al patio central, un viejo horno de leña para hacer el pan y las arepas, la cocina de leña, el aroma del café y el calentao. Se llama Mucuposada Doña Bárbara, porque así se llamaba la finca. Su esposa Deonilde Sánchez lo acompaña en esta euforia de convertirse en posaderos. Asegura que pueden recibir entre 18 y 20 personas. El plan es hacer paseos desde Santa Bárbara hasta la mucuposada El Trigal en Mitivivó y de ahí al Refugio Piedras Blancas o directo al Nidal del Gavilán en Misintá.
La gente que busca las mucuposadas lo que quiere es gozarse las travesías andinas. El carro sólo se utiliza para llegar al destino inicial. A partir de ahí las canillas bien puestas serán el transporte. También pueden probar los caballos y mulas. Estos paisajes se aprecian con la lentitud de las caminatas, el regreso a los orígenes, la conversación personal con los arrieros. Casi nunca hay señal de celular. Las tertulias no se interrumpen, se presta atención a lo que te dicen, nadie anda por ahí como caballo tomando agua viendo la pantalla de un teléfono.
 
Bien lejos.
Al páramo de Piedras Blancas se llega subiendo por el pueblito de La Toma. Pueden llegar perfectamente en carro hasta el Refugio Piedras Blancas. Es una travesía entre frailejones, piedras, montañas, silencio y aire limpio. A un lado corre el río helado. Con un sol radiante es posible darse un baño rejuvenecedor para conseguir de inmediato el calor bajo la chapa de sol pegado de la altura. Los cielos son azul intenso, de pocas nubes, luminosos y pulcros. El amarillo del sol consigue que tanto el paisaje como la piel luzcan frescos, sanos, rozagantes y felices. Las piedras afiladas y negras muestran cada una de sus grietas y perfiles. En la mitad de la nada se aparece este casita hundida entre las montañas, con los techos de tejas, las paredes muy anchas para conservar el calor, el rodapié azul intenso, algunos detalles en amarillo, tres habitaciones lindas con sus camitas tendidas, unos sofás con cojines, la chimenea, el fogón muy acogedor, los corredores y las cumbres protectoras.
Antes se utilizaba sólo para dictar talleres a los beneficiarios del proyecto Andes Tropicales, pero ahora se abrió a la visita y quien se ocupa de atenderlos es Daniel Toro. Oriundo del lugar, campesino y arriero, conocedor de cada uno de los caminos, es tremendo conversador. Expresivo, divertido y entusiasta. No se le arruga el ojo para arrancar a caminar. Ensilla los caballos para quien se los pida, echa los cuentos y se emociona con cada visita. Ha tomado talleres de interpretación de la naturaleza para explicar cada matica. También de primeros auxilios para atender alguna urgencia. Le encanta que la gente se entusiasme con hacer “La vuelta a los páramos”. Es una travesía que sale desde Mucumpis hasta La Culata. Son días de caminata con hospedaje en las mucuposadas del camino y se gozan las lagunas de Los Patos, La Carbonera y El Perro. Es un paseo de contemplación, sin el menor afán. Lo que sí agradecemos quienes amamos estos parajes, es que la visita los deje tal y como están: sin arrancar maticas ni lanzar basura.