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Una parada feliz y natural en la ruta a Mérida

Pablo Krisch tiene más de 30 años viviendo en las montañas merideñas | Pablo Krisch

Pablo Krisch tiene más de 30 años viviendo en las montañas merideñas | Pablo Krisch

Pablo Krisch tiene más de 30 años viviendo en las montañas merideñas. De ahí ha salido a recorrer todo este paisaje para captarlo con su lente, con su pasión por la imagen que convierte sus fotos en luciérnagas.  Ahora unió naturaleza y fotografía para crear ­junto con su esposa e hijos­ el parque La Piedra Blanca en Cacute, entre la Carretera Trasandina y el río Chama. Un sendero que nos acerca a la exuberancia de nuestra geografía. Serán dichosos en este recorrido

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Cuando anden por esa carretera de curvas que lleva desde Barinitas hasta Mérida, estén pendientes cerca de Cacute, después de Los Aleros y casi enfrente de Vista Hermosa, para que vean un letrero de madera que dice: Parque Botánico La Piedra Blanca. Tienen que pararse. Hay un estacionamiento de tierra. Abre los fines de semana y en temporada todos los días. 

Se trata de la creación de Pablo Krisch junto con su esposa Teresa y sus hijos Ayrto, Sebastián e Israel, todos habitantes de estas montañas. 
Tanto amanecer abrazados por esas vistas imponentes, arrullados por la corriente del Chama cuyo brillo ven desde su casa, protegidos por árboles altos y fuertes, alimentados por esa tierra donde todo crece sano porque es agradecida con los cuidados, que decidieron compartir el privilegio con la muchedumbre que atraviesa esos caminos. 

Más de cerca

Cuando uno va por esa carretera con tanto paisaje y una geografía tan diversa, provoca acercarse a indagar cómo se llaman los árboles, si es posible tocarlos, identificarlos, ver a qué huelen, si son capaces de sanar alguna enfermedad. El río Chama acompaña en toda la travesía, pero es una línea lejana, una presencia que ni se oye al circular en el carro o el autobús. Las paradas en el camino son para comer o comprar en unas tiendas de artesanía que no se parecen ni a Venezuela ni a los Andes nuestros. 

En el Parque Botánico La Piedra Blanca se camina por un senderito que fue limpiado de monte, pero que mantiene intacta la vegetación alrededor. Un bosquecito sin ninguna intervención. Cada árbol con un letrero que lo identifica. Al principio se oyen el Chama y los carros que pasan. En cuanto uno se adentra un poquito más, el alboroto del agua entre las piedras elimina el mundo civilizado y deja solo los sonidos de la naturaleza virgen. Es muy relajante el agua que corre y la dicha de caminar hasta instalarse en frente, ver las formas curiosas de sus piedras, entender que cuando se pone atención puede ser una sinfonía porque la melodía varía según el caudal y la caída. 
Galería al aire libre. Amo las fotografías de Pablo Krisch. 

Viajamos juntos por más de 15 años y lo vi lanzarse por un despeñadero para conseguir el ángulo deseado. Tuve que levantarme siempre de noche para estar al amanecer en el sitio con la luz perfecta. 

Nunca se conformó ni con un poquitico menos de lo que esperaba. He visto sus imágenes en libros, galerías, revistas y presentaciones. Pero jamás me han impactado tanto como en este bosque. Pablo las plastificó y las guindó con nylon entre las ramas. Están mimetizadas con los verdes. 

Hay que caminar muy pendiente para ubicarlas. Son luciérnagas. Son relámpagos de luz. 

Un araguaney ­ el árbol que escupe luz, como le dice Pablo­, brinca entre un matorral. Flores tropicales como riqui-riqui que no existen en esas montañas, pero sí en Venezuela, ahora se lucen entre una vegetación andina. Orquídeas y calas o un bosque encantado en blanco y negro. También hay matas de lechosa, un sendero de helechos y florecitas silvestres amarillas. Hay que detenerse en los niveladores emocionales: piedras en equilibrio que llaman a sanar los enredos del cuerpo y el alma. 

Los senderos de interpretación deberían existir en todas las carreteras de Venezuela. 

Tendríamos que poder pararnos en todas partes a entender y apreciar nuestra naturaleza. No se hace turismo desde la ventana de un carro. Se es un viajero cuando se conocen de cerca los países. Cuando nos involucramos. Cuando hablamos con sus habitantes. 

Cuando sabemos cómo se llaman los árboles, probamos las frutas, pedimos recetas, metemos la mano en el río y lo oímos de cerquita. Eso es lo que persigue y logra el Parque Botánico La Piedra Blanca. 

La finca y el museo

Luego de este contacto cercano con el universo al natural, pueden subir hasta el Museo de la Piedra. En cada viaje Pablo cargaba con piedras. Las sacaba de cualquier parte. Muchas sostienen las puertas de mi casa, pero casi todas están en un salón de su museo. Ahí mismo piensa hacer un restaurante campesino, para ofrecer las gloriosas sopas y arepas de trigo que hace su esposa Teresa. En la finca cultivan frutas y hortalizas. Sebastián ­su hijo del medio­ ama la tierra. Ha resultado tremendo agricultor. 

A veces contrata los bueyes con un vecino y se faja en el arado. Israel ­el menor­ trabaja por ahí cerca e invierte sus ganancias en la siembra de su hermano. Ayrto ­el mayor­ está a punto de graduarse en cocina. 

Todos participan en el Parque Botánico La Piedra Blanca. Ofrecen igualmente visitas guiadas a la finca y al Museo de la Piedra. Pablo dicta talleres de fotograf ía con hospedaje en la finca. 

Esta es una parada que nos reconforta con Venezuela. Nos demuestra que las cosas más sencillas son nuestra fortaleza. Me conmovió muchísimo recorrerlo con Pablo, Teresa y sus hijos. Es una parada muy feliz.