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La inspiradora luz de Lisboa tiene su ciencia

Fotografía de Nuno Cera que forma parte de la exposición / Foto Nuno Cera

Fotografía de Nuno Cera que forma parte de la exposición / Foto Nuno Cera

Una exposición en el corazón de la capital portuguesa analiza el fenómeno, que no es solo poética sino también científica

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Capaz de enamorar a directores de cine y fotógrafos de todo el mundo, de inspirar poemas y escritos en prosa y de seducir tanto a turistas como a locales, la luz de Lisboa es uno de los principales iconos inmateriales de la capital lusa.

Aunque no se puede tocar ni ver, es la responsable de la luminosidad y de los colores con los que el ojo humano puede apreciar la ciudad.

La relación es recíproca: la luz de Lisboa envuelve a la capital de una magia especial, pero son varios factores de la propia ciudad los que permiten crear esa luminosidad tan característica que protagoniza ahora una exposición en el corazón de la urbe.

“La idea era intentar entender si el hecho de que esta luz sea tan bonita para los extranjeros es verdad o es un mito”, dijo la directora del Museo de Lisboa, Joana Monteiro, institución que ha llevado la exposición a la célebre Plaza del Comercio.

Con la colaboración de varios expertos en física, la exhibición muestra los factores científicos que influyen en la concepción de la luz de Lisboa y que parten de la localización geográfica de la ciudad al sur de Europa.

Es la capital europea con más horas de sol al año, con una media de 2.786 horas, por delante de las 2.691 de Madrid y muy lejos de otras ciudades como París (1.661) y Londres (1.573), respecto a las que también cuenta con una nubosidad más baja.

“Portugal es un país con mucho viento, lo que limpia la atmósfera y permite una alta visibilidad”, explicó Monteiro, quien recuerda que desde la capital lusa es posible ver la otra margen del Tajo con nitidez, a pesar de que está a una distancia de casi dos kilómetros.

La topografía de Lisboa también influye, ya que las siete colinas sobre las que se erige la ciudad le otorgan la forma de una concha, de modo que la luz se refleja en las colinas y en el Tajo y se concentra en los valles.

La fórmula se completa con los materiales con los que está construida la ciudad, diferentes a los de otras ciudades europeas.

Las fachadas de colores rosas, amarillos y ocres, los azulejos que recubren algunos edificios y la tradicional “calçada” portuguesa que recubre el suelo de la urbe, todos ellos de tonos claros, multiplican la luminosidad.

“Fue un desafío porque la exposición versa sobre algo que no se ve”, reconoce Monteiro, que desvela que el proyecto nació hace más de dos años, cuando en el museo decidieron recopilar los atractivos turísticos de Lisboa y repararon en que su luz era uno de los atributos que solían destacar en las guías de viajes.

El brillo tan especial que envuelve la capital portuguesa ha inspirado a artistas lusos y extranjeros, que durante siglos han escrito sobre ella y la han retratado en fotografías, pinturas, películas y hasta anuncios de televisión.