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Los extraños tesoros del Museo Nobel

Museo del Nobel

En las vitrinas se encuentran desde cinta adhesiva, una fotografía de un niño con un gato hasta un pisapapeles con forma de hipopótamo

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Cada año, una de las primeras actividades de los premiados con el Nobel cuando pisan Estocolmo es visitar el Museo Nobel, que previamente les ha pedido si pueden donar “algo que cuente una historia” y que sea importante para el galardonado. Esos objetos se atesoran en una sección con vitrinas. En los casos de los galardonados más antiguos, los artículos han sido donados por sus familiares.

“Creatividad” es la palabra que mueve el Museo Nobel, explicó Gustav Källstrand, uno de los comisarios de la institución. “Queremos servir de inspiración a los jóvenes, que se diviertan, que sean curiosos”, pues nunca se sabe si uno de los niños y adolescentes que juegan por sus salas, y que participan en los talleres y charlas que allí se dictan sobre los Nobel acabarán siendo uno de ellos.

No es normal ver en la vitrina de un museo una cinta de papel de adhesivo con su soporte. Esta perteneció a Andre Geim y a Konstantin Novoselo, ganadores del Nobel de Física 2010 por aislar el grafeno, ese nuevo material con propiedades sorprendentes. Ambos decidieron dar al museo la cinta con la que limpiaban de los microscopios los restos de carbono para poder deshacerse mejor de ellos y fue precisamente de esos pedazos de cintas adhesivas impregnadas de mineral de donde acabó saliendo el grafeno.

Ese mismo año logró el galardón de Literatura el peruano Mario Vargas Llosa, de quien se conserva un pisapapeles en forma de hipopótamo con la boca abierta y subido sobre dos libros, uno de la extensa colección de este tipo de animales que guarda en su casa y que tenía en su escritorio. El año pasado, el escritor Patrick Modiano regaló también al Museo algo que tenía en su escritorio y que miraba mientras escribía: la fotografía, en blanco y negro, de un niño acariciando un gato.

Menos convencional es el par de zapatos que se conservan de la Nobel de Literatura 1909, la sueca Selma Lagerlöf, quien encontró la inspiración para su serie de novelas sobre Gösta Berling durante un paseo. Y mas extraño aún es el frasco de cristal que perteneció al Nobel de Medicina 2005, Barry Marshall, quien no dudó en beber de ese tarro la helicobacter pylori. Marshall se infectó así con la helicobacter y pudo demostrar, en carne propia, que las úlceras gástricas las produce esa bacteria, por lo que ganó el Nobel. Y es que no hay casi nada que un científico no esté dispuesto a hacer por su ciencia.