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El que busca, encuentra (eso dicen)

Ilustración: Mauricio Lemus

Ilustración: Mauricio Lemus

La rutina en Caracas se ha convertido en una búsqueda de tiempo perdido en aguas de río revuelto

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En Caracas, a las 3:00 am, no se busca lo que no se perdió, pero desde hace algunos años siempre se extravían cosas en este país; no falta alguien que no llegue, algo que se rompa. Por eso, hay habilidades y competencias que hemos tenido que incorporar a nuestro acervo cultural, indicadores superlativos de sobrevivencia, que ofrecemos a la carta cuando hay que encontrar lo perdido. El descaro está pegado a uno como ventosa sin que nos percatemos de ello.. La influencia del medio es ineludible, eso dicen. El que busca encuentra, eso dicen también. Pero para hallar lo perdido, eso lo digo yo, hay casi que morir y volver a nacer.

La rutina en Caracas se ha convertido en una búsqueda de tiempo perdido en aguas de río revuelto. Debuta Taxi Premier para calmar la zozobra de un servicio fallido acordado con tiempo para salir con anticipación al aeropuerto. Llegamos a Maiquetía en 20 minutos a pesar de la llovizna, la mancha negra y un retraso de media hora. Olvidé a Edwin y la ansiedad de que apareciera en el whatsapp luego de vociferar su nombre con la escritura, agregando veinte letras «e» a su nombre no menos de diez veces. El esfuerzo fue en vano. En su lugar está Yoban, asegura la puntualidad del servicio a costa de correr a 140 kilómetros por hora y de generar otro susto para la colección. Yoban lanza sus honorarios.

—Ay, no me digas —me salió decir con risitas a cuentagotas. No lo tengo, amigo. Es que Edwin me cobra menos y vengo justa. Te pago con cheque, ¿ok? Corres con suerte, traigo uno en la cartera, jaja. Toma mi número de teléfono y dame el tuyo, así te llamo al regreso y nos vienes a recoger.

 

Yoban torció la boca, dijo que no es posible, argumentó, pero le dije que soy gente buena. Creo que me creyó porque agarró el cheque y me ayudó a bajar las maletas.

 

 Maiquetía colapsa en época de vacaciones. Se nota el entusiasmo de la gente. A juzgar por mí, se debe a que todos llevan su crédito CADIVI. Sonrisas por doquier. De «Miami dame dos» pasamos a «Miami por dos mil quinientos verdes». Como sea, Venezuela bajo el Gobierno que esté, asegura a sus ciudadanos bonanza a pesar de la disparatada inflación y el quiebre de la economía. Mi economía ahora se asocia con el sostén push up que aprieta también los dólares de CADIVI. Más vale verificar que todo está en su lugar.

 

 Ando con dos niños pequeños a punto de dormir. El IPhone para variar se descargó. No consigo toma corriente. Busco uno para permanecer entubada al mundo. Es vital.

 

 Chequeamos equipaje. Pasamos a emigración. Nos atiende una jovencita robusta que descansa su busto sobre el aparador mientras tiene los audífonos puestos, y con la cabeza gacha, alza la mirada. «El siguiente».

 

Me vino a la mente Laura en América. El mostrador tenía residuos de Óreo fudge, tantos que delatan por lo menos la ingesta de una docena de ellas. La funcionaria no tuvo necesidad de darme indicaciones porque antes de que dijera nada ya tenía todos los documentos frente a ella. Me imagino que escucha música para mantenerse en vigilia, pero yo busco subirme al avión, así que espero que se decida a hacer bien su trabajo. Algo le inspiró mi pensamiento porque con minuciosa y detenimiento revisó tanto pero tanto los permisos de salida que no me empezó a gustar el asunto. Por fin destapó sus oídos y habló: 

—Permítame pero debo hablar con mi superior.

 

 ¡Ay! ¡Misericordia! Era muy temprano para tanta adrenalina.

 

 Llegó un superior que no excedía mi metro y medio, y restaba la mitad de mi edad.

—Soy el asistente de los operadores y usted no puede llevarse a los niños de viaje. Sus permisos no son válidos. Eso es un delito en este país.

—Los permisos están apostillados con el sello de la Haya, el de mayor confiabilidad en materia de derecho  internacional. No me haga esto por favor —eso lo dije aspirando el disgusto y expirando 20 de los 30 años que por lo menos me quedan de vida.

—Podrá tener el sello de la Hoyada, pero no tiene el sello de la Lopna, así que o nos deja el permiso o no se va.

—Señor, dije, el sello es de La Haya y no se lo puedo dejar porque me costó un dineral sacarlo en Mexico, por cierto, donde reside el papá de mis hijos. Además, el motivo del viaje es porque los niños van a verlo y yo, su madre, los estoy llevando para ese fin. Revise los pasaportes y verá que los niños ya han salido dos veces de Venezuela y lo han hecho con el mismo permiso.

—Sí, pero los procedimientos cambian y usted tiene que estar pendiente de esos virajes, esta vez no puede irse presentando ese documento, necesito el sello de la Lopna.  Ya bajará el superior a evaluar la situación.

 

 Para entonces el vuelo salía en 10 minutos. Los 10 minutos transcurrieron atendiendo a otras personas, pasaron frente a mi chinos, ecuatorianos, venezolanos, todos sin problemas. La joven que me atendió ya no tenía los audífonos pero continuaba con la cabeza baja. El «petit superior» se desapareció y no apareció incluso 10 minutos después de la hora de salida del vuelo.

 

 Vi a un joven y no aguanté preguntarle por la persona que nos estaba atendiendo.

 

—Disculpe —digo—, solo por recordarle, sabe usted que nuestro vuelo salía hace 10 minutos y no sabemos del inferior, perdón del asistente menor, es decir, del superior subalterno, o sea, del asistente del superior, en fin,  ese que fue a traer al jefe mayor y no aparece, y como consecuencia podemos perder el vuelo. ¿Será que puede calmar un poco mi incertidumbre y decirme cuándo podremos irnos?

 

 Por fin encuentro un enchufe con las hendiduras medio quemadas y la tapa floja por falta de un tornillo, pero ahí me conecté. Nada  más falta que me electrocute, por lo menos,  me perderé el desenlace de esta historia. Pensé en escribirle a mi hermana, pero el whatsapp nunca mostró dos palomitas.

 

 Aparece «la apple» en la pantalla, suena el timbal que anuncia a alguien en el whatssapp.

—A las 6:10 am veo un mensaje de las 3:45 am: «Sra Raquel es Edwin, me quedé dormido, jejeje si quiere ahora mismo paso a buscarla».

Ufff, lo deseché y busqué escribirle a mi hermana en Miami. Le cuento lo que esta pasando y responde:

—Jajajajajajajajajajajaja... No puedo escribir de la risa.  Antes de convencerla sobre la veracidad del suceso, apareció un grupo de amigos de esos que nunca quieres encontrarte que me vieron sentada en el piso con los dos niños dormidos.

—¿Necesitas algo? ¿Qué haces allí?

—Aquí, no más, fíjate, cruzando la frontera.

—Pareces mojada, jajajajaja

—Mojada, chorreada es lo que estoy. No hay con quién hablar y confunden un permiso de la Haya con uno de la Hoyada. Será por tanto chino que hay allí que creen que la Hoyada se internacionalizó.

—No —dice mi hijo— es por tantos juguetes chinos, pero que son tan chimbos que se hizo famoso el lugar. Mi mamá compró allí los juguetes de la piñata de mi hermanito y tuvo que botarlos toditos.

—Amiga, dile a tu hijo que ahora no diga nada de eso. ¡Discreción, por Dios, discreción !

 

 Por fin aparece el petit supervisor, diciendo «mire váyase y corra porque el vuelo se va, pero más nunca viaje con ese permiso. Aquí en República Bolivariana de Venezuela la Lopna es lo que sirve. Recoja a sus muchachitos y salga».

 

 Mi hijo pequeño permanecía dormido, pero entre el equipaje de mano y la premura, tuve que despertarlo y hacerlo correr semidormido hasta el otro lado del aeropuerto. Le pedí a mi hijo grande que se adelantara para llegar a la puerta de abordaje, y para avisar que llega una madre desesperada con su hijo. «Ay, má. Eso no lo voy a decir».

 

 «Corre Lola, corre». Estaba en una carrera de obstáculos que había comenzado hace tres horas y no me había percatado que ya estaba en la recta final. Entre que seguía con la mirada el recorrido de mi hijo mayor y arreaba al chiquito, se me caían los bolsos de mano, y al menor se le salían las chanclas de los pies. Entre llantos y traspiés, también un «Má tengo sueño» y «tú mala», llegamos a tumbar la puerta del acordeón que permite entrar al avión. Ya no había personal de la aerolínea para atendernos. Era lógico, llegamos 20 minutos después de anunciarse la última llamada.

 

 Apareció alguien que me dijo:

—Señora, qué irresponsabilidad llegar a esta hora. El vuelo está a punto de afinar detalles para el despegue; la estuvimos llamando varias veces.

—Déjeme pasar por favor. Pronuncié esas palabras como quien anuncia su último deseo en la vida. Se abrieron las puertas y nos sentamos en las butacas del avión. Abrí los compartimientos del equipaje de mano, subida en el descanso para el brazo. Me bailaban las piernas. Terminé por desplomarme en la butaca y me puse a llorar. Caprichosamente me temblaba la mandíbula, y un dolorcito insistente me recordaba que existe el peroné.

—Señora, ¿le buscamos agua?

—Sí… Aunque, en realidad, busco un mejor país… Ahora mismo no lo consigo.