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En el bazar de Damasco añoran a los turistas

 Vía central del mercado de Hamidiye, en pleno centro de Damasco / Foto EFE/Susana Samhan

Vía central del mercado de Hamidiye, en pleno centro de Damasco / Foto EFE/Susana Samhan

Pese a que el país está inmerso en un conflicto sangriento, una aparente normalidad reina en el bazar de Hamidiye, al igual que en otras partes de Damasco, donde la única señal visible de que el país está en guerra son los numeroso puestos de control militares

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Said lleva 18 años trabajando en el antiguo mercado damasceno de Hamidiye y añora los tiempos de preguerra en los que turistas de todas partes del mundo recorrían este bazar, cuya clientela actual es 100% siria.

“Como mucho, pasa por aquí algún extranjero de la ONU o de la Cruz Roja, pero poco más”, comenta Said en su puesto, donde vende guitarras, alfombras y cajas de madera.

Cinco años de guerra no solo han traído la completa desaparición de los turistas, sino también la devaluación de la libra siria frente al dólar.

Said muestra una alfombra artesanal que si antes del inicio de la contienda en 2011 costaba el equivalente a 50 dólares ahora no vale más de 10 dólares, aunque los precios dentro del país han subido.

“Pero eso sí, ha bajado la calidad para poder mantener el negocio, si bien antes las alfombras eran de tejidos naturales como el algodón o incluso la seda ahora todo es poliéster y acrílico”, detalla.

Pese a que el país está inmerso en un conflicto sangriento, una aparente normalidad reina en el bazar de Hamidiye, al igual que en otras partes de Damasco, donde la única señal visible de que el país está en guerra son los numeroso puestos de control militares.

Sin embargo, no deja de ser un espejismo porque, como explica Mohamed Abir, dependiente en una tienda de marroquinería,”antes todo era más tranquilo, había seguridad y los precios eran más bajos. El mercado estaba abierto a cualquier hora”.

“Ahora, yo trato de regresar a casa entre las seis o siete de la tarde, cuando antes yo no solía marcharme hasta las nueve o diez de la noche”, rememora.

Durante el día, el mercado es un hervidero de gente: muchos sirios aprovechan para pasear bajo la sombra de su bóveda de hierro, que proporciona un cierto alivio de las temperaturas casi veraniegas; otros curiosean entre las tiendas y alguno se decide a comprar.

Creado en 1780 durante el mandato del sultán otomano Abdul Hamid, del que toma su nombre, este bazar, que se extiende a lo largo de una gran calle central, es un lugar emblemático de Damasco que sigue el recorrido de una antigua vía romana que conducía al templo de Júpiter y que hoy desemboca en la Mezquita de los Omeyas.

Los tiempos modernos han traído zozobra a este mercado y a sus comerciantes, que luchan por salir adelante.

Uno de ellos es Mohamed, de 63 años y dueño de una tienda de vaqueros “made in Siria”.

“Ahora el negocio es regular, antes estaba mucho peor, pero gracias a Dios vivimos”, suspira con una media sonrisa.

La clave de su supervivencia ha sido la exportación a otros países de la región, como el Líbano e Irak.

“Las telas vienen de Siria y China, fabricamos en Alepo (norte de Siria) y vendemos aquí. Contamos con un diseñador que sigue las modas en Europa y Estados Unidos para estar a la última y que crea los patrones”, explica rodeado de vaqueros mientras bebe a sorbos un café.

Pipas de agua, lencería, ropa de mujer y hombre o bolsos copan las tiendas de Hamidiye dedicadas exclusivamente a la clientela local.

Mahram y Hala pasean por el mercado y afirman que apenas ha cambiado físicamente en cinco años y que conserva los mismos comercios.

Eso sí, “los precios han aumentado bastante”, asegura Mahram, quien precisa que se han triplicado, lo que no impide que sigan acudiendo a Hamidiye porque “allí se encuentra de todo”.

A Hala le encanta acudir al bazar en busca de ropa y accesorios. “Mucha gente viene para comprar las cosas de las bodas y compromisos”.

Así lo corrobora el joven Yazan, de 24 años y que trabaja en la joyería familiar junto a su padre: “El negocio va bien porque la gente se sigue casando y viene a nuestra joyería para comprar oro para los casamientos”.

La caída de la moneda local frente al dólar ha hecho que los precios de las joyas se hayan disparado.

“Un brazalete (de oro) cuesta ahora 200.000 libras sirias (unos 1.141 dólares) cuando antes podían ser 50.000 (228 dólares)”, apunta Yazan, mientras señala una de las piezas que tienen expuestas en el escaparate.

Lejos quedan los tiempos en que turistas, como españoles o italianos, como dice Yazan, recorrían este mercado centenario, que sobrevive en un país en guerra.