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Lo barato sale caro, de acá a Tailandia

Aunque tenga a mano un abanico de excursiones con ofertas similares siempre dude en decidirse por la más económica, lo mejor es echar un ojo en Internet y revisar los comentarios

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La camioneta se iba llenando de voces a medida que se abría paso hacia el monte Kup Kap. En inglés, francés y español todos hablaban sobre lo mismo: la excursión que estaba por comenzar. La montaña lucía una cabellera de nubes grises que todos pretendían ignorar. Los kilómetros que los separaban de Chiang Mai iban transformando los edificios en árboles y, de vez en cuando, en elefantes.

Los elefantes y el trekking son los dos protagonistas del turismo en el norte de Tailandia. Al indagar en las agencias uno se verá inundado en folletos de empresas diferentes, pero con textos idénticos. Estos venden las mismas actividades en distintas combinaciones: ascenso a la montaña y paseo en elefante; ascenso a la montaña sobre elefante; ascenso a elefante y paseo a la montaña. Dada la similitud de la oferta es común cometer el error de elegir la opción más barata. Ese fue el caso de estos seis turistas, de ahora en adelante conocidos como “las víctimas”.

Aunque parezca el comienzo de un chiste, el grupo estaba integrado por dos franceses, dos ingleses, una argentina y una venezolana. Iban acompañados por Chino, el casi-adolescente guía del tour. Poco a poco la selva se los tragó hasta no dejar rastro de ellos. Una vez adentro, se detuvieron a almorzar en un refugio a la orilla del río Mae Tang, donde había otros grupos comiendo. Cada uno tenía un menú diferente preparado por la empresa que contrataron. El de “las víctimas” era una metáfora de lo que sería el resto del viaje: mucho peor que el de los demás.

Un trueno sirvió de señal de partida a la caminata cuesta arriba. Luego de un rato, la insistente llovizna los obligó a meterse en las bolsas de basura en forma de impermeables que habían comprado en el camino. De lejos parecían un arcoíris de colores intercambiables. A su alrededor se podían diferenciar decenas de tonos verdes, azules y grises. A pesar de la lluvia y las nubes, era un espectáculo que los obligaba a detenerse con frecuencia en los miradores de la subida. Sin embargo, Chino logró conducirlos a la meta en menos de dos horas. Eso gracias a que su inglés se limitaba a dos palabras: faster y hurry (en español: más rápido y apúrense).

El destino final era un asentamiento de la población aborigen Lahu. La cabaña de bambú que los esperaba sobre un risco justificó el esfuerzo previo. Seis niños de la aldea se treparon sobre los recién llegados como si fuera un parque infantil. Luego reaparecieron vestidos con trajes típicos y cantaron algunas canciones adorablemente mal entonadas. El segundo show fue el aguacero que se desplomó sobre los techos de zinc y dio por terminadas las actividades del día.

A la mañana siguiente la lluvia seguía incólume. El itinerario indicaba que tocaba hacer rafting en la base de la montaña. Sin embargo, no parecía haber necesidad de ir hasta allá: el camino se había convertido en un río. Chino no quería bajar en esas condiciones, pero su jefe ordenó lo contrario desde su despacho en la ciudad. Nadie parecía contento con la decisión, pero igual se enfundaron en sus bolsas de basura y comenzaron a caminar. Cada pocos metros alguien se resbalaba y rodaba como bola de chicle. Las risas fueron rápidamente sustituidas por groserías multilingües. Varios grupos de turistas los pasaron en dirección contraria y uno de los guías les dijo que estaban buscando rutas alternativas menos peligrosas. Alguien planteó la posibilidad de seguir a uno de los grupos, pero Chino ni siquiera bajó el ritmo para dejarlos pensar.

Luego de tres tortuosas horas llegaron abajo. Estaban relativamente ilesos y bastante aliviados, pero ignoraban que faltaba la parte más difícil del camino. Había que atravesar las neuróticas aguas del río varias veces, sobre troncos que habían sido colocados de manera improvisada. La lluvia se negaba a retirarse y todos los sistemas de impermeabilización aplicados a morrales y cuerpos habían colapsado. El último cruce fue muy cerca a la caída de una cascada. El agua les empujaba las piernas con fuerza, tirando abajo lo que quedaba de tolerancia.

Al llegar al otro lado, una parte del grupo se negó a seguir participando en el tour. Chino les informó que el vehículo no podría pasar por ellos hasta el final del día, así que tendrían que permanecer juntos hasta entonces. Se dirigieron a una granja de elefantes, donde encontraron a todos los animales encadenados. Sólo dos de los seis turistas accedieron a treparse sobre las espaldas grises para realizar una bizarra versión del paseo en pony de las piñatas. El espectáculo fue ligeramente compensado por la oportunidad de alimentar a uno de los paquidermos, que se devoraba los cambures como caramelos masticables.

Finalmente, apareció la camioneta para emprender el regreso. El ruido agudo del motor asemejaba un silbato de “fin de juego”. Se dirigieron a la oficina de la empresa donde algunos exigieron hablar con la persona a cargo. Uno de los hombres que venía en el vehículo apareció luciendo una placa de gerente.  Había viajado con el grupo desde algún punto del recorrido y había escuchado las quejas en tres idiomas; pero había esperado hasta escudarse detrás de su escritorio para manifestarse.

Solamente las latinas tomaron la batuta en la batalla. Los otros se transformaron en columnas y se desdibujaron de la situación. Las amenazas y peligros del trayecto fueron enumeradas y sumaron un número alto. Sin embargo, la petición de un reembolso fue recibida con risas. Picada de ojo mediante, el gerente se excusó y, sin decir adiós, se retiró. Afuera esperaba un vehículo que los llevaría a todos a sus respectivos hoteles. Todos, menos las dos manifestantes, subieron. Ellas pasaron de largo, perdiendo el último de los beneficios incluidos en el paquete. Más tarde, buscaron a la empresa en una web de reseñas de viajes y turismo, encontraron decenas de críticas negativas. En cambio, la mayoría de las otras agencias ostentaban comentarios de clientes felices.

Sin duda, este grupo aprendió una importante lección: cuando dos productos parecen idénticos pero el precio varía es muy probable que no sean tan idénticos. Menos mal que esta vez la moraleja salió casi tan barata como el tour.

 

Cómo elegir un buen tour

-No elija la primera opción, tome en cuenta varias empresas.

-Asegúrese de que los operadores estén registrados en la oficina gubernamental de turismo o en el organismo pertinente.

-Haga muchas preguntas: ¿Qué comeremos? ¿Cuántos somos? ¿Es exigente la subida?

-Revise una página de reseñas de turismo en Internet y lea los comentarios sobre las distintas empresas.