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La aldea de Huanluo ofrece una cara más tradicional de China

A las terrazas para el cultivo de arroz en las inmediaciones de Huanluo se llega en un teleférico / Foto: Julia R. Arévalo

A las terrazas para el cultivo de arroz en las inmediaciones de Huanluo se llega en un teleférico / Foto: Julia R. Arévalo

Las Terrazas de Longji, en la provincia de Guangxi, ya albergan algún hotel de lujo con vistas panorámicas y ofrecen espectáculos nocturnos de los arrozales iluminados y fuegos artificiales

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A 90 kilómetros al noroeste de la muy turística ciudad china de Guilin, en la misma provincia de Guangxi, la aldea montañosa de Huanluo parece existir solo para recibir al visitante y ofrecerle sus coloridos ropajes y textiles artesanales, sus coros y danzas y la extraordinaria cabellera de sus mujeres: recogida en complicados moños sobre la frente en el caso de las casadas o cubierta con un pañuelo negro cuando aún están solteras... salvo cuando la sueltan para deleite de los turistas y los registradores del Libro Guinness de los Récords.

Las diminutas mujeres de esta aldea, de la etnia yao rojo, nunca se cortan el pelo y atesoran cada hebra que cae al peinarlo para hacerse extensiones o rellenos, llegando a conseguir melenas de casi metro y medio de largo. La de Huanluo es una de las aldeas de Longji (en el condado de Longsheng), donde según una canción folclórica local hay “13 pueblos, con 13 hogares en cada pueblo, de 13 miembros cada uno, así que todo el mundo tiene dos suegros”.

Las etnias yao y zhuang conviven en Longji (Cresta de Dragón, en chino), donde el esfuerzo de siglos de sus campesinos por ganarle tierra a las montañas ha construido un paisaje fantástico de terrazas de arrozales que rozan los 1.200 metros de altura, a casi 2.000 metros sobre el nivel del mar.

Desde una decena de miradores, el visitante puede quedar maravillado por las vistas panorámicas de las “escaleras de arrozales” que suben hacia el cielo y se funden con las nubes, de distinto color según la fase de siembra.

Aunque la mano del hombre comenzó a construir y cultivar estas terrazas en el siglo XIII, un moderno teleférico permite alcanzar uno de los miradores en apenas unos minutos -otros requieren lentas subidas por caminillos adoquinados-, deleitarse tomando fotos de las aldeas recónditas, del ascenso entre arrozales hacia las nubes, de los campesinos cultivando su parcela.

“La montaña es una cresta de dragón, las nubes son alas en vuelo, el agua es el alma de la montaña, los campos son escaleras al cielo”, describió un artista chino las Terrazas de Longji, que ya albergan algún hotel de lujo con vistas panorámicas y ofrecen espectáculos nocturnos de los arrozales iluminados y fuegos artificiales.