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Waitomo: excursión al centro de la tierra maorí

Larvas luminiscentes brillan en las cuevas | Cortesía

Larvas luminiscentes brillan en las cuevas | Cortesía

Una profunda experiencia en las cavernas más famosas de Nueva Zelanda

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Nada fácil la vida del turista. La temperatura es de 3°C y no hay sensación térmica de consuelo. Es hora de ponerse el traje de neopreno, armarse con una cámara y saltar al río, en lo posible sin pensarlo. Las agujas imaginarias se clavan hasta en el último distrito del cuerpo. Primero hay que saber sufrir.

Mal lugar para los débiles, las cavernas de Waitomo, una de las principales atracciones turísticas en la Isla Norte de Nueva Zelanda, visitadas por exploradores aficionados ya desde fines del siglo XIX.

A algo más de dos horas en auto desde Auckland o una desde Hamilton, se trata de un sistema de túneles y cuevas de piedra caliza cuyo nombre maorí se traduce como “agua que pasa por un agujero”. En efecto, al menos una buena parte de estas cavernas está parcialmente cubierta del agua (helada) que les dio y da forma, por lo que si se las quiere recorrer no queda más que zambullirse, flotar y chapotear.

A eso se dedican compañías como The Legendary Black Water Rafting Co. Cindy, la guía, antes de ingresar en la cueva Ruakuri, hace que el grupo recite, mano derecha en alto: “Prometo seguir las instrucciones y no quejarme del frío”. Después hay que seguirla con casco de minero, de rodillas por túneles secos no aptos para claustrofóbicos, saltando de espaldas a lo desconocido en una pequeña cascada bajo tierra, dejándose arrastrar por corrientes bastante fuertes con el techo apenas a centímetros del cuerpo extendido o pisando con cuidado, ya que bajo el agua, avisa Cindy, podría haber un pozo de varios metros de profundidad. Incluso habrá oportunidad de conocer a Cecil, una muy poco atractiva anguila de 40 centímetros, inquilina en algún recodo entre milenarias estalagmitas, que los guías de Black Water miman como mascota.

El momento que más justifica tanto sufrir llega cuando todos apagan las linternas y, magia, miles de puntos brillantes se hacen visibles en la caverna. Son los glow worms (arachnocampa luminosa), unas larvas luminiscentes características de las Waitomo y endémicas de Nueva Zelanda. Por unos surrealistas minutos, el grupo permanece a flote sobre las cubiertas, en completo silencio bajo ese cielo estrellado, ilógico e irrepetible.

La excursión es imperdible, dura 3 horas, aproximadamente, y cuesta 100 dólares. Pero para quien lo prefiera existe un paseo alternativo, seco y por pasarelas bien iluminadas, para conocer la misma cueva.