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Viajes de Valentina: Un par de llaneras comparte su euforia con la visita

 Apasionante compartir un arreo de ganado / Foto Pisapasito

Apasionante compartir un arreo de ganado / Foto Pisapasito

Un buen tremedal sembró a Sorelia en el llano para siempre. Ahí se le juntó Rosángel, y entre ambas resolvieron recibir a cuanto viajero cruce por esas sabanas para mostrarles lo más genuino. Los hospedan en hatos, visitan la cría de caimanes del Orinoco, unos médanos para lanzarse arena abajo, ordeñan, hacen queso, se enteran cómo se tejen los chinchorros de nylon y hasta aprenden a bailar joropo

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Conocer lo más genuino del llano

Llegamos a la casa de Juana Dale, su marido Emiliano y el nieto Rafael José Oviedo Dale. Sencilla, pequeña, pulcra, con matas en todos los potes plásticos de agua que se van vaciando por Calabozo. El patio es de tierra apisonada siempre rastrillada. Si es que parece pulida. Una especie de caney sirve de bienvenida a la visita. Bajo ese techito se sienta Rafael José desde que tiene 6 años de edad a tejer chinchorros de nylon con su abuela. Los hace pequeños, de colores, en su telar de madera y enseña a los niños caraqueños que llegan con Sorelia y Rosángel. Es la obra de su abuela Juana Dale, igualmente tejedora. Pero ella tiene el telar dentro de la casa, junto a una ventana para que entre la luz del sol en las tardes de manos ágiles y veloces. Una pared de la sala está cubierta de recortes de revistas con vestidos y trajes de fiesta. Su hija los cose idénticos. Emiliano recuerda el sonido de sus maracas durante los años que acompañó a Juan Vicente Torrealba, las semanas enteras que pasó sobre un caballo arreando ganado desde Apure hasta Villa de Cura o las sillas de cuero donde se sientan todos los mayores de Corozopando, hechas por él en sus tiempos de ebanista.

En la mañana pasamos por la casa de Falito –su nombre de verdad es Rafael Esteban Pérez, pero si decimos así nadie lo reconoce– y su mamá, Aida de Pérez. El comedor es una sala de exposición. En la mesa y las paredes están las taparas talladas de Falito. Copas, cucharas, coladores, ajiceros, bandejas. Son más de 30 años entregando a su arte. Su mamá es una virtuosa de los dulces criollos. Pocas veces los he probado tan perfectos: lechosa, cabello de ángel, cascos de guayaba, higo o leche cortada. Los tiene siempre en frascos grandotes y cuando llegan la clientela los envasa en potes plásticos.

Naturaleza oculta

Sólo quien ha arreado ganado sabe lo duro de la trashumancia. Convencer a mil vacas y toros de cruzar un río, atravesar cinco potreros y caminar sobre asfalto a un lado de la carretera con los choferes atorados es una auténtica proeza. Los llaneros lo hacen varias veces al año, porque hay que mudar el ganado cuando la sabana se inunda y también cuando se seca. Si lo sabrá Ricardo Freitas, dueño del hato Las Caretas, uno de los hospedajes más genuinos. Ahí se arrea, se ordeña, se hace queso, se pesca o se espera el atardecer junto al caño. Nunca falta el casabe tostadito de Camaguán y tampoco la mantequilla llanera. En las tardes es una divinidad lanzarse por un médano cercano al Capanaparo. Una loma virgen en la sabana, de arenas que se mueven con el viento, donde sólo se comparte con animalitos en libertad. A cualquier hora es una divinidad navegar por el río La Portuguesa. Sus toninas aman a Sorelia, esperan su canto y su llanto para dar brincos.

Cuando el llano se inunda –como ahorita– hay que navegar por entre las palmas en los Esteros de Camaguán. El brillo del sol en el agua compite con las noches de luciérnagas. Sorprende llegar a Masaguaral para ver la cría de caimanes del Orinoco. Ejemplares que pueden medir hasta nueve metros. Otro atardecer se celebra navegando por la represa de Calabozo, esperando que se oculte el sol de los venados mientras pescan algo para la cena. Si andan por aquí, lo más probable es que se hospeden en el fundo El Diamante. Tiene piscina con sillas, un corredor con chinchorros de nylon, siete habitaciones con baño y aire acondicionado, y pura sabana en kilómetros a la redonda. De la primera cena se ocupan Luis Cantelmis y Alfredo Moreno (Chucho), dueños y anfitriones de El Picoteo de Luis. Viven en Calabozo y trabajan a domicilio. Se aparecen con su camioneta donde llevan cava, bebidas, platos, vasos, cubiertos, servilletas, carne, cochino, morcillas, chorizos, yuca, ensalada, un suculento pescado de río si piden algo ligero y un queso telita que consiguen por los lados de Carutal y es atómico. Este condumio se sirve en el jardín bajo las estrellas.

Sorelia y Rosángel

La pasión por el llano unió a Sorelia Franco y Rosángel Aragort. Se conocieron en Corozopando. Ahora se unieron, cada una con su empresa –De travesía con Sorelia y Panoramas– para organizar recorridos a la carta. Según el presupuesto disponible se decide el hospedaje y de acuerdo con el tiempo y los intereses se diseña el itinerario. Han recibido grupos de hasta 60 niños en vacaciones. Todos salen prendados del llano y regresan cada año. Familias enteras, parejas, amigos… Ellas se adaptan y organizan. Lo que resulta único es que sólo con ellas es posible visitar las casas de los llaneros, aprender a hacer las quesadillas de Corozopando, tejer un chinchorro, hacer casabe o queso y entender el auténtico encanto de esta tierra que se tragó a Sorelia para siempre y que vio nacer a Rosángel y ahora hace lo mismo con su única hijita. El recorrido transcurre entre Guárico y Apure, por Calabozo, Camaguán, Corozopando, San Fernando y el Capanaparo. Lo recomiendo muchísimo.

Datos vitales

De travesía con Sorelia

Sorelia Franco

Teléfono (0414) 468 8749

soreliafranco@gmail.com / detravesiaconsorelia@gmail.com

@soreliafranco

Facebook Sorelia Franco

Panoramas

Rosángel Aragort

Teléfono (0424) 315 8656 y (0424) 754 4703

rosangelaragort@gmail.com

@panoramastours