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Versiones de Pai

Pai | Foto: Daniela Maestres

Pai | Foto: Daniela Maestres

El verde se deja colar en todos los paisajes de este pueblo del norte de Tailanda. Sus calles, otrora destino de aventureros y amantes de lo desconocido, hoy están llenas de turistas de todas partes del mundo

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Para llegar a Pai hay que someterse a una carretera de 762 curvas. Tarde o temprano, todo el que padezca las 3 horas de recorrido, pondrá en duda su decisión de ir a conocer el minúsculo pueblo en el norte de Tailandia. Son pocos los que pasan la prueba sin llegar a las últimas consecuencias de las náuseas, pero al descender en el valle de la provincia de Mae Hong Son y entrar a la calle principal, el mareo y las dudas suelen disiparse lentamente.
Los rumores sobre este lugar tienen años flotando entre las manadas mochileras del sureste asiático. “Que es el Ko Pha Ngan del norte, que sirven omelettes de opio de desayuno, que ya pasó de moda, que está lleno de hippies”. Todo lo que se escuche puede ser tan cierto como falso, ya que este lugar tiene tantas versiones como visitantes.

Al natural

Si la memoria enmarcara los recuerdos, todos los de Pai tendrían un marco verde. Alrededor de las escasas calles del centro hay cientos de hectáreas cubiertas de montañas y plantaciones de arroz que sobresalen por sus matices casi fluorescentes. Para disfrutar estos paisajes en pleno, es importante tomar en cuenta la época de lluvia en la región. Entre los meses de mayo y octubre hay que lidiar con muchos días grises y mojados que pueden limitar los recorridos.

Los días de sol abundan el resto del año y las actividades para disfrutar del entorno son muchas: paseos en elefante, excursiones, rafting, tirolesa. Sin embargo, con alquilar una moto y perderse en las bien asfaltadas calles que entran y salen de la jungla es suficiente para entretenerse unos días. En el camino se descubren templos budistas, aguas termales, un cañón no apto para agorafóbicos y un puente construido por los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Hay también una serie de aldeas cercanas muy interesantes, una de ellas es Ban Santichon. Sus habitantes provienen de la provincia de Yunnán, en China. Aunque el lugar en sí parece un pabellón de Epcot Center, ofrece buena comida regional y la mejor vista sobre el valle.

De didjeridoos y caleidoscopios

Pai y sus inmediaciones están habitadas por locales, inmigrantes y viajeros en casi iguales proporciones. En sus calles convergen turistas daneses, comerciantes tailandeses y artesanos canadienses. El pueblo ha desarrollado una identidad propia tomando elementos de aquí y de allá. Dentro de este popurrí, se destaca un grupo numeroso de occidentales que se han convertido en una de las bases estructurales de la personalidad del lugar. Suelen llevar rastas o trenzas largas, bandanas, camisas de algodón, pantalones anchos y barbas descuidadas. Desde hace años se han dedicado a introducir terapias de sanación, reiki, meditación, yoga, masaje tailandés y una serie de técnicas propias de culturas orientales. Otros han optado por la elaboración de artesanías, instrumentos musicales y alimentos orgánicos disponibles en el mercado nocturno.  

I love Pai

Hace 30 años se trataba de un pueblito tranquilo con pocos visitantes. Los mochileros se pasaban el mapa por debajo de las mesas, al mejor estilo de Richard en la novela La Playa de Alex Garland. En muchos lugares de occidente se comenzó a hablar de una idílica comunidad hippie en medio de las montañas de Tailandia. Lentamente, el pueblo fue obteniendo la atención de los medios y sus calles comenzaron a llenarse de turistas.

En 2009 una película tailandesa llamada Pai in love generó un frenesí entre los jóvenes locales. Dicen que fue entonces cuando ocurrió la mayor transformación. Los souvenirs con corazones aparecieron como un brote de sarampión y comenzaron a proliferar los tours relámpago, destinados a aquellos interesados solamente en conocer los escenarios de la película o los tres lugares que vieron en las fotos de una revista. Los más puristas dijeron que Pai había muerto. Otros entendieron que, aunque un poco prematura, era la metamorfosis habitual de los paraísos vacacionales. Hoy en día, hay que estar preparado para compartir el espacio con muchos tipos de personas. El problema es que el espacio es pequeño y, para bien o para mal, es un lugar que se ha vuelto atractivo entre turistas que no parecieran ser compatibles entre sí. Pero pareciera que todos encuentran lo que buscan en este lugar.

En la selva, pero con conexión

Para el habitante promedio de cualquier gran metrópoli, este puede ser el lugar idóneo para conectarse con la naturaleza sin tener que desconectarse de su buzón de correo. Pueden darse el lujo de estar en un entorno espectacular y salvaje con todas las comodidades requeridas por esas personalidades urbanas que no pueden vivir sin conexión WiFi. Hay cajeros automáticos rodeados de palmeras y una selección gastronómica que va desde el sushi hasta los burritos. Para los junkies de las redes sociales hay recomendaciones en Foursquare, reseñas de Tripadvisor y mapas descargables que señalizan cafés perdidos en la jungla.

La mezcla cultural se vuelve musical después de las 8:00 pm, la selva se llena de sonoridades. Si uno se detiene cerca de la zona de bares, puede escuchar como el reggae se fusiona con el jazz y la electrónica. A medida que se recorre la calle, los sonidos se van independizando y se suavizan o intensifican acorde a la fachada frente a la cual uno se detenga. Gracias a que Pai se volvió también un centro atractivo para artistas y músicos, son frecuentes los festivales y conciertos.

Lo bueno y (quizás) lo malo

Una de las tradiciones más encantadoras del mercado nocturno es la de mandar postales. Hay varias tiendas con escritorios, sellos y lápices para ponerse romántico y enviar noticias escritas a mano que llegarán tarde. Para elegir, hay cientos de opciones: diseños artesanales, genéricos, abstractos, graciosos o reflexivos; fotografías de campos de arroz, de templos, de aborígenes, de flores de opio.

Lo que ocurre es que este lugar, sus cinco calles principales, sus esquinas, recovecos y habitantes padecen de personalidad múltiple y, a su vez, resultan sorprendentemente coherentes. Quizás habría que decirles a los vendedores de postales que hagan una completamente en blanco y dejen en las mesas cajas de colores (con muchos tonos de verde). Así cada quien podría mostrar cual es su propia versión de este lugar.

Para conocer

El mercado nocturno se despliega todas las noches a lo largo de una de las calles principales. Ofrece una variedad de artículos tan extensa y diversa que permiten recorrerlo varias noches seguidas y, siempre, descubrir algún nuevo tesoro que capte la atención.

¿Dónde dormir?

El hotel Yawning Fields y su hermano Ing Doi son los “hijos” de Ming y Jake, una pareja que unió sus fuerzas en este proyecto doble. El lugar cuenta con hermosas cabañas de bambú de distintas categorías al borde de la montaña. El restaurante sirve buena comida tailandesa a precios razonables. Está ubicado a 500 metros del centro de la ciudad.

¿Dónde comer?

Om Garden Café se encuentra un poco fuera del perímetro de las calles principales, pero vale la pena buscarlo. Las enredaderas que caen del techo y el sonido de una fuente invitan a quedarse por horas. Esto es posible, ya que además de exquisitos platos de comida fusión, ofrecen postres imperdibles.

Para descubrir

Happy Mountain Bar está literalmente perdido en la selva, la única dirección disponible son las coordenadas. Su dueño cuenta que recibe un promedio de dos clientes por día; pero que el hecho de que hayan podido ubicar el lugar, es motivo suficiente para atenderlos con entusiasmo. Para ir hay que preguntar por el camino hacia Huai Nam Dang National Park y esperar a toparse con el cartel.