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Los viajes de Valentina Quintero: Sierra de Perijá (y III)

Nuestro campamento en Ayapaina, Sierra de Perijá | Valentina Quintero

Nuestro campamento en Ayapaina, Sierra de Perijá

El final del relato de Valentina en la Sierra de Perijá

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El Cerro Tétari es la cuna de los yukpas 

Al amanecer en la comunidad de Ayapaina, el cerro Tétari se pone dorado. La cadena montañosa va apareciendo y sus habitantes encienden los fogones para preparar el desayuno a los niños que van a la escuela y los hombres que salen de faena. Los yukpas mantiene sus tradiciones, se alimentan de guineo, malanga, quinchoncho, caraotas negras y rojas y de los animales que cacen en menguante. Son gente amable y trabajadora. 

Fotos Pisapasito

Ayapaina nos recibe con la luz de la tarde. Gramita muy verde, casas de bloques con techo de zinc, pero todas tienen al lado otro techo con cuatro palos, en algunos casos, o casitas de tablitas que dejan pasar la luz. Es el espacio para el fogón, el verdadero centro del hogar. Aquí amanecen las mujeres preparando desayuno para los niños que se van a la escuela y los hombres que salen de faena en sus mulas. Algunos van a buscar cambures guineos, malanga y quinchoncho en los conucos. Si es menguante puede ser que otros salgan de cacería.

Vimos un grupo que iba y regresaba varias veces con las mulas cargadas de arena. Están haciendo la casa de los maestros. Nos cuentan que mujeres y hombres hacen la travesía hasta Machiques en un mismo día. Bajan y suben por ese sendero pedregoso caminando para comprar aceite, leche o visitar el médico.

Todos los hogares tienen una cerca. Puede ser de maderita o de alambre de púas con palos. Pero no es un asunto de propiedad o seguridad. Es para evitar que entren las mulas y se coman las flores o la ropa tendida. Los niñitos pasan por debajo para ir a la escuela. Las casas y los fogones están siempre abiertos. La inseguridad no es un problema en Ayapaina. Cuando llaman al cacique —máxima autoridad de la comunidad y lo hay de adultos y de niños— es para resolver que una mula se comió unas flores o devoró el maíz de un conuco. Esos son los percances. En una ocasión el cacique fue una mujer. Aseguran que tenía muy controladas a las niñas entre 12 y 16 años. En cuanto el sol se retiraba, ellas también debían recogerse. Evitar no es cobardía.

Costumbres ancestrales

Desde que abro los ojos me cautiva la presencia del Tétari. Es el pico más alto del Zulia con 3.750 metros. Es la cuna de los yukpas. De sus tres tetas sale el agua que los alimenta. El sol las pone doradas. El resto de las montañas le sirven de marco. Hacia donde voltees hay vegetación, imponentes elevaciones protectoras. Salgo a caminar por la comunidad a las 6:15 am. Todo el mundo se ha levantado. Me encanta la actividad tempranera. Pudiera vivir feliz aquí, donde puedo conversar con las frescas de la mañana.

Consigo a Loreli con sus tres niños junto al fogón. Les prepara guineos sancochados. Le pregunto sobre el rito de iniciación que me han contado. “Es verdad. Cuando me desarrollé a los doce años me cortaron el pelo y me mandaron a la montaña. Tenía que vivir sola por un mes comiendo guineos sin sal”. “¿Y no te daba miedo?”, le pregunto. “No. Porque yo estaba con mi hermanita de 9 años”. A los 13 ya tenía marido. A los 16 tiene 3 hijos. Hace collares con semillitas que cose una a una para pegarlas. Me ofrece uno precioso por Bs. 60. Le doy 100 y todavía me siento culpable.

Luego hablo con Viviana, la maestra de la escuela. Está haciendo arepas para sus hijos y para el maestro, que es su marido. Sentadita en un banco bajito junto al fogón donde las fríe. “Mi papá quería que yo me preparara para educar luego a los niños aquí en la comunidad. Me mandó a Maracaibo a los 10 años y regresé a los 30. A esa edad fue que me casé y ahora soy la maestra”. Nunca pensó en quedarse por Maracaibo. Tenía un compromiso con su comunidad y es feliz como maestra. A su hermanita sí le cortaron el pelo y la mandaron al monte. No tienen problema con eso. Saben que es la tradición, no les da miedo, el pelo crece y montaña y soledad enseñan. A su regreso deben aprender a tejer las cestas, los collares y hacer los oficios del hogar. Coera, otra muchacha yukpa que ahora vive en Machiques, dice que las enseñan para que no vayan a ser como las mujeres waitías que no hacen nada. Esas somos nosotras. Las criollas.

Los alrededores

En la comunidad de Ayapaina hay un manantial. Algunas casas tienen agua porque les llega por gravedad. En otras deben subir el agua en pipotes plásticos. Sale un chorro que cae en una bañera oxidada hasta que se desborda y el agua sigue el rumbo del río. Ahí nos bañamos con una poncherita. Es helada pero rejuvenece y quita las magulladuras del cuerpo.

Es posible caminar hasta Novita, una comunidad cercana donde hay una cascada. No fuimos porque quedamos prendadas de Ayapaina y su gente. Les encanta conversar y contar de su vida y costumbres. Los niños crecen con absoluta libertad. Después de almuerzo la comunidad entra en un sopor de silencio y soledad. Nada se mueve. A las 2:30 pm empieza la vida de nuevo. Los hombres vuelven a la faena, los niños salen a jugar por esas montañas y se convierten en los hijos de todas las madres, pues la responsabilidad por ellos es compartida. Me encantan los niños que crecen junto a la naturaleza. Juegan con un pocito de agua, una latica, un papagayo o sus dos piernas y listo. Ninguno añora un celular o una computadora. Ni siquiera un televisor. No existen en Ayapaina. Una que otra casa cuenta con luz porque tienen planta. Pero la norma de la comunidad indica que a las 8:00 pm se hace silencio. Las reglas están escritas en la pared de una casa.

El paseo

William Rivera es el dueño de Ayapaina Tours. Son casi los únicos en el país que ofrecen esta ruta a la Sierra de Perijá. Completa son 4 días, porque se visitan 5 comunidades. Nosotras la hicimos más corta porque teníamos que regresar a Caracas.

Ellos se ocupan de la comida, mulas, carpas y guías. Impecable la logística y los equipos. Viajamos con Neomar Maldonado como guía. Trabaja en una plataforma petrolera, pero en sus días libres ama viajar y la Sierra de Perijá ha sido su espacio de meditación y felicidad desde hace casi 20 años. Conoce la cultura, los caminos y los yukpas son sus amigos. Extraordinario viajar a su lado. Andrea Badell es la mano derecha de William en Ayapaina. Es contadora, trabaja con su papá, pero lo que la apasiona es andar por la naturaleza. Es escaladora, hace poco logró pasar unos días en el Auyantepui porque le tocó llevar unas carpas y se montó en helicóptero. Es su historia favorita. Su novio Gustavo es tremendo cocinero. Nos mandó el mejor mojito en coco que me haya comido jamás. Fue una cena gloriosa.

Sugiero  empezar el ascenso a la Sierra muy temprano en la mañana. La primera parte es bajo la chapa de sol. Lo mismo aplica al bajar. Salimos de Ayapaina a las 7:00 am y amamos el regreso. Caminamos hasta el río Shirimi felices. Hasta bajamos la nefasta Cuesta del Diablo. Cuando empezó el sol al regreso, optamos por las mulas. Son la salvación aunque nos devoren las garrapatas. Se quitan con champú Avispa. Amamos este paseo. Lo recomendamos mucho. Pero es para viajeros de colcha y cobija.

Datos vitales

Ayapaina Tours

Oficina en Maracaibo: (0261) 525 3125

William Rivera y Andrea Badell: (0416) 019 4588

Correo: ayapainatours.c.a@gmail.com

Web: wwwAyapainatours.com.ve

Instagram: @ayapainatoursvzla