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Tzintzuntzan pueblo mágico mexicano

Tzintzuntzan pueblo mágico mexicano / Foto: EFE

Tzintzuntzan pueblo mágico mexicano / Foto: EFE

Los pobladores de esta localidad son herederos de una civilización que jamás fue vencida

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Lugar de colibríes o del colibrí mensajero es lo que quiere decir en purépecha Tzintzuntzan, nombre del pueblo situado al este del lago de Patzcuaro, alejado a unos 350 kilómetros de la Ciudad de México. Sin embargo, los atractivos del poblado van más allá de su nombre y están relacionados con la historia, la comida, la artesanía y las tradiciones del sitio.

La antigua ciudad de Tzintzuntzan fue la capital del imperio de los tarascos y una de las poblaciones más importantes a la llegada de los españoles a América. Situada sobre el cerro Yarahuato, el sitio fue la sede donde los altos mandos de aquella civilización tomaban sus decisiones políticas, económicas y religiosas.

Cuenta la historia que para cuando murió Hiriapan, señor de la región de Ihuatzio, la ciudad de Tzintzuntzan era la ciudad más importante de la primera mitad del siglo XV, pero fue Tzitzispandácuar, sucesor de Tangaxoan, quien extendió su imperio a otras zonas. Su hijo Zuangua siguió el proceso y, aunque supo de la llegada de los conquistadores a Tenochtitlán, falleció justo antes del arribo de éstos a Michoacán.

Civilización guerrera. La ciudad de Tzintzuntzan se distribuye en amplias terrazas y plataformas  en las laderas de los cerros Yahuarato y Tariakeri sobre las que se levantan estructuras arqueológicas en una extensión de más de 600 hectáreas. Al momento de la llegada de los españoles al continente la población era de 30.000 personas. Hoy la habitan cerca de 15.000.

Si bien los tarascos se concentraron en Michoacán, se extendieron a Jalisco, Nayarit, Colima, Guerrero, Sinaloa y otros estados mexicanos. Eran una civilización guerrera y bien organizada que fue capaz de mantenerse a salvo cuando imperios, como los mexicas y los aztecas, intentaron conquistarla.

Yácatas, que significa tumbas, es el nombre de la zona arqueológica más importante del estado. Se trata de construcciones piramidales redondeadas, edificadas sobre una gran plataforma, que despiertan un gran interés entre los turistas, que aumentaron, en 2014, en 16% su presencia en Tzintzuntzan con relación a 2013.

Puntos atractivos. María Martorell, delegada turística de la región de Patzcuaro, donde se encuentra Tzintzuntzan, aseguró que el lugar tiene los encantos suficientes para convertirse en un gran polo turístico, con una comida tradicional que, entre sus platillos más venerados, están el pozole (tipo de sopa) de habas del Viernes Santo, o el pato a la basura, que se prepara con una especie que se cría a la orilla del lago.

“La fauna variada es otro de los sellos de Tzintzuntzan. La vista del lago de Patzcuaro sobresale gracias a la presencia de numerosas especies como lechuzas, ardillas, águilas, víboras de cascabel y otros animales”, comentó Martorell.

No se trata de una urbe que aparezca en los folletos turísticos junto a las propuestas para visitar París, Macchu Pichu o el Taj Mahal. El misterio de Tzintzuntzan tiene que ver con su alma de pueblo mágico al que aún no llegó la contaminación, cuyos pobladores recuerdan a los visitantes ser herederos de una civilización que jamás fue vencida, pero a pesar de ser guerrera, supo conservar en un estado casi puro el concepto de belleza.

Turismo religioso

Con una fachada sencilla, el templo de San Francisco de Asís está formado por dos niveles. En su interior, la parroquia presenta una sola nave de planta rectangular con una bien trabajada bóveda de lunetas y una cúpula neoclásica de tambor rectangular.

Sobre el acceso aparece el espacio del coro y, al fondo, el altar mayor está formado por un retablo neoclásico, donde se aprecia un cuadro del Señor del Rescate, venerado por un milagro hace más de 500 años cuando una epidemia asoló el lugar.

Muchas personas llegan al pueblo a adorar esa imagen, pero el llamado turismo religioso tiene otras aristas, como la visita al templo de Nuestra Señora de la Soledad, donde se resguarda la escultura del Santo Entierro (elaborada en pasta de caña con la técnica de goznes) conocida como el Cristo que Crece y la capilla abierta del Hospital de Indios, con una profunda pila bautismal a manera de pileta para la inmersión del bautizado, única en su tipo.