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Travesía de pueblos por la ribera del Duero

En Calatañazor viven 57 personas durante el invierno | Foto Pisapasito

En Calatañazor viven 57 personas durante el invierno | Foto Pisapasito

Cuando viajo con pasaporte mantengo mis principios de los recorridos con cédula. Me gusta ser viajera. No turista. Por eso buscamos comer suculento, conversar con la gente, quedarnos en posadas y transitar por carreteritas en lugar de autopistas. Hoy comparto una travesía breve por Segovia, Sepúlveda, Calatañazor y el Burgo de Osma, siempre en los predios de Castilla y León y en las riberas del Duero. Me encanta viajar en español

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Con unos amigos del alma salimos en carro desde Madrid con el único plan de recorrer Castilla y León para ser dichosos. Serían cuatro días de comer y beber suculento pidiendo los platos locales y los vinos del Duero en restaurantes recomendados por amigos o por la guía Michelin. Buscar hospedajes por Internet de los que aparecen en turismo rural. Conversar con la gente en el camino para que nos recomendaran lo que les gusta de su zona. Transitar por carreteritas bellas, angostas, con vistas de siembra para sentir el aroma de los viñedos y seguir el curso del Duero. Sin afán. Sin destino previo. Sin planificación estricta. Maletica breve y una amistad donde no hay ni un si ni un no. Fue un viaje perfecto que hoy comparto con ustedes.

Cochinillo, una posada del siglo XI y San Frutos

La primera parada fue para almorzar cochinillo en el restaurante José María en Segovia. La tradición es que el mesonero se instala al lado de la mesa a picarlo con un plato para que quede claro lo tierno del animalito. Jamás supo lo que era conocer a sus hermanitos, correr por los prados o lanzarse en un barrial. Es suculento acompañado de papas y una ensalada con tomates raf, cuya temporada apenas comenzaba.

Caminamos por Segovia para bajar la comida, entramos a la iglesia, paseamos por la plaza, vimos las primeras cigüeñas en los campanarios, quisimos visitar la fábrica de vidrio, pero estaba cerrada porque los lunes nadie abre, así que continuamos camino a Sepúlveda, un pueblito de la Edad Media que nos recomendaron junto a una represa por Las Hoces de Duratón. Acertada decisión.

Buscamos la posada San Millán que aparecía en la guía Michelin. Es una casa del siglo XI que ha sido propiedad de esta familia desde hace casi cuatro siglos. La restauraron para convertirla en un hospedaje muy acogedor de apenas ocho habitaciones, con un patio de piedras donde es notorio que entraban los carruajes y unos corredores de madera que cruje. Cada habitación tiene una ventana inmensa, cortinitas de lino con bordados, muebles de abuelas y tatarabuelas, y una señora de cabeza blanca y ojos afables que abre el portón encantada de dar la bienvenida y nos explica que podemos llegar hasta el centro caminandito por la angosta carretera empedrada.

Salimos con el sol afuera cuando son las 8:00 pm. No hay gente en ninguna ventana. Mucho menos en la calle. Pero cuando entramos al restaurante que nos recomendaron, ahí estaban todos los vecinos, el alcalde anterior y el actual, las esposas y dos encantadores jovencitos que nos atendieron. Ella de Sepúlveda y él de Rumania. Pero aprendió español en tres meses. Comimos suculentas morcillas de Burgos, queso de oveja, jamón y un rico vino de la zona. Nos fuimos al próximo bar al que se había mudado la concurrencia y ahí departimos con los alcaldes y vecinos tomando chupitos –como le dicen a los vasitos de orugo– hasta que dieron las no sé qué horas. Tranquilazos regresamos caminando por esas calles en silencio y soledad hasta nuestra habitación con techos de hace 10 siglos.

Desayunamos en el comedorcito, subimos al centro, vimos las cigüeñas en el campanario y probamos el hojaldre más fresco que haya gozado en mi vida. Al primer mordisco se llenaron de polvito y migajas cartera, pantalón, franela, zapatos y mesa. ¡Que divinidad! Hay dos dulcerías, ambas gloriosas.

De ahí salimos directo a conocer Las Hoces de Duratón, como nos recomendó una de las compañeras de la juerga nocturna. El río Duratón ha ido marcando su cauce hasta formar un imponente cañón por donde corre sereno hasta que la represa lo sostiene. En lo alto visitamos el Monasterio de San Frutos. Aquí vivió y fue enterrado este santo nacido en Segovia a mediado del siglo VII, que con los años se convirtió en el patrón de los observadores de aves. Es también un santuario de buitres que sobrevuelan el lugar aunque no hay carroña visible. Son los maestros del vuelo, un ejemplo para los parapentistas que los siguen buscando las termas.

Cordero lechal, concierto en Valladolid, chuletón de vaca vieja y Feos.

Por esos caminos angostos y primorosos donde cada centímetro está sembrado, llegamos hasta Peñafiel –sugerencia de los compañeros de orugo– para comer el cordero lechal. Otra vez un animalito que lo desprenden de su madre antes de que pruebe algo sólido. Nos atendió Marcos en El Fogón del Salvador. ¡Más glorioso que el cochinillo mil veces! Probamos un tomate con un punto dulce, de nuevo las morcillas de Burgos, pero cuando pedimos azúcar a Marcos le dio repelús. Me encanta esta palabra. Es como grima, que se te paran los pelos. Pero aún así le pusimos azúcar a la morcilla porque es como nos gusta. Nos recomendó tremendo vino del Duero, en perfecto maridaje con el cordero.

Recorrimos el Museo del Vino y nos lanzamos una siesta en la película emotiva y circular. Amamos la sección de olores. Abres un frasco, le das vuelta a una manivela y debes reconocer el aroma. Hay una tarjetica que te lo dice si le das a una manilla. Esa noche dormimos en un hotel normalito y sin gracia en Valladolid –porque no había posadita bella y con historia–, pero nos tocó un concierto con ópera en la plaza.

Desayunamos pan con tomate –que me encanta– y salimos rumbo a Soria. Recorrimos lo que queda de la Fortaleza Califal de Gormaz, edificación en ruinas que tuvo gran relevancia entre los siglos IX y XV. Asombra el tamaño. La cita gastronómica fue en El Fogón de El Salvador en Soria. Nos atendió un señor amabilísimo, conocedor, orgulloso de su oficio. Todo el mundo se trata de tú. Eso me encanta, porque así somos nosotros. Pedimos un chuletón de vaca vieja. Es una carne gloriosa, con grasa en el medio, muy gustosa. Lo compartimos y pedimos más. Probamos un glorioso revuelto de morcillas con ciruelas pasas, piñones y manzanas. El dulce con el salado como la sazón caraqueña. Una divinura.

Andando se apareció la iglesia de Santo Domingo y al lado las hermanas Clarisas de Soria, monjitas de clausura que hacen dulces. Por una ventana pequeña compramos una cajita de Feos –para hacer honor al apellido de mi comadrita Dora– y resultaron atómicos. Unas galletas de almendras hipercrujientes, frescas y santas.

Calatañazor y un detallista restaurante de carretera con cantadera de tunas

Buscando por Internet supimos que existía Calatañazor, otro pueblito medieval, así que para allá nos fuimos a buscar hospedaje en la Casa del Cura. ¡Que sitio tan hermoso! Dos calles con casitas de bahareque y piedra y, al final, las ruinas de la muralla que protegía el pueblo en el siglo XII. Al fondo siembras lozanas y productivas. Conseguimos a Sagrario –una señora de 86 años que salía de su casita a buscar un pan– y nos contó que era nacida y criada aquí, y que en invierno solo vivían 57 personas entre estas paredes. Pero que ahora los visitaban mucho cuando el clima estaba bueno.

La Posada Real Casa del Cura tiene solo 6 habitaciones, una chimenea loca en el medio –como todas las casas de Calatañazor– y un saloncito para conversar. Abajo en una terraza, pegado de la montaña, queda un restaurante que funciona en temporada alta. Pero enfrente queda el bar y restaurante La Casa Real, donde nos atendió su propio dueño que también nos llevó a las habitaciones. Esa noche probamos todos los patés de las setas que se dan en la región, un queso de oveja madurado estupendo, setas salteadas, cañas y vino. Había un señor que pescaba atunes de hasta 500 kilos y nos explicó cómo se sacaban, mientras su esposa indicaba cómo se preparaban. Conversamos sabroso y supimos lo bien y tranquilo que se vivía en ese pueblito. En la mañana nos dieron pan casero, mantequilla fresca, quesos madurados, mermeladas hechas en casa, un buen café y un jugo de naranja muy anaranjado.

Salimos rumbo a Madrid con paradas felices en el camino. Una fue en el Burgo de Osma, donde hay corredores techados en los alrededores de la catedral para que los pobladores caminen por la sombra y no se mojen cuando llueve. Recordé la genialidad y gentileza de Carlos Raúl Villanueva cuando hizo El Silencio. Conversamos con los viejitos que se sientan bajo un arco que armaron con árboles siguiendo el modelo de los corredores. Esta vez las carreteritas fueron más angostas y bellas, siempre rodeados de siembras. Vimos un prado morado, juramos que era lavanda, pero no olía. Igual entramos a retratarnos.

Nos bajamos a ver iglesias, caminar en soledad, conversar con gente que se asoma al portal, tomar una cañita con limón. Ver para allá y observar un país que en pocos años salió de la ruina y se recuperó del odio y la distancia que dejaron una guerra civil y una dictadura. Entonces entiendes que podemos lograrlo. Reconfortante esta travesía.

Fieles a nuestro objetivo de comer suculento y local, conseguimos el restaurante Área de Boceguillas en la guía Michelin. Un dato curioso. Queda en una estación de servicio al lado de la autopista. Como decir los sándwiches de pernil en La Encrucijada. Pero al entrar nos paraliza el asombro. Manteles y servilletas de lino, cojines bordados en las sillas, una mesa de centro preciosa con vinos del Duero y frutas y hortalizas de estación, un maravilloso menú y Conchi –la dueña– menudita, nerviosa ante la muchedumbre, atenta a los detalles, guiando a un grupo grande de jovencitas que conocen su oficio de atender las mesas. Hay un comedor más refinado y una especie de sitio más de paso, pero igualmente esmerado, donde los comensales comen sándwiches de tortillas o ensaladas. Aquí también hay cochinillo, pero nos vamos por un solomillo, unas alcachofas, los espárragos de temporada, morcillas otra vez porque las amamos, tremendo vino y unos postres memorables.

Coincidimos con un grupo de “tunas”. Son un montón de abogados que armaron su “tuna” musical mientras estudiaban y que van a donde los llamen a cantar y tocar. Logramos que los dejaran cantar y se arrancaron con el “Alma Llanera” de primerito, siguieron con “Amalia Rosa” y despidieron con “La flor de la canela”. Los acompañamos desafinadas pero entusiastas, con coreografía improvisada y la inmensa euforia que nos custodió durante todo el viaje. Los varones se limitaron a dejar constancia del momento en sus celulares.

Así seguiremos. Viajando por el mundo cuando nos dejen salir de esta prisión cambiaria. Y por Venezuela con bolívares tristes y cédula que ahora ya no dan de forma inmediata, pero orgullosa de esta tierra que tanto me ha dado.

Datos vitales

-Para comer

Restaurante José María

Calle Cronista Lecea, 11, Segovia

Teléfono: 34 921 461111

Restaurante Área de Bocegillas

Autovía A-1, Km 115 – 118

Boceguillas – Segovia

Teléfono: 34 921 543703

Fogón del Salvador

Plaza Salvador, 1, Soria

Teléfono: 34 975 230194

Asador Mauro

Calle Atarazanas, s/n

Peñafiel, Valladolid

Teléfono: 34 983 873014

-Para dormir

Posada San Millán

Calle del Vado 12

Sepúlveda – Segovia

www.posadasanmillan.es

Teléfono: 34 646 840483

Casa del Cura de Calatañazor

Web: www.posadarealcasadelcura.com

Teléfonos: 34 975 183642 y 666 193222