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Tiahuanaco, la ribera testigo de un imperio

En el corazón de América del Sur se encuentra una fascinante ciudad arqueológica | Foto Eduardo Salazar Uribe

En el corazón de América del Sur se encuentra una fascinante ciudad arqueológica | Foto Eduardo Salazar Uribe

El trayecto en tren deja al descubierto paisajes con montañas majestuosas y llanuras altiplánicas con singulares protagonistas naturales: llamas, vicuñas y vizcachas

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No hay mayor sorpresa para el ojo humano, sobre todo, el curioso y que busca nuevas historias, que la combinación de un espacio natural preservado y una riqueza histórica invaluable. Eso es lo que encuentra el viajero cuando visita Tiahuanaco, en Bolivia.

Tiahuanaco,  a 3.885 msnm, es quizá una de las ciudades más antiguas del continente, incluso se cree que es anterior a la época incaica. Llegar hasta allí puede ser fácil si alquila un automóvil y parte desde la ciudad de La Paz –se ubica a 70 km al noroeste–, aunque las vías terrestres están en malas condiciones, como las de todo el país. La otra alternativa es viajar en tren desde El Alto –una estrepitosa, desbordada e impresionante urbe aymara con un poco más de 900.000 personas–, pero eso sí, tendrá que armarse de paciencia, pues el trayecto que podría hacerse en 30 minutos tarda casi 2 horas.

Después de abandonar El Alto y Viacha –un pueblo que luce olvidado– se agradecen los paisajes que se dibujan en la ventana del vagón: montañas majestuosas y llanuras altiplánicas que dejan al viajante a merced de escenas con llamas, vicuñas y vizcachas.

Es así como se abre ante los foráneos la imponente Tiwanaku –nombre indígena que significa ribera seca–, una villa con prominentes colinas y llanos intercalados que reposan sobre monumentos de una cultura que dominó gran parte de la América prehispánica durante 19 siglos (desde 900 a. C hasta 1000 d. C).

José Apaza, uno de los guías locales, se dedica a explicar las riquezas de Tiahuanaco. “Esta civilización dominaba los territorios de la meseta del Collao, al sureste de Bolivia y el suroeste de Perú, también el noroeste de Argentina y el norte de Chile”, cuenta.

La madre de las civilizaciones. Lo primero que se avista en Tiahuanaco es la pirámide de Akapana con 7 terrazas graduales y una periferia aproximada de 800 metros. Es imponente aunque su belleza original deba dejarse a la imaginación,  pues hasta ahora permanece sepultada, en un intento por ocultarla para evitar su destrucción tras el colapso tiwanacota.

“Cuentan que en la cima había hermosas edificaciones, además una cruz andina por lo que este sería un templo de culto seguramente al Sol u otras deidades astrales. Los 18 metros de alto y la perfección de la pirámide insinúan un largo tiempo de construcción, revestida con piedra almohadilla y en cada nivel sobresalen sillas rectangulares de cortes simétricos que resalta el señalamiento exacto de los puntos cardinales, lo que despierta el interés de investigadores y desprevenidos”, narra Apaza.

Recientemente se ha comenzado a desenterrar la espectacular Akapana, un monumento que da cuenta de la obsesión por las pirámides de las antiguas civilizaciones que han poblado la Tierra.

La siguiente parada en el recorrido es el Templo semisubterráneo, una joya arquitectónica a 2 metros por debajo del nivel general de las adyacencias. Está sostenido por 57 pilares de arenisca roja que dejan al descubierto 175 cabezas esculpidas en piedra caliza. De la construcción impresiona el sistema de drenajes de la ciudad que aún está en funcionamiento.

De pronto a la vista sorprende el Templo de las Piedras Paradas, o Kalasasaya. Uno de los compañeros de vagón, el señor García, complementa las explicaciones del guía al comentar que esta cultura prehispánica obedecía a un Estado andino –según sus lecturas previas al viaje– ubicado en la meseta altiplánica, que gracias al bronce consiguió el dominio y la expansión que hoy refiere la arqueología.  Es tanta su admiración por el lugar que este hombre decidió celebrar aquí sus 40 años de edad, junto a su esposa y sus hijas.

A un lado de estos portentos arqueológicos está la Puerta del Sol, con 3 metros de ancho y 4 de elevación, mientras que la figura del Señor de los Báculos se ve en alto relieve y otras 4 docenas de seres míticos, alados y algunos arrodillados, sugieren la posible creencia en ángeles y demonios.

La muestra arqueológica culmina con el Templo a la Luna, la Kantatallita –de la cual los conquistadores extrajeron el oro que la recubría– y los monolitos Ponce, Fraile y Bennet.

Grandes arquitectos, diseñadores, ingenieros, planificadores, metalurgistas, y una impecable técnica urbanística están detrás de esta muestra maravillosa de la cultura del gran Imperio Tiwanacu-Wari.

Imperdibles

- En Tiahuanaco hay museos que exhiben piezas arqueológicas de suma importancia para la historia de la humanidad. Si quiere ahondar más puede leer las investigaciones de Arthur Posnansky, uno de los primeros en estudiar este sitio que consideraba la cuna del hombre americano.

- Si está en Tiahuanaco y quiere hacer algo más, puede tomar el tren hasta el puerto de Guaqui y pasear en un catamarán por el lago Titicaca, el más alto del mundo. Otra opción para ir a Guaqui es tomar un autobús en la estación de La Paz. El plan de un día completo no sobrepasa los 34 dólares.

- En Guaqui recuerde probar la trucha, la especialidad del lugar.

- No salga sin lentes de sol, bebidas hidratantes, protector solar y, por supuesto, una cámara fotográfica, que le esperan muchas selfies.