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De Texas a Montana a través del asfalto

Colorado / Verónica Márquez

Colorado / Verónica Márquez

El camino dicta las reglas en una travesía, al volante y con mapa en mano, por las autopistas de Estados Unidos

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Viajar en carretera es la ilusión de aventureros e inspiración de artistas. Las posibilidades son infinitas cuando se olvidan los mapas y el instinto se convierte en la única brújula. El viajero común se transforma en un verdadero explorador cuando el camino es quien dicta las reglas. Sin rutas y al volante, es posible descubrir territorios que no salen en el mapa, dormir en los lugares más inhóspitos y detenerse sólo por impulso.

Directores como Ridley Scott y Dennies Hopper seducen hasta al más sedentario a descubrir Estados Unidos a través de sus carreteras. El filme Thelma & Louise ha inspirado a aventureros a experimentar la libertad en los desiertos en Utah. Y la película Easy Rider popularizó la idea del American Road Trip cuando los ciclistas Wyatt y Billy emprenden un viaje por la Route 66 en busca de la contracultura americana de los sesenta.

Hay quienes viajan buscando una sensación de independencia. Algunos necesitan inspiración, relajación o diversión. Otros, persiguen riesgos. La ruta descrita promete algo para cada quien. Comienza una mañana en la animada capital tejana y termina con un atardecer al frente de un lago en el parque Yellowstone, Montana.

La juventud, punto de partida. Austin se ha convertido en la sede central de los hipsters. Todos los años en sus calles tiene lugar uno de los festivales de cine, música e interactividad más populares del mundo, South by South West (SXSW). La ciudad ofrece lugares con música en vivo y jóvenes siempre dispuestos a pasarla bien.

La energía efervescente de la urbe es contagiosa, especialmente en el South Congress (SoCo o SoHo tejano), una avenida repleta de bares, restaurantes y foodtrucks.

Desde tempranas horas de la tarde, un cartel invita a pasar al Continental Club, un local que no ha dejado de sonar desde 1957. Parejas, en su mayoría, sexagenarias, bailan al son de una banda de música country mientras un don Juan (probablemente pisando sus 80 primaveras), hipnotiza a las mujeres con “country two-steps”.

Paradas obligadas en el South Congress son San José, un hotel boutique diseñado para los BoBos (Bourgeois Bohême), y el Cream Vintage, la tienda para equiparse con todo el atuendo tejano desde botas hasta camisas del lejano oeste.

Para hacerle justicia a Austin hacen falta más de 24 horas, pero cuando se está en un roadtrip el tiempo es un bien escaso. Próxima parada: Santa Fe.

De ladrillo y extraterrestres

Una autopista bien asfaltada lleva directo a Nuevo México. El cambio en el paisaje es dramático cuando, nueve horas más tarde, un desierto rocoso interrumpe la linealidad de la carretera.

El panorama invita al conductor a soñar con el Wild Wild West y la posibilidad de desviarse hasta chocar con alguno de los cactus. En ruta se pasa por Roswell, ciudad sujeta a conspiraciones y controversias sobre los UFO (objetos voladores no identificados, por sus siglas en inglés) luego de que en 1947 una supuesta nave espacial se estrellara en sus alrededores. El desierto rojizo al atardecer hace posible imaginar que no hay otro lugar en la tierra donde un ser intergaláctico quisiera llegar.

Santa Fe es color rojo ladrillo y famosa por sus casas de adobe. La ciudad es conocida como un centro para las artes y forma parte de la Red de Ciudades Creativas de la Unesco. Es muy agradable pasear por las callejuelas y husmear cuanta tiendita se encuentre.

El ambiente del Café Pascuals, restaurante que debe su nombre al santo de los cocineros locales, dispara la imaginación: no tendría nada de extraño tropezar allí con el actor hollywoodense Tito Larriva y escucharlo decir, con un fuerte acento mexicano: “¿Alguien ha visto las películas de Tarantino y Bobby Rodríguez? Pues yo soy uno de esos malos que matan al cabo de 5 minutos. ¡Ya he muerto más de 50 veces en la pantalla!”.
 
A la montaña

200 kilómetros al norte de Santa Fe está la frontera con Colorado. Entrar a ese estado trae consigo otro cambio sustancial en el ambiente. El desierto se transforma en un bosque que, en otoño, es una paleta de ocres, amarillos rojos y naranjas, y dan sentido al nombre del estado.

Escondido entre una cordillera rocosa, al norte del estado de Colorado, se encuentra Silverton, ciudad que parece habitada por fantasmas del lejano oeste.

Tiene 500 habitantes. La avenida principal, custodiada por hileras de edificios victorianos en colores pasteles, hace pensar en la películas vaqueras de los años setenta. No sería una sorpresa que John Wayne empujara las puertas de madera de algún bar desolado y con sus dos pistolas retara a un duelo.

A pesar de su decadencia o, mejor dicho, justamente por ella, Silverton tiene un encanto que transciende con el tiempo. El polvo, el silencio y la desolación toman al viajero por asalto.

Una de las rutas más pintorescas es la U. S. Route 550. Una carretera de 2 vías que conecta a Silverton con el norte del estado. También conocida como la Million Dollar Highway, es estrecha, montañosa y se encuentra atrapada entre acantilados, por lo que recorrer 20 kilómetros puede tomar medio día de viaje y convertirse en un desafío.

Imponente Yellowstone

De camino hacia Wyoming se atraviesa la esquina noreste del estado de Utah. La imagen de un dinosaurio anuncia: “Welcome to Utah”. Las dos horas de camino que toma atravesar esa “esquina”, incitan al viajero a desviarse y recorrer el estado a fondo. Cadenas montañosas, puentes naturales, desiertos y lagos hacen tomar nota que el estado dominado por mormones, merece una visita exclusiva.

El suroeste de Wyoming es desolado: pueblos fantasmas, no identificados ni siquiera en Google Maps, aparecen en la carretera. Encontrar hospedaje puede ser un reto, incluso es posible rodar decenas de kilómetros sin ver una bomba de gasolina.

Pinedale, ciudad base para visitar las montañas rocosas de Wyoming, Wind River Range, parece un espejismo en el desierto. A menos de dos horas al norte de allí se encuentra Jackson Hole, urbe pintoresca que aloja a la mayoría de turistas que vistan Yellowstone.

El Parque Nacional de Yellowstone se expande en casi 9.000 kilómetros y contiene lagos, cañones, ríos, montañas que conviven dentro de una megafauna de osos, lobos, venados y búfalos. El lago de Yellowstone es uno de los más altos en toda Norteamérica y se encuentra dentro de La Caldera, el volcán más grande del continente. Está activo y ha entrado en erupción con gran fuerza, varias veces en los últimos 2 millones de años.

Hay que ver el géiser de Old Faithful, fuentes termales que hacen erupción periódicamente; el Gran Cañón, y la gran fuente prismática, la tercera más grande del mundo. Para tomar la “foto postal” de la fuente, es necesario escalar una montaña donde dominan los lobos. A lo largo del estrecho camino hay signos de advertencia y los más precavidos impregnan sus ropas con un spray anti-osos.

Sin duda el periodista Paul Theroux tiene razón al comparar los viajes con los sueños. El American Road Trip es un sueño que vale la pena convertir en realidad.