• Caracas (Venezuela)

Viajes

Al instante

Los Testigos se mantienen como un refugio de pescadores

Un grupo de 17 viajeros zarpamos desde San Juan de las Galdonas hacia Los Testigos. Fue una convivencia con la naturaleza y los placeres gastronómicos del mar

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cómo llegar. Hay que llegar a Río Caribe porque es el punto de partida –en este caso– o puede ser directo a San Juan de las Galdonas, que requiere escala en Río Caribe. Una opción es volar a Carúpano con Albatros –la única aerolínea que presta el servicio con un vuelo de lunes a viernes– o llegar por la maltrecha carretera –si no se cae otra vez el puente de Cúpira–.

Desde San Juan de las Galdonas se navega aproximadamente dos horas –con buen mar– hasta Los Testigos. Con un oleaje malandro pueden ser hasta cuatro horas y a toda velocidad. Sugiero agosto, septiembre, marzo o abril.

La dulce espera. Confieso que requiero naturaleza virgen varias veces al año. Me renueva dormir en chinchorro o carpa bajo el cielo, bañarme en ríos o playas, y que me despierte el sol y me acueste la luna. Es la oferta que nos hacen Tamara Rodríguez y Juan Sará alguna vez al año. Casi siempre en agosto o septiembre. En esta ocasión pudimos ir.

Destino: Los Testigos. Es mi tercer viaje a estas 16 islas e islotes de unos 5 km² aproximadamente cuya máxima altura es Testigo Grande, con 260 metros. Se trata de la avanzada insular más oriental de Venezuela y la más importante después de Las Aves, pues es la puerta natural de entrada al país de todas las embarcaciones turísticas.

Viven allí 250 personas, concentradas casi todas en La Iguana, donde queda el puesto de la Armada para el control de entrada y salida de viajeros. En una época eran puras casitas de madera tipo palafito, pero en un incendio voraz se quemaron como seis. Ahora son de bloques, acaban de hacer una escuela de madera lindísima, amplia y ventilada, pintaron y renovaron la capillita y acomodaron un galpón para celebrar la fiesta de la Virgen del Valle. Este fin de semana es la octavita.

La poca agua dulce que se consigue es la que pueden recoger de la lluvia, pero los habitantes son tan generosos que comparten la que tengan al igual que sus baños. Todos viven de la pesca, abundante y generosa, especialmente la langosta entre los meses de noviembre y marzo.

Salimos desde Río Caribe encaramados en un camión atestado de equipaje. Una carreterita malandra, de curvas, a punto de caerse en varios tramos. Ya no es novedad. Así están las vías en todo el país. Llegamos a San Juan de las Galdonas, un pueblo con una vista que te ahoga de estupor, pero en un abandono que desconcierta. En un embarcadero improvisado nos espera Botuto con su equipo de marineros y 4 bolsas brillantes de grasa llenitas de empanadas que devoramos con avidez. El cargamento se traspasa a los tres peñeros. Como detalle de la sofisticación, comento que llevamos una mesa de madera de dos metros de largo con sus respectivos bancos. En estas excursiones la hora de las comidas es una ceremonia y debe ser sentados, como manda el paladar. Dos horas de trayecto perfecto. Un mar amable, plano, limpio. Unos viajeros dichosos.

Refugio paradisíaco. La primera parada es en La Iguana para reportarnos en la Armada. Una dicha conseguir a los pescadores y comentar los avances del poblado. Seguimos rumbo a Playa Real. Chonchón –el pescador flaco, alto y desgarbado– estaba en Margarita. Nos instalamos en una lomita de arena, con palmas que dan sombra a ratos, el mar pegado de la frente, el viento que sopla, el sol que calienta y las estrellas luminosas como techo nocturno.

Cada quien aparta su lote, arma su carpa o guinda su chinchorro. Le buscamos puesto a la mesa, la cocina y los tambores de agua dulce. Queda listo el hogar. Nuestra única tarea será lanzarnos al mar, ponernos la máscara y las chapaletas para ver pececitos y corales, caminar por la playa o el mar para hacer ejercicio y contemplar este regalo de soledad y silencio, tomar sol, conversar, leer… Es la convivencia armónica con estas islas lejanas que los pescadores convirtieron en hogar hace muchísimos años. Son cuatro días con sus noches. Hay una franja de arena muy blanca, el mar tranquilo de un lado y alborotado del otro, un canal al final que une ambos y chivos en la lomita.

Cerquita de Playa Real vive Nelly, madre de los siete hijos de Chonchón y la matrona de esta comunidad. Comparte Playa Chiquita –que así se llama la pequeña bahía– con sus hijas y nietos. Tampoco estaba en esta ocasión. Los dos andaban para Margarita. Aquí reciben a la visita con gentileza. Les ofrecen un techo en el frente de sus casas o bajo las matas, pueden prepararles algo de comida si la llevan o freír un pescado y una arepa.

Es bueno que sepan que la única forma de hacerse una casa en Los Testigos es haber nacido aquí o casarse con alguien de aquí. Los testigueros se hacen respetar. Son amables y generosos, pero se dan su puesto. Aman su soledad y su silencio. En estas islas no se vive del turismo. El sustento es la pesca.

Los visitantes deben llevar cava, hielo, comida, cocina, sillas, mesas, carpas, chinchorros… Hay un miniabasto en La Iguana donde ofrecen algunas cositas, pero lo básico.

Tamarindo con posada y cerro. Un gran paseo es ir hasta Tamarindo, otra de las playitas en Testigo Grande. Aquí vive una señora que cuidaba unas tortuguitas antes de lanzarlas al mar. Esperaba que crecieran para que se defendieran solas en tanta agua llena de peces grandotes. Pero así como conmovía la sensibilidad para con las tortugas, Fernanda –la hija de Tamara y Juan– lloraba cuando vio un monito encerrado en una jaula. Es desolador ver a estos animalitos en ese encierro y saber que si los sueltas igual se mueren,ya no saben cómo vivir de su cuenta.

Por aquí deben preguntar la ruta hasta El Faro. Se sube por un bosque xerófito precioso, lleno de cactus y espinas. Deben llevar zapatos cerrados.

La recompensa es gozarse la vista desde la máxima elevación en este grupo de islas. Hacia un lado, en una lomita que llaman Sector Los Ingleses, queda la posada La Casa Verde, el hogar de Cira Mata y Hernán Carreño. Hay 3 habitaciones: una matrimonial, otra con 2 literas y la tercera para 3, con una litera y una cama, todas con aire acondicionado y un baño que comparten.

Es sencillo, pulcro y con lo necesario. Tienen su planta. Se pagan Bs 400 por persona con hospedaje y las 3 comidas. Bs 200 si es sólo hospedaje.

Hernán tiene su peñero y ofrece el traslado ida y vuelta desde El Morro de Puerto Santo hasta Los Testigos por Bs. 4.000 para las 9 personas que se pueden hospedar en la posada. La tarifa incluye paseos por las islas. Hay que avisar una semana antes.