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Sucre da tristeza

Así luce Playa Medina desde lo alto | Foto Pisapasito

Así luce Playa Medina desde lo alto | Foto Pisapasito

La costa más exuberante, variada, tropical y franca de Venezuela la tiene el estado Sucre. En sus 11.800 km2 hay 4 parques nacionales: Península de Paria, Turuépano, Mochima (que comparte con Anzoátegui) y Guácharo con Monagas. Cumaná –su capital– es la primogénita del continente. Cumple 500 años el 27 de noviembre. Es el mayor productor pesquero del país. Pero solo tiene un aeropuerto que funciona, el narcotráfico lo tiene cercado, la pobreza es notoria, la inseguridad atemoriza a sus habitantes y aleja a la visita, y la falta de agua y luz es un clamor diario

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El pasado mes de mayo la nueva ministra de turismo, Marlenys Contreras, se reunió con el gobernador de Sucre, Luis Acuña, para anunciar el “despliegue de actividades culturales para potenciar el turismo” con motivo de la celebración de los 500 años de la fundación de Cumaná, su capital, ciudad primogénita del continente. A las 2 semanas el pueblo de Tocuchare cerró la carretera nacional desde las 7:00 am hasta las 7:00 pm reclamando por la falta de agua. Estos cierres de la vía se producen varias veces a la semana, ya sea en Marigüitar, San Antonio del Golfo o Playa Colorada. En Carúpano son dolorosas y humillantes las colas para comprar los productos básicos. No se sabe qué es más notorio, si la gente mendigando una bolsita de jabón o la basura en cada esquina. Cumaná es una ruina, aunque hayan descubierto un túnel mientras finalmente le hacían algo a la plaza Bolívar. ¿Quién quiere actividades culturales cuando no tiene agua, ni comida, ni seguridad?

El turismo languidece. Pocos estados en Venezuela tienen los recursos de Sucre para ser el gran destino de costa del país. Su puerta de entrada si vienen desde Anzoátegui es el Parque Nacional Mochima, santuario de delfines todo el año, playas protegidas por montañas y un clima perfecto. Tendría que ser el paraíso de navegantes y el delirio de visitantes de Venezuela y el mundo. Pero nadie puede quedarse a dormir en sus playas por el temor a ser asaltados. Uno de los paseos más sublimes que haya hecho en kayak fue por sus costas. En una ocasión asaltaron a un grupo y se suspendieron las visitas. En otra oportunidad nos quedamos en Manare y esa misma noche llegó una lancha de narcos que se habían accidentado. Fue el comentario de la mañana.

En la zona de Cariaco y Casanay –el gran centro de aguas termales de Venezuela– temen acabar con todas las pozas cerradas por falta de cloacas. Han presentado proyectos y más proyectos y nadie les hace caso. La laguna de Campoma no resiste seguir siendo el vertedero de todas las aguas servidas. Esa sabana preciosa que se ve al tomar la vía de Casanay, está destinada a convertirse en la gran cloaca de Sucre.

En el aeropuerto de Cumaná aterriza un vuelo diario y el de Carúpano no hay forma de que lo abran. Funcionarios del INAC aseguran que no cumple con las normas de seguridad y que el gobernador no se ha ocupado de solventar la situación.

Mientras tanto la península de Paria muere de mengua esperando visitas. En Playa Medina se iba a construir un Mediterranée en los años noventa. El proyecto fracasó por la huida de los inversionistas extranjeros luego del golpe de 1992. Sus promotores piensan ahora que fue para bien. De haberse hecho es probable que se hubiera abandonado más adelante. Pero este no fue el único intento fallido. Un francés casado con una oriunda de San Juan de las Galdonas montó un hotel encaramado en la playa de este pueblo. Si cuando funcionaba era horroroso y discordante, ahora que está abandonado lo que provoca es un llanto largo. Lo mismo sucedió con el campamento que hizo este mismo francés en el delta de Paria. Luego llegó una empresa francesa –Little Secrets– y compró el hotel de San Juan, el campamento en el delta, la posada La Colina en Carúpano y Río de Agua en las sabanas de Venturini. Ya se fueron y dejaron todo abandonado. Imposible funcionar con inseguridad y sin servicios: ni agua, ni luz, ni aeropuerto.

Otros fracasaron en menor escala. Una pareja que compró y remodeló una casa hasta convertirla en la posada Villa Antillana. Una amiga que quiso convertir Paria en referencia del cacao venezolano, hizo el museo, la fábrica, compró la casa más bella de Río Caribe para hacerla posada y ya vendió lo que pudo, estuvo un tiempo en Caracas y recibió una oferta para montar un proyecto extraordinario en Europa. Otro quiso ocuparse del cacao y le expropiaron todo.

Playa Medina sigue con sus cabañas y funciona muy bien. Lograron un acuerdo con la comunidad para el manejo de la playa, defienden los cocotales y mantienen la limpieza y el orden. En Pui Pui –del mismo grupo– son preciosas las cabañas frente al mar, hay restaurante y zona de carpas. La luz se va con frecuencia y el agua debe llegar en cisternas.

Parque Nivaldito insiste. Tienen su primorosa posada Caribana en Río Caribe y sus Villas Playa de Uva en Nivaldito. Cuando Enrique Franceschi se convirtió en el alcalde de Río Caribe, los trabajadores del turismo vieron el cielo despejado de nuevo. Fue alegría de tísico. Lo mataron antes de que pudiera empezar con sus planes. Varias posadas han cerrado en playa Copey en la entrada de Carúpano. El hotel Cumanagoto está muy deteriorado desde que pasó a manos de Venetur. No hay sino que ver el tamaño del jaboncito que ponen y eso si lo pides. Pero ostenta sus 5 estrellas. Salir a la playa es un riego personal.

Cacao, pesca y gastronomía. Si bien es cierto que el turismo es una historia de fracasos, la naturaleza hace esfuerzos heroicos por mantenerse. Le cuesta recuperarse después de cada quemazón para abrir un conuco o la tala enloquecida que promueven las invasiones. Pero esta vegetación frondosa y exuberante sigue empeñada en llegar hasta el mar. No hay sino que navegar desde San Juan de las Galdonas hasta Uquire para ver cómo los árboles se lanzan al mar y los ríos desembocan desde lo alto formando cascadas. Pero esta es la zona predilecta del narcotráfico por la soledad y por su cercanía con Trinidad y el resto del Caribe.

En este recorrido reciente notamos un resurgimiento de las plantaciones de cacao, un deseo por incursionar en este rubro, ya sea sembrando o comprando a los productores pequeños para vender a los grandes. Por Paria queda la plantación de la familia Franceschi, quienes han recuperado más de 20 variedades de cacao de origen y tienen en el mercado un excelente chocolate negro de origen en sus versiones Canoabo, Río Caribe y Sur de Lago. Siempre se gana premios internacionales. También queda por estos predios Chocolates Paria con su fábrica y su museo. El cacao es el gran cultivo para Paria. El único que se parece a su naturaleza porque la protege. Requiere sombra, árboles, humedad. Ojalá sigamos así para que Paria jamás pierda su esplendor.

También siguen por aquí –en Río Caribe– Tamara Rodríguez y Juan Sará. Ella es la gran promotora de los sabores de Paria. Se ha empeñado –con su cocina itinerante– en alborotarle el paladar a Venezuela y el mundo con sarrapia, chorizos, morcillas, picantes, frutas, flores, cacao, ron Carúpano y los acrás. Su cocina es una oda a la península de Paria. Hace unas semanas hicieron un sancocho en la plaza de Río Caribe y se convirtió en un suceso. Cosmelina –su pupila– también insiste desde su restaurante Manos Benditas frente al malecón.

Otros que permanecen defendiendo la naturaleza son dos alemanes que llegaron hace más de 40 años. Wilfried Merle con su centro ambiental y Klaus Muller con su campamento Vuelta Larga y su empeño en educar a niños y jóvenes de todo el país para que entiendan que pueden hacer algo por el medio ambiente para salvar el planeta.

En Araya hizo su única película Margot Benacerraf y mereció el premio Cámara de Oro en el Festival de Cannes de 1959. Hoy Araya es el abandono. Las montañas de sal están petrificadas, las salinas conservan sus maravillosos tonos rosados, de la fortaleza queda cada día menos, pero Jonathan Reverón se fue hasta allá para hacer su documental Madame Cinemá y rendirle tributo a la pionera del cine venezolano y a esta tierra roja y reseca que contrasta con el verde y la humedad de su vecina Paria.

Sucre merece un mejor destino.