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San Blas las islas secretas de Panamá

Más adentro hay islas y más islas, cada una con nombre propio: Cangrejo, Perro, Aguja... Algunas de ellas se recorren a pie en máximo diez minutos | Fotos sanblas-islands.com/hotelesoriginales.com

Más adentro hay islas y más islas, cada una con nombre propio: Cangrejo, Perro, Aguja... Algunas de ellas se recorren a pie en máximo diez minutos | Fotos sanblas-islands.com/hotelesoriginales.com

En este archipiélago no hay lujos, pero tampoco incomodidades ni distracciones. La invitación es a contemplar el paisaje, a respirar aire puro, a reencontrarse con uno mismo

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Playas sin ningún hotel, tampoco vendedores, ni mucho menos las comodidades y atenciones de un resort del Caribe. Así es San Blas, en Panamá. No se parece a ninguna de las comunes ofertas caribeñas porque sencillamente es un paraíso virgen, casi intacto, de esos que poco se encuentran en las guías.

El archipiélago de San Blas cuenta con 365 islas, la mayoría deshabitadas. Otras cuantas –alrededor de 40– son administradas por indígenas de la etnia kuna, integrantes de la comarca Kuna Yala que habitan esta área de casi 200 kilómetros, ubicada en la costa norte panameña.

Aunque existe un aeropuerto que permite llegar al área indígena, ubicada en el poblado de El Porvenir, la mayoría de los turistas opta por vivir la travesía completa: un viaje de casi dos horas y media, desde Ciudad de Panamá, a bordo de una camioneta 4x4. ¿Por qué? El primer tramo del camino, de casi hora y media, es tranquilo. Pero luego es montañoso, hay curvas y partes inclinadas; a veces se sienten vacíos y movimientos como de montaña rusa. Es la única vía terrestre y la más segura, pues en una parte del trayecto, los indígenas hacen una especie de “alcabala” para pedir papeles y cobrar el ingreso a la comarca. Cada pasajero debe pagar 20 dólares por entrar.

Tras el movido viaje se llega a un muelle rústico –en el puerto de Cartí–, donde cientos de viajeros se embarcan a diferentes islas. Mientras la lancha avanza, durante casi una hora, a lo ancho del mar se pueden ver pequeñas poblaciones de indígenas que viven en chozas fabricadas con paja y pencas, telas de colores colgantes y canoas descansando en el agua.

Allí, los hombres hacen el trabajo duro: la pesca, el arreglo de las cabañas. Las mujeres se dedican a las labores de la cocina; pero, sin duda, son las más llamativas: visten trajes particulares como camisas de mola (tejido típico panameño), faldas anudadas a la cintura, collares y anillos dorados, pañoletas en la cabeza, argollas en la nariz, tobilleras y pulseras de chaquiras.

Hospedaje sencillo. Más adentro hay islas y más islas, cada una con nombre propio: Cangrejo, Perro, Aguja... Algunas de ellas se recorren a pie en máximo diez minutos. Otras en tan solo cinco. Cada una cuenta con hospedaje, comida y los servicios básicos. Para quienes están acostumbrados a las comodidades cinco estrellas, esta no es la mejor elección. En la mayoría de las islas hay pequeñas y sencillas cabañas. También hay zonas de camping.

Antes de dormir y al despertar, el mar se escucha sin interrupción, pues la cama puede estar ubicada a tres metros del agua. Los baños son compartidos, solo hay luz en la noche (por pocas horas). Antes de viajar hay que equiparse de agua y alimentos porque solo hay un restaurante que sirve las comidas principales. No hay lujos, pero tampoco incomodidades ni distracciones. No hay señal de celular, no hay televisión.

La invitación es a contemplar el paisaje, a respirar aire puro, a reencontrarse con uno mismo. Es posible leer, dormir en la playa, descansar en una hamaca, buscar el tan anhelado color canela sobre la arena. Ver la naturaleza tal cual surgió en sus inicios. Nadar, bucear o hacer snorkel. Las aguas son claras, muy claras, y la arena blanca parece polvo de escarcha.

Estrellas en el mar y en el cielo

La travesía a San Blas puede durar de dos a tres días, y uno de ellos debe dedicarse a conocer otras islas, como la Estrella. Su nombre hace honor a las múltiples estrellas de mar que se ven en el océano. También se puede nadar en mar abierto o, en algunas zonas, ver arrecifes, tortugas marinas y otras especies.

Existe la opción de ir a un poblado kuna para conocer de cerca cómo viven y cuáles son las costumbres de los nativos. En la noche, como solo se tiene la luz de la luna, una gran fogata, que integra a turistas de todo el mundo, puede cerrar la aventura de una vida de meditación, aislamiento y tranquilidad.