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El Salar de Uyuni, un destino de ciencia ficción

Más allá del santuario, se ve la diferencia de clases sociales a lo lejos

Más allá del santuario, se ve la diferencia de clases sociales a lo lejos

El desierto de sal más grande del planeta se extiende en el sureste de Bolivia para dar a los viajeros una experiencia casi fuera de este mundo

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“Como si estuviéramos en Marte”. Así es Uyuni para Juan, el guía local, quien cuenta que este lugar increíble –y no exagera con este adjetivo– es como de ciencia ficción. Y no es para menos, el trayecto comienza en el cementerio de trenes, que da cuenta de la actividad minera que se desarrolló en esta zona de Bolivia hasta mediados de los años noventa.

Locomotoras, vagones y hasta rieles. Más allá del santuario, se ve la diferencia de clases sociales a lo lejos. Se ve la pobreza. Pero los turistas parecen no reparar en eso, en los suburbios detrás de los trenes o la gente durmiendo en algunos vagones. Estas estampas no detienen las selfies que se hacen los turistas.

Minutos después uno se encuentra en Artesanías, un caserío en el que una niña de aproximadamente 9 años carga entre sus brazos una pequeña llama. No dice cuál es su nombre porque no habla español, sino aymara, lengua homónima de la principal etnia boliviana. Desde la llegada al poder de Evo Morales, en 2006, algunos aymaras forman parte de la nueva clase dominante y rica del país.

Para avanzar al Salar de Uyuni, el principal centro de atención de este destino, en el sureste de Bolivia, el traslado se hace en una camioneta 4x4 que en este caso maneja Juan. Y es así como después de trenes y manualidades, la sal se apodera del paisaje. ¡Lo que antes fue un mar!

Como un espejo. Los lentes de sol son obligatorios para admirar un gran desierto de sal que crea una ilusión óptica, la cual hace pensar al viajero que camina sobre un gran espejo donde se refleja el cielo. Se encuentra a 3.650 msnm, en una superficie de 10.582 km2, y es considerado la mayor reserva de litio del planeta. Esta maravilla de la naturaleza se ubica en Potosí, en la cordillera de los Andes, la cadena montañosa que empieza en Venezuela y termina en Argentina.

Algo interesante del salar es que por su inmenso tamaño, superficie plana y poderoso reflejo, sirve para la calibración de satélites. El paisaje deja maravillado a cualquiera, como le sucedió a Esteban Martínez, uno de los integrantes del grupo de recorrido, quien no paraba de fotografiar.

También estoy con dos ecuatorianos, Maite y Felipe, y la argentina Claudia, hija de la señora Juana, de Bolivia. Las claves para viajar con un grupo que no conoces, es simplemente conversar y ser empático; cuando descubres a la otra persona y comprendes su manera de ver la vida, seguro disfrutas al máximo.

Juan, el guía, contó que este desierto salino consta de 11 capas de sal con un espesor que varía entre 2 a 10 metros. La figura superficial se divide en hexágonos simétricamente perfectos con una profundidad de 120 metros.

De catarsis. Durante el recorrido se aprecian de cerca una infinidad de flamencos que danzan y dan un espectáculo visual imponente. Aguzar los sentidos sumerge al viajero en la catarsis idónea para olvidarse de todo.

En medio del salar también existe una isla, la del Pescado –por su forma– en la que puede tener muy de cerca cactus de hasta 10 metros de alto.

Una gran experiencia vivida, con compañeros entrañables, y en la que como trotamundos te enamoras más de este increíble planeta.

Paisajes irreales

Después del salar, se abre un abanico de opciones en el resto de Uyuni: lagunas de colores, volcanes dormidos, cuevas de siglos y siglos, e incluso hay un museo natural que parece diseñado por Salvador Dalí.

La cifra 100.000 personas al año visitan el Salar de Uyuni, y se ha vuelto una mina de oro del turismo boliviano.