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Rapa Nui territorio lleno de misterios

Imagen del Ahu Tongariki, el más grande que existe y que que reúne 15 moai / EFE

Imagen del Ahu Tongariki, el más grande que existe y que que reúne 15 moai / EFE

Es un pequeño, lejano y misterioso destino que lo tiene todo para ser fascinante a la sombra de sus solemnes moais

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27º09’ latitud sur, 109º26’ longitud oeste. En ese punto se ubica uno de los lugares habitados más aislados del planeta, Rapa Nui o isla de Pascua, un destino para perderse si no se quiere ser encontrado, rodeado de agua, volcanes extintos y una cultura milenaria y misteriosa que tiene su mayor icono en los moai de piedra.

Aunque chilena, la isla está a más de 3.500 kilómetros de Santiago de Chile. Una buena opción para una escapada en vacaciones y sentirse como los primeros europeos que pusieron su pie en este recóndito rincón al mando del almirante holandés Jakob Roggeveen, durante el Domingo de Resurrección de 1722 y que por ello la nombraron como isla de Pascua. Pero mucho antes era Te Pito o Te Henua, denominación de los ancestros de la actual población que significa en polinesio “el ombligo del mundo”.

Hoy Rapa Nui, el nombre indígena de isla de Pascua, es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, porque es un territorio que ofrece el testimonio de un fenómeno cultural único en el mundo. “Asentada en esta isla hacia el año 300 d.C., una sociedad de origen polinesio creó, al margen de toda influencia externa, grandiosas formas arquitectónicas y esculturales dotadas de una gran fuerza, imaginación y originalidad. Desde el siglo X al XVI construyó santuarios y esculpió numerosos moai, gigantescos personajes de piedra que forman un paisaje cultural inigualable y fascinan hoy al mundo entero”.

 

Tierra de gigantes. Si hay una imagen que define a esta isla, que surgió de la conjunción de tres volcanes, es la de los moai, esas enormes estatuas de piedra de forma humana cuya contemplación de cerca justifica el viaje a Rapa Nui. Las figuras sorprendieron a Roggeveen, quien desde su nave, antes de atracar, las confundió con personas, por lo que creyó que se trataba de una tierra de gigantes.

Estatuas intrigantes, con sus enormes narices y alargadas orejas, muchas de rostro adusto, otras –las más bajas y de formas más redondeadas– contemplan el mundo con una expresión como de mudo asombro, el mismo asombro y misterio que rodea a estas estatuas de piedra que están repartidas por toda la isla, sobre sus ahu (plataformas ceremoniales), caídos a tierra o aún a medio terminar en la cantera de Rano Raraku, donde se esculpían con la corteza de este volcán.

En la actualidad hay más 600 moais, y aunque su significado es incierto se cree que son representaciones de antepasados difuntos, esculpidos para el espíritu de los fundadores y demostrar su poder sobrenatural sobre el lugar.

La enorme mayoría son figuras masculinas, todas diferentes entre sí, talladas hasta la cintura, con los brazos que caen a los lados del cuerpo, con protuberantes abdómenes y dedos largos y muy delgados, y una imponente altura de entre 5 y 7 metros, aunque en Rano Raraku se puede contemplar el mayor, de casi 21 metros aún tumbado sobre la tierra.

Y es que estos gigantes se esculpían en posición horizontal sobre la misma piedra, según un estricto ritual sagrado, hasta despegarla de ella para ser transportados y colocados en los ahu, donde se les ponían los ojos, de coral y obsidiana, pues constituían su fuente de poder.

Otro de los grandes misterios es cómo se transportaban los moais, de hasta 10 toneladas, durante kilómetros hasta su ubicación definitiva cerca del mar, mirando hacia tierra adentro. Muchas son las teorías sobre cómo se transportaron aunque, según la tradición, sería resultado del Mana, una especie de poder mágico que permitía a los moai desplazarse andando lentamente hasta su ubicación definitiva. Los estudiosos apuntan a que podían ser deslizados tumbados sobre una especie de trineos o haciéndolos rodar sobre troncos.

 

Petroglifos y cuevas. Pero la cultura ha dejado en Rapa Nui algo más que moais. Por ejemplo, los petroglifos, de los que una buena muestra está en la antigua aldea ceremonial de Orongo, junto al volcán Rano Kau, cuyo cráter es ahora un lago y ofrece unas preciosas vistas del océano. En la aldea pueden verse estas piedras grabadas con la imagen de pájaros antropoformos que sostienen en el pico un huevo.

Para los amantes de la naturaleza, el submarinismo y el buceo los fondos de la Rapa Nui ofrecen, gracias a la escasa contaminación, una visibilidad envidiable y su lecho submarino agrupa paisajes de gran belleza, como la Cathédrale –un tubo de lava submarina quebrado por fallas– o Motu Kao Kao.

En una isla de origen volcánico tampoco pueden faltar las cuevas, horadadas por el fluir de la lava hacia el mar y que fueron usadas por sus habitantes como viviendas, refugio o para celebrar rituales. Entre ellas la de Ana Kai Tangata, en cuyas paredes se pueden restos ver pinturas rupestres, o la de Ana o Keke, la Cueva de las Vírgenes, tallada en el acantilado y donde, según la leyenda, eran recluidas las jóvenes vírgenes durante un tiempo para acentuar la blancura de su piel.

 

Festival de Tapati. Durante quince días de febrero se celebra Tapati, en el que los habitantes comparten su milenaria cultura con los turistas y cuyo propósito es, a través de una serie de pruebas que enfrentan a varios equipos, coronar a una reina.

La competencia incluye la construcción de embarcaciones tradicionales (vaka tuai), pintura corporal (takona), cantos rituales (riu), nado sobre un flotador de totora (pora), una suerte de triatlón en el lago Rano Raraku, o la más conocida y espectacular la haka pei, en la que los jóvenes locales, con el cuerpo cubierto de pinturas tradicionales se deslizan sobre troncos de árbol de plátano por la ladera del cerro Pu’i.