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Puerto Williams el pueblo en el fin del mundo

La localidad tiene un aire de ciudad del lejano oeste, con calles sin nombre ni apellido | Fotos EFE

La localidad tiene un aire de ciudad del lejano oeste, con calles sin nombre ni apellido | Fotos EFE

Una de las paradas turísticas es un restaurante de comida colombiana, donde los viajeros tratan de paliar la conmoción que produce el desembarcar en el confín del planeta, donde no hay Internet ni conexión telefónica

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De entre la niebla que abraza los riscos inhóspitos del macizo Dientes de Navarino, en el archipiélago de Tierra del Fuego, sobresale el verde tejado de la única iglesia de Puerto Williams, el pueblo más austral del planeta.

A esta remota localidad chilena, situada en la isla Navarino y frente al mar de aguas plomizas que baña las costas del canal de Beagle, le corresponde el honor de ser el último pueblo más meridional del continente americano, diez kilómetros más al sur que la ciudad argentina de Ushuaia.

Puerto Williams tiene un aire de fin del mundo, de ciudad del lejano oeste, con calles sin nombre ni apellido barridas por la ventisca subantártica y con grandes parcelas de tierra yerma a la espera de nuevas familias.

La mitad de sus 2.200 habitantes son marinos de la Armada de Chile que trabajan en la Base Naval ubicada en el pueblo. La otra mitad se dedica al turismo o a la investigación, pues la localidad se encuentra en una de las últimas 24 regiones vírgenes del planeta: la Reserva de Biosfera Cabo de Hornos.

 

Antes de la Antártida. Entre las pequeñas casitas de planta baja y puertas abiertas, de vez en cuando se descubre un caballo, una gallina o una bicicleta sin atar. Varios niños juegan en la plaza central, dominada por un diminuto supermercado.

En el aire flotan las palabras del locutor de la radio local que se difunden gracias a unos pequeños altavoces instalados en el exterior del establecimiento. “El futuro Hospital de Puerto Williams se inaugurará en los próximos meses”, anuncia.

A pocos metros se encuentra un restaurante de comida colombiana, un local sin ventanas donde aseguran que sirven las mejores empanadas de centolla. Dentro, la cumbia y las luces rojas empapan el ambiente y algunos turistas consumen cerveza para paliar la conmoción que produce el desembarcar en el puro confín del planeta, donde no hay Internet ni apenas conexión telefónica.

Algunos llegaron en avioneta desde Punta Arenas, otros en barco desde Ushuaia o en velero desde cualquier otra parte del orbe. Para estos últimos, Puerto Williams es un hito en su travesía, pues a partir de aquí empieza su viaje hasta la Antártida o el Cabo de Hornos.

La mayoría de ellos acostumbra a recuperar fuerzas en el singular puerto del pueblo presidido por el Micalvi, un carguero pintado de blanco y marrón que, después de navegar varias décadas por el Rin acabó fondeado permanentemente en las frías aguas australes.

El robusto mercante es hoy un equipamiento flotante del puerto y ofrece apoyo logístico para navegantes y visitantes de todas las latitudes, como el marinero polaco Sebastian Sobaczynski, quien llegó de la Antártida a bordo del Polonus, un pequeño velero sin motor.

Cuando cae la noche, la gran sala multiusos del Micalvi se convierte en un animado bar donde las epopeyas de los distintos intrépidos afloran a medida que se van amontonando las copas de pisco sour, el coctel nacional. La del polaco cautiva a todos los visitantes.

La inquietud por reeditar los pasos de Ernest Shackleton empujó a este arquitecto de Cracovia a dejarlo todo atrás y sumarse como tripulante a una travesía hasta el continente blanco que, tal y como ocurrió con la expedición del gran explorador anglo-irlandés, acabó con el velero atrapado en el hielo antártico.

Sobaczynski no quiso abandonar la nave en el desierto helado, así que, por un dólar, la compró a su propietario y convenció a dos amigos polacos para que le ayudaran a repararla. Después de 4 meses trabajando a 40 grados bajo cero y solo acompañados por un séquito indolente de lobos marinos, el trío de rudos marineros consiguió poner de nuevo el velero en el agua. “Cuando regrese a Polonia voy a escribir un libro”, asegura el marinero.

Empezar de nuevo

Algunos extranjeros quedan atrapados por la belleza endémica de estos parajes. Este es el caso de Sergio, un colombiano de Medellín que, después de perder familia, casa y trabajo, decidió empezar a caminar rumbo al sur del mundo. Unos años después, llegó a Puerto Williams.

“Hay lugares en el mundo que tienen una magia y energía especial, este pueblo es uno de ellos. Estoy contento de haberlo encontrado. De aquí ya no me muevo, quiero morir entre estas montañas, ríos y cielo”, confiesa.