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A Praga se la mira hacia arriba

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Cero prisas. La capital de la República Checa exige sosiego para caminar sus calles e imaginar cada período histórico reflejado en sus templos, torres, puentes y en el río Moldava, su mudo testigo

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Después de leer el relato de Kapuscinski cuando salió en avión de su Polonia comunista y vio por vez primera una urbe iluminada, queda en el lector esa curiosidad de asomarse por la ventanilla a ver qué le depara la próxima ciudad desconocida.

Quizás no es para sentenciar con Rilke: "Confiese si sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera vedado", pero hay destinos ­como Praga, la tierra natal del poeta­ donde la pluma renace aún en quienes escriben poco.

La ventanilla asomó una Praga con edificios demasiado cuadrados aunque muy coloridos. Más adelante se enterará de que en la época del comunismo esos bloques de vivienda, llamados panelaki, tenían color "gris bloque" como ­aseguran­ era la cotidianidad de quienes allí vivían.

Una de las pocas cosas atinadas que hicieron los comunistas, fue conservar intactos sus castillos, monumentos e iglesias. El legado arquitectónico de muchas zonas de la República Checa permanece para el regocijo de los estetas y estudiosos de las bellas artes.

A Praga se la mira hacia arriba. Sus calles estrechas y las altas construcciones obligan a un contrapicado permanente mientras la mandíbula no se recobra de tantas etapas arquitectónicas en tan poco espacio. Girar sobre los talones puede convertirse en un reloj al pasado: a las doce, románico, a las tres, gótico; a las cuatro renacentista; a las nueve, barroco. Una ciudad perfecta para estudiantes de arte. Pero también perfecta para quien quiere pasar unos días deleitándose en la estética.

Olvídese de esos planes atolondrados de un día para conocer esta ciudad checa. Praga es para probarla, degustarla, caminarla, fotografiarla y contemplarla. La prisa es una palabra que no debería pronunciarse al caminar por las piedras centenarias que arman sus calles. La prisa es plebeya en este reino de la Bohemia.

Desde un mirador al frente del palacio de gobierno el viajero se cansa de contar torres y decide creerle al guía que le dice que alguien lo intentó alguna vez, pasó de las 400 y resolvió dejarlo así. Hay muchas más. Si se fija bien en las cúpulas algunas les pueden servir de referencia cuando ande a pie por la ciudad.

Lo mejor es caminar. Eso sí.

A las chicas hay que recomendarles que los tacones no son el mejor calzado por estas calles. Los caminos empedrados están hechos para zapatos muy cómodos porque son de épocas donde el asfalto no era una opción. Así que siempre bella, pero cómoda. Recuérdelo.

A pie desde Loreto. Se puede empezar un recorrido por la iglesia de Loreto que data del siglo XVII. Como muchos loretos europeos albergan la Santa Casa, que según la tradición los ángeles transportaron desde Nazaret hasta Italia y desde allí nacieron algunas réplicas para fomentar la piedad de los fieles. El objeto más famoso que aloja es una custodia que llaman El Sol de Praga, elaborada en plata y con 6.222 diamantes engastados.

Bajando hacia el palacio de gobierno ­que forma parte del Castillo de Praga­ se consigue la columna de la peste y también tres candelabros del siglo XIX que aún se encienden con gas. Cerca está el palacio arzobispal y un poco más allá un mirador aledaño al palacio gubernamental. Desde allí se ve la torre Petrín, más pequeña que la torre Eiffel pero emplazada en un cerro que la hace lucir bastante alta, de lo cual se ufanan los checos para decir que está más alta que la francesa.

Ya en palacio se puede presenciar un cambio de guardia, la cual se viste con uniformes diseñados por Theodor Pistek, quien ganó el Oscar por el vestuario de la película Amadeus.

Al lado de la casa gubernamental no podrá menos que mirar a lo alto y sorprenderse ante la grandeza de la catedral gótica dedicada a San Vito. Allí coronaron a todos los reyes de Bohemia y en ella están enterrados obispos y monarcas, entre ellos san Wenceslao. También resguarda las joyas de la corona, que son expuestas sólo en ocasiones especialísimas.

Los vitrales de este templo dan realce a uno de los oficios más destacados del reino: la cristalería. Los mejores maestros cristaleros tienen su obra allí, incluso Alfons Mucha, exponente del Art Noveau checo ­le conocen como el Gaudí de Praga­, dejó su impronta en el vitral más nuevo con los santos Cirilo y Metodio, patronos de Europa.

Una plaza para estar. Hay muchos sitios que visitar en Praga, pero si usted va a la plaza de la Ciudad Vieja puede pasar toda una tarde regodeándose en la estética checa. En una esquina está la Torre del Ayuntamiento que ostenta el famosísimo Reloj Astronómico. Funciona desde 1410. La gente se arremolina ante él cada hora ­desde las 9:00 am hasta las 9:00 pm­ para ver el espectáculo: hay cuatro figuras que representan la avaricia, el peligro otomano, la vanidad y la muerte. Mientras las tres primeras niegan el paso del tiempo, el esqueleto que representa la muerte afirma. Esto es: el tiempo pasa y la muerte llegará en algún momento. Encima de estas imágenes aparecen consecutivamente ­en un par de ventanitas­ los doce apóstoles gracias a un mecanismo circular. Cuando las ventanas se cierran un gallo ­incorporado en 1882­ aletea y canta, después suenan las campanas y un trompetista ­humano­ en lo alto de la torre toca una fanfarria. La gente aplaude como loca y todo se repetirá la próxima hora. Hay que estar atento, porque ante la emoción algunos carteristas podrían aprovechar el momento.

Desde lo alto de la torre hay una vista privilegiada de Praga. Si sufre de vértigo, mejor no suba. Pero se estará perdiendo de algo realmente hermoso.

La plaza cuenta con el monumento a Jon Hus ­precursor de la reforma protestante­, el palacio rococó Golz-Kinskyla, la casa de la Campana de Piedra ­estilo gótico­ y el templo de Nuestra Señora de Tyn con su par de torres góticas de 80 metros de altura que se ven de hito en hito desde las alturas de la Torre del Ayuntamiento. Cerca está la iglesia de San Nicolás y también una exposición del Alfons Mucha que ­a juicio de la guía­ no tiene desperdicio y después de tanto arte puede degustar una margarita o lo que prefiera en alguno de los cafés que están en estos pocos metros cuadrados preñados de historia y belleza.