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La Paz: una ciudad de altura

La Paz, Bolivia

Las zonas de Socopachi y Murillo, el Palacio Quemado y el mirador de Killi Killi son un itinerario ideal en esta localidad a más de 3.500 metros sobre el nivel del mar

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La Paz es una ciudad casi pegada al cielo, ubicada en el oriente de Bolivia sobre un altiplano que la levanta más allá de los 3.500 metros sobre el nivel del mar. A esa altura parecen al alcance de las manos los colosales picos que rodean su geografía urbana, montañas que superan  los 6.000 metros y forman la Cordillera Real.

“Ése es el Illimani”, dice el guía Vladimir García señalando hacia el sureste una cumbre nevada cuya imponencia se destaca sobre las demás. García es de origen aymará, pueblo precolombino cuyos descendientes constituyen una parte importante de la actual población boliviana.

Pese a no ser su capital, La Paz es la principal ciudad de Bolivia. Tiene casi 800.000 habitantes y allí se encuentra el Palacio de Gobierno, conocido popularmente como Palacio Quemado en recuerdo de un feroz incendio que prácticamente lo destruyó en marzo de 1875. Se encuentra sobre la plaza Murillo. Miles de personas pasan diariamente por este lugar cuyo nombre recuerda al prócer Pedro Domingo Murillo, que participara en julio de 1809 de la primera revuelta independentista de los criollos paceños contra el dominio español. Tallado en bronce en el centro de la plaza, un monumento de tres metros de altura homenajea al viejo héroe boliviano.

Alrededor de ese monumento y vestidas con pesadas faldas hasta los tobillos, las tradicionales cholas venden empanadas fritas y grasosos anticuchos (pinchos o brochetas).

Allí también se encuentran el Congreso Nacional y la Catedral de Nuestra Señora de La Paz. Además hay varias casas coloniales cuyos frentes están bastante desmejorados.

Glamour y barrios humildes. El Paseo El Prado es el eje principal de La Paz. Por allí pasa gran parte de la vida de la ciudad y en sus orillas se han construido en las últimas décadas muchos de los más importantes edificios paceños, entre ellos el rascacielos de La Alameda, que con 105 metros es uno de los más altos de toda Bolivia. Caracterizado por una enorme densidad de cafés y restaurantes, El Prado es flanqueado por las avenidas 16 de Julio y la del Estudiante. En las noches y durante los fines de semana, estas dos avenidas se llenan de gente que sale a comer, a hacer compras o  pasear entre las arboledas. Y, además de los negocios, hay algunos museos muy interesantes, como el Museo de Arte Contemporáneo.

En una plazoleta vecina, se levanta un monumento de Cristóbal Colón. A lo largo de El Prado hay otros muchos monumentos. El más impactante es el del Soldado Desconocido, que conmemora a los muertos de la Guerra del Chaco y en el que un soldado de bronce yace boca abajo, muerto sobre el pedestal. Y el más imponente, por su tamaño, es el de Simón Bolívar, sobre la plaza Venezuela.

Luego de este monumento, cuando ya El Prado queda definitivamente atrás, el rumbo lleva hacia Sopocachi, el barrio más glamoroso y bohemio de toda la ciudad, donde los pubs conviven con las galerías de arte y las noches se extienden siempre hasta más allá de la madrugada. Calles empedradas, luces de neón, casonas de estilo inglés con jardines en el frente, mansiones suntuosas, cocina de autor en los restaurantes, autos deportivos estacionados en las puertas de los negocios más caros y una atmósfera de distinción son las características de esta zona.

Fuera de los límites de Socopachi la ciudad vuelve a ser la de siempre. El olor a las frituras de los puestos ambulantes se intensifica a medida que uno empieza a trepar por las laderas en las que se asientan los barrios periféricos y más humildes. En los rincones de esas calles pobres, agachadas sobre cartones, hay mujeres de edades indescifrables que venden plantas curativas y figuras talladas en madera que alejan los malos espíritus.

“Por aquí vamos hasta el Killi Killi”, anticipa Vladimir García mientras la ladera va trepando hasta las nubes. Killi Killi es uno de los varios miradores que tiene La Paz. Para llegar hasta allí hay que subir una larga escalera que acentúa la fatiga y quita el aire, porque en las alturas el oxígeno resulta  un bien escaso. El premio, ya arriba, es magnífico. Al sureste, tras la geografía urbana de casas bajas, se ve el Illimani, con su nevada cumbre de 6.462 metros. 

Datos útiles

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