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Pasar las vacaciones en un blindado

La “escuela” recibe 30.000 visitantes al año aproximadamente / Foto: youtube

La “escuela” recibe 30.000 visitantes al año aproximadamente / Foto: youtube

Una oferta de ocio a las puertas de Berlín permite a viajeros de todas partes pilotar un tanque blindado y aplastar carros. 40% de los interesados en las clases son mujeres

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Polvo, gasóleo y acero: la única escuela de grandes tanques del mundo permite en Alemania pilotar blindados soviéticos, montarse en carros de combate llevados al máximo por profesionales y arrollar autos aplastándolos con las orugas.

Los 300 caballos del BMP-1 rugen desatados devorando combustible cuando Norbert Bastner engrana con dificultad la primera marcha y pisa el acelerador para echar a andar, con algún trompicón, por la pista esta bestia de acero de factura rusa y casi 14 toneladas.

Durante más de veinte minutos, este alemán de unos 60 años circula por entre las dunas del circuito -rectificando a veces de forma precipitada, empleando en otras a fondo la potencia del blindado- mientras sigue por unos auriculares las directrices de su instructor y copiloto.

La polvareda se eleva sobre la pista de este negocio, enclavado en un rincón rural del este de Alemania a 50 kilómetros de Berlín y dotado de 13 empleados (en su mayoría mecánicos y conductores) y con 14 carros de combate rehabilitados, en su mayoría BMP-1 y T-55, dos modelos rusos con mucha aceptación entre los miembros del Pacto de Varsovia entre los años 50 y 70 del siglo pasado.

“¡Toda una experiencia!”, asegura satisfecho poco después Bastner, al que sus excompañeros del trabajo le regalaron un vale para conducir un blindado cuando cambió de empleo.

“No soy aficionado a las armas ni nada, si me hubiesen invitado a conducir un deportivo lo hubiese disfrutado igual. Pero reconozco que ha sido muy interesante poder ver la técnica desde dentro”, asegura tras compartir el paseo con su mujer y sus dos hijos.

A Bastner y su familia le siguen un grupo de jubilados alemanes y ya espera un poco más atrás un hombre en sus treinta, que ha venido acompañado de su mujer y su hijo pequeño. A mediodía llegarán once noruegos y por la tarde está previsto que se acerque un viaje organizado de indios.

“Tenemos una clientela muy internacional. Muchos vienen de América, de Escandinavia, del sur de Europa,... de todas partes. De media recibimos unos 30.000 visitantes al año aproximadamente”, asegura Axel Heyse, responsable del negocio junto a su hermano Jörg, y destaca que 40 % de los interesados son mujeres.

El menú del centro incluye desde el paseo básico de media hora (145 euros) al paquete completo con noche en un cercano hotel de cuatro estrellas y cena romántica para dos personas (293 euros), pasando por el extra de embestir un vehículo para el desguace (260 euros).

Los hermanos Heyse habían sido conductores de tanques durante su instrucción militar en la República Democrática Alemana (RDA) y tras la caída del muro de Berlín, pese a que ambos habían encontrado empleo, seguían dándole vueltas a la cabeza sobre cómo volver a ponerse a los mandos de un blindado.

“Queríamos volver a conducir un tanque. Y eso no era posible en Alemania. Entonces no se podía en ningún lugar del mundo, a menos de que volvieses al servicio militar”, recuerda.

Entonces, la solución llegó por casualidad, durante una escapada de fin de semana a Praga en 2002.

“Íbamos con nuestras mujeres en el carro y, al pasar por un descampado vimos los restos de un tanque, un BMP-1. Era una chatarra, pero lo reconocimos inmediatamente. Paramos y fuimos a hablar con el dueño. Con un poco de alemán y un poco de ruso nos dijo que estaba a la venta y lo compramos”, recuerda Heyse.

A continuación, los hermanos tuvieron que afrontar una odisea burocrática, ya que, a fin de cuentas, lo que querían era exportar material armamentístico: desmilitarizaron el carro de combate, encontraron transporte, consiguieron los pertinentes permisos checos y alemanes y se lo llevaron de vuelta a casa.

Que el tanque volviese a funcionar les llevó dos años de intenso trabajo manual y de concienzudas búsquedas por todo el mundo de las piezas y herramientas que les hacían falta.

Entonces, el alcalde de su localidad les ofreció participar en una fiesta con el blindado, dar un par de vueltas para mostrarlo a los asistentes.

“Había cientos de personas esperando para ver el tanque. Todos se querían subir. Estuvimos de diez de la mañana a diez de la noche”, explica.

Desde entonces, “el teléfono no paraba de sonar” y los dos hermanos decidieron dejar sus trabajos para dedicarse a tiempo completo a la escuela de blindados.