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Mardin
una vigía medieval en Turquía

Mardin, Turquía | Foto: Wikimedia

Mardin, Turquía | Foto: Wikimedia

En la región del Kurdistán, entre los ríos Tigris y Éufrates, la monumental ciudad tiene 6.500 años de historia para contar y un laberinto de calles nunca planas

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En la alta Mesopotamia turca, 1.100 kilómetros al sureste de Estambul, una ciudad encaramada sobre un promontorio vigila en silencio la planicie siria. Es Mardin, entre los míticos ríos Tigris y Éufrates, y con 6.500 años de historia para contar.

Desde el aire se ve, imponente, el perfil de las murallas que desde hace siglos ya no protegen a la ciudad. Fueron parte de la ciudadela y ahora, abandonadas, brindan el mudo testimonio de un pasado en el que la vida en paz nunca fue la norma.

La pequeña Mardin tiene un nacimiento desdibujado que la historia del Cercano Oriente ubica en el año 4500 a. C. Fue sumeria, babilonia, hitita, persa, romana, bizantina, árabe, kurda, turca...


Saladino no pudo con ella, pero Tamerlán sí. Y esas oleadas de invasiones militares a través de los siglos depositaron los sedimentos de cultura y arquitectura que moldearon la ciudad medieval que se conoce hoy.

Si se llega a Mardin en busca de monumentos, el monumento es la ciudad misma, otro Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Está enclavada en el Kurdistán, esa región de fronteras flexibles que se reparte entre 4 estados (Turquía, Irán, Siria e Irak) y que en Turquía habitan unos 20 millones de kurdos.

A eso de las 5:00 pm, la calle principal de Mardin es puro vértigo. Todo llama la atención en esa vía serpenteante de edificios color arena, llena de comercios, transeúntes y vehículos apurados. Toda la actividad humana en este antiguo pueblo tiene lugar alrededor de la calle principal. A partir de ella, la vida es en subida o en bajada, pero nunca plana.

Esta es la Mardin medieval, en la altura, la que se eleva en el promontorio y baja, aterrazada, en cascadas de casas y mezquitas, hacia la planicie. Allí abre sus brazos para encontrarse con la otra Mardin, la ciudad nueva, de edificios altos, desordenada y de tránsito caótico, donde los buses comparten carril con los burros que zigzaguean en el tránsito.

Esta ciudad nueva surge a partir del proyecto GAP, concebido para desarrollar la región e integrar así al pueblo kurdo originario, a través de mejores condiciones de vida, al estado turco al que pertenecen.

 

Luz dorada. Cuando comienza a caer el sol sobre Mardin, la luz vuelve dorada a las colinas circundantes y el color arena del entorno cobra una intensidad dramática. Es un fuego que pega sobre el oro y propaga esa luminosidad ardiente a la ciudad.

Luego llegará la noche, redoblando la magia de este enclave medieval, lleno de pasajes y pasadizos que se hunden en la montaña o la trepan por la escarpada ladera.

Las construcciones finas se entremezclan con las comunes y comparten la uniformidad de la baja altura. De ellas, algunos hoteles con pretensiones de caravansay (antiguas postas para las caravanas que atravesaban el territorio) ofrecen una estética acorde, con superposición de alfombras de vivos colores, jarras cinceladas, sillones bajos y narguiles.

Los edificios más destacados del circuito, en un estilo que se denomina arquitectura artukida, del siglo XII, están iluminados con elegancia. Y las luces cálidas sobre los frentes color miel dan mayor profundidad a la variedad de arcos que los embellecen. Son arcos ojivales, apuntados, de herradura o peraltados, y dan paso a puertas o ventanas, o coronan recatados balconcitos en altura.

A lo largo de la adoquinada e ineludible calle principal, los minaretes cuidadosamente iluminados de las dos mezquitas más antiguas de Mardin quiebran la oscuridad del firmamento. El contraste es tan fuerte que las figuras parecen elevarse mucho más allá que las decenas de metros que en realidad tienen.

Sobre esa misma arteria, los restaurantes aterrazados atraen a turistas y lugareños por igual. La oferta es variada de carnes estofadas, kebabs, quesos muy blancos y algunos en hebras, aceitunas de carozo grande y poca carnosidad, y panes aromáticos que llegan tibiecitos a las mesas.

 

Aromas del amanecer. A la mañana siguiente, los aromas de la calle despiertan los sentidos. No son solo los perfumes matinales de la naturaleza, que siempre se potencian en las zonas áridas. Es el aroma a levadura que sale del pan recién horneado, el olor a café que emerge de los granos apilados en grandes bolsas de arpillera.

Hogazas enormes, leves como plumas, se despliegan ordenadas en las ventanas de los despachos de pan; más allá, pastelerías con bocaditos de pistacho y miel, vestidos de novia, jaulas con palomas, y filigranas de oro y plata trabajadas en aquella artesanía centenaria proveniente de la vecina Siria, el telkari.

Las mañanas de verano en Mardin son frescas y de cielos azules. Y a esas horas tempranas, la postal son los hombres baldeando el reducido espacio de las veredas que ocupan sus pequeños comercios. No hay mujeres tras el mostrador. Solo hombres... Esposos, padres, hermanos, hijos, procurando el sustento. Y las mujeres, en la casa. Quizá no solo la arquitectura heredó Mardin de aquel pasado medieval...  

 

Prueba de la tolerancia

Conmociona pensar que ese paisaje quieto, apacible, silencioso y aparentemente inconmovible se quiebra abruptamente 30 km al sur, del otro lado del límite, por las bombas de Estados Unidos contra la flamante amenaza del Estado Islámico.

Y mientras el Estado Islámico ya impuso la sharia en el territorio que controla, de este lado de la frontera las autoridades se esfuerzan en mostrar que en Mardin siempre reinó la convivencia y que la tolerancia marcó la vida de su gente.

Como prueba asoma, sobre aquella misma calle principal, la iglesia caldea de San Hirmiz. Es un edificio sobrio y austero, en el que se destaca, en altura, la simpleza de una cruz calada, recortada en el azul de este horizonte musulmán. La caldea es una de las varias iglesias cristianas, de origen latino, que a lo largo de los siglos mantuvieron una muy difícil presencia en los territorios dominados por el Islam.

Esta es Mardin, un enclave precioso en el sur de Turquía, prácticamente cerrado en los años noventa por la insurgencia kurda y que ahora se abre poco a poco al turismo como los capullos del algodón que se cultiva en la zona.