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Mao también tiene su atractivo turístico

Visitantes se inclinan ante la estatua de bronce gigante de Mao Zedong en Shaoshan, provincia de Hunan / Foto EFE

Visitantes se inclinan ante la estatua de bronce gigante de Mao Zedong en Shaoshan, provincia de Hunan / Foto EFE

En el pueblo natal del Gran Timonel, el culto a Mao es el eje de una próspera industria turística que honra la memoria del dirigente en su casa natal, su escuela, dos museos y otras atracciones

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La Revolución Cultural apenas es un “error” casi olvidado en el pueblo natal de Mao Zedong, donde el histórico líder chino es venerado como una divinidad y sus equivocaciones quedan cubiertas bajo el manto de un generoso olvido.

En esta zona rural de la provincia de Hunan (centro), el culto a Mao es el eje de una próspera industria turística que honra la memoria del dirigente en su casa natal, su escuela, dos museos y otras atracciones.

La enorme estatua de bronce (10,1 metros con pedestal) que representa a Mao recibe cada día miles de visitantes, y muchos presentan ofrendas florales y hacen tres reverencias ante la imagen del fundador de la República Popular.

En un ambiente marcado por gorras comunistas, pañuelos rojos, puños en alto, lágrimas y gestos emocionados entre la gente de más edad, escuchar palabras de reproche al Gran Timonel parece casi imposible.

Aunque la doctrina oficial del Partido Comunista ya hace mucho tiempo que calificó la Revolución Cultural (1966-76) como un error de gravísimas consecuencias, lograr que aquí se mencione ese período supone ya un éxito.

Y es que ese movimiento traumatizó a buena parte del país y convirtió a muchos chinos en verdugos o víctimas, por lo que la memoria colectiva tiende al silencio, bajo la complacencia oficial, que así evita explicaciones engorrosas.

“Los logros del presidente Mao son muchos más que sus errores. Mao no fue un santo, todos cometemos errores y él también”, apunta por fin un jubilado de 62 años, llegado con su familia desde la cercana ciudad de Xiangtan, que evita dar su apellido. Y la mayoría simplemente evita hablar.

El mismo ambiente devoto y el mismo rechazo a recordar la Revolución Cultural se viven en la casa natal de Mao o en la escuela a la que acudió entre los nueve y los once años.

Unos cuatro kilómetros río arriba, cuando el valle del río Shao se angosta, sobre el agua calmada que retiene una presa está la llamada “Cueva del agua que gotea”, en realidad una pequeña residencia oficial construida junto a una pared de la montaña, y que incluye un ala especial antiterremotos y otra capaz de resistir un ataque aéreo.

Mao pasó aquí once días en junio de 1966 en pleno inicio de la Revolución Cultural, y nunca más volvió a poner los pies en el lugar que le vio nacer en 1893.

Aquí, y tras visitar el lugar en el que los lugareños consideran, erróneamente, que fue donde el Gran Timonel “planificó” la Revolución Cultural, un joven bien vestido y con gafas modernas habla sonriente sobre cuánto le gustan Mao y el lugar pero, preguntado sobre ese período, arguye que nació en la década de los 80 y se escabulle en cuanto puede.

Shaoshan acoge dos museos dedicados a Mao, uno a su figura política y otro a su vida diaria. En el primero, y entre cientos de metros cuadrados de paredes con fotografías, mapas y objetos sobre sus logros, se pasan casi por alto los dos episodios más funestos de su gobierno: el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural.

Sobre esta última apenas hay dos fotografías, una sobre la reunión del Politburó del Comité Central del PCCh que aprobó la llamada Notificación del 16 de mayo que inició el movimiento, y la otra de una concentración de Guardias Rojos en Pekín.

La leyenda de la foto dice que la Revolución Cultural “fue lanzada erróneamente por el líder del país y utilizada por el grupo antirevolucionario (en referencia a la Banda de los Cuatro) y trajo diez años de catástrofe y caos al Partido, al país y al pueblo”.

A pesar de que son pocas, las palabras son muy claras, pero en la cuna del maoísmo los ciudadanos se resisten a hacerlas suyas.